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Crisis sanitaria en Cuba: el avance incontrolable del chikunguña

La isla caribeña atraviesa una situación sanitaria crítica mientras el virus del chikunguña se expande sin control por todo el territorio nacional. La combinación de factores económicos, carencias estructurales y condiciones ambientales deterioradas crea un escenario propicio para la propagación acelerada de esta arbovirosis.

Autor
Editorial

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Desde que emergió en julio en la provincia de Matanzas, el chikunguña se ha convertido en la principal amenaza sanitaria que enfrenta Cuba actualmente. Lo que comenzó como un foco localizado se transformó rápidamente en una crisis de alcance nacional, alcanzando todas las regiones del archipiélago en cuestión de meses. La velocidad de contagio ha superado las proyecciones más pesimistas de las autoridades de salud pública.

Los números revelan la magnitud del problema. Durante la última semana reportada, se registraron más de 47.000 nuevos diagnósticos, duplicando la cifra de la semana anterior. Según Francisco Durán, jefe de Epidemiología del Ministerio de Salud Pública, estas cifras apenas reflejan la realidad, ya que existe un número significativo de pacientes que no acceden a consultas médicas. Aproximadamente el 30% de los 9,7 millones de habitantes cubanos ya ha contraído este virus o dengue, lo que evidencia la penetración masiva de la enfermedad en la población.

Los testimonios de los afectados pintan un cuadro desolador. Personas de avanzada edad permanecen postradas en sus hogares, incapaces de movilizarse debido a los intensos dolores articulares característicos del chikunguña. Quienes enfermaron hace semanas aún sufren secuelas incapacitantes que les impiden retomar sus actividades laborales. La enfermedad no solo genera malestar inmediato, sino que deja consecuencias prolongadas que afectan la calidad de vida de los enfermos.

Las condiciones que facilitan la propagación

La expansión descontrolada del virus no es casual. Cuba atraviesa su peor crisis económica en tres décadas, situación que ha erosionado gravemente los servicios básicos e infraestructuras sanitarias. La escasez de combustible ha limitado severamente los programas de fumigación y control de vectores, permitiendo que la población de mosquitos transmisores prolifere sin restricciones. En barrios como Jesús María en La Habana Vieja, la acumulación de basura es evidente, creando focos ideales para la reproducción del mosquito Aedes aegypti.

La falta de agua corriente agrava la situación. Millones de cubanos se ven obligados a almacenar agua en tanques y recipientes, que se convierten en criaderos potenciales de mosquitos. Este año, la escasez de agua ha afectado a aproximadamente tres millones de personas, generando condiciones sanitarias cada vez más precarias. La combinación de deficiencia hídrica, acumulación de residuos y falta de recursos para fumigación crea un entorno perfecto para la propagación viral.

El colapso de recursos médicos y medicamentosos

La población cubana enfrenta además una carencia crítica de medicamentos para aliviar los síntomas del chikunguña. Los pacientes no encuentran analgésicos ni antiinflamatorios en las farmacias, viéndose obligados a «aguantar acostados» mientras transcurre la enfermedad. Esta escasez no es exclusiva de antivirales específicos, sino que abarca medicamentos básicos de uso común. Paralelamente, el acceso a alimentos se ha vuelto prohibitivo para amplios sectores de la población, limitando la capacidad de recuperación nutricional de los enfermos.

Los centros de salud también sufren el impacto de la crisis. En la región oriental, el huracán Melissa causó daños significativos en 642 establecimientos sanitarios hace tres semanas, reduciendo aún más la capacidad de respuesta del sistema de salud. Veinte pacientes se encontraban en estado crítico al momento del reporte, aunque las autoridades no han confirmado fallecidos hasta el momento.

Contexto histórico y perspectivas

Cuba enfrentó epidemias de dengue en el pasado, pero el chikunguña llegó al país por primera vez en junio de 2014, como parte de un brote regional que afectaba a Brasil, Colombia, Haití y República Dominicana. En aquella ocasión, las autoridades lograron controlar el pequeño brote registrado en Santiago de Cuba mediante medidas preventivas efectivas. Sin embargo, esta vez la situación se salió de control debido a la confluencia de múltiples factores adversos que debilitaron la capacidad de respuesta institucional.

El impacto económico de la epidemia se suma a los desafíos existentes. Trabajadores como conductores profesionales se ven obligados a abandonar sus empleos por prescripción médica, reduciendo sus ingresos en un contexto de migración masiva y bajos niveles productivos. La enfermedad no solo afecta la salud individual, sino que agrava la situación económica general de una población ya golpeada por carencias estructurales.

La situación en Cuba ilustra cómo las crisis económicas profundas pueden transformar brotes virales en epidemias incontrolables. La falta de inversión en infraestructura sanitaria, servicios básicos y programas preventivos crea condiciones ideales para la propagación de enfermedades transmitidas por vectores. Sin acceso a medicamentos, alimentos nutritivos y servicios médicos adecuados, la población vulnerable enfrenta un panorama sanitario cada vez más crítico.

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Editorial