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Encorvamiento en adultos mayores: entre la genética, la enfermedad y los hábitos

Muchas personas asumen que encorvarse es parte natural del envejecimiento. Sin embargo, especialistas en reumatología advierten que la postura deteriorada responde a múltiples causas evitables y que mantener una espalda recta en la edad avanzada es posible con las medidas correctas.

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La reumatología es una disciplina médica cada vez más relevante en contextos de envejecimiento poblacional. Aunque históricamente se asoció al tratamiento de personas mayores, actualmente atiende también a pacientes jóvenes que padecen afecciones articulares derivadas de enfermedades autoinmunes. Estas condiciones pueden originar deformaciones en la columna vertebral mucho antes de lo que se considera típico en la vejez.

En Argentina, aproximadamente mil profesionales ejercen esta especialidad, una cifra que probablemente crecerá conforme aumente la esperanza de vida. Dos médicos reumatólogos formados en instituciones nacionales trabajan actualmente en el interior bonaerense, combinando su labor en hospitales públicos y consultorios privados, atendiendo a poblaciones que requieren diagnóstico y tratamiento especializado.

Las causas del encorvamiento: más allá de la edad

Cuando se observa a una persona con la espalda curvada, es fundamental diferenciar si esa alteración comenzó en edades tempranas o si surgió durante la vejez. Esta distinción es crucial para identificar la causa subyacente. Según los especialistas, no todas las curvaturas responden a patología: algunas son simplemente posicionales, resultado de malos hábitos de postura mantenidos durante años.

La columna vertebral funciona como un eje óseo sostenido principalmente por ligamentos y músculos. Cuando estos elementos se debilitan por falta de actividad física, por predisposición genética o por enfermedades específicas, la curvatura se acentúa. El sedentarismo es uno de los principales culpables, aunque no el único. La genética juega un papel significativo, y en muchos casos, la sarcopenia —la pérdida de masa muscular asociada al envejecimiento— contribuye más al encorvamiento que los problemas estructurales de la columna misma.

Diferenciación entre causas inflamatorias y degenerativas

Los profesionales distinguen dos grandes categorías de encorvamiento. Las causas inflamatorias suelen aparecer en personas más jóvenes y están vinculadas a enfermedades autoinmunes como la espondiloartritis, el lupus, la esclerodermia, el síndrome de Sjögren y las miopatías. Estas afecciones requieren detección temprana porque, si se tratan a tiempo, es posible evitar que el paciente desarrolle una curvatura severa. Los tratamientos iniciales incluyen antiinflamatorios convencionales, seguidos de terapias biológicas más específicas si es necesario.

Las causas degenerativas, más frecuentes en adultos mayores, incluyen la artrosis, la osteoporosis y las fracturas vertebrales espontáneas. La osteoporosis es particularmente preocupante: el hueso pierde densidad y se vuelve frágil, permitiendo que se fracture con movimientos cotidianos. Aproximadamente el treinta por ciento de estas fracturas ocurren sin síntomas previos, detectándose solo mediante estudios de imagen.

Factores que aceleran el deterioro postural

Múltiples factores del día a día contribuyen a la debilidad ósea y muscular. El tabaquismo genera sarcopenia y daña la estructura ósea. El consumo excesivo de alcohol afecta la densidad mineral. El sedentarismo reduce la estimulación necesaria para mantener la fortaleza. Una dieta pobre en calcio y vitamina D, combinada con poca exposición solar, acelera la desmineralización. En las mujeres, la menopausia representa un punto de inflexión crítico, ya que la disminución de estrógeno aumenta significativamente el riesgo de osteoporosis, incluso en aquellas que mantienen buenos hábitos.

Otros medicamentos, como los corticoides utilizados en tratamientos de enfermedades autoinmunes, y ciertos fármacos oncológicos, también comprometen la salud ósea a largo plazo. La obesidad agrega un factor adicional: el tejido adiposo produce sustancias inflamatorias que dañan tanto el hueso como el músculo, aumentando el riesgo de artrosis incluso en articulaciones que no soportan peso directo.

Prevención: el rol de la actividad física y los hábitos

La buena noticia es que gran parte del encorvamiento es prevenible. Los especialistas enfatizan que el músculo y el hueso funcionan como una unidad: fortalecer uno implica fortalecer el otro. Los ejercicios contra resistencia, realizados contra la gravedad, generan adaptaciones que benefician ambos tejidos. Actividades de bajo impacto como el aquagym, el yoga y el pilates —idealmente supervisadas— son especialmente recomendables porque reducen el riesgo de lesiones mientras fortalecen los músculos paraespinales, aquellos ubicados a los costados de la columna que mantienen la postura erguida.

Una dieta equilibrada rica en frutas, verduras y calcio, combinada con exposición solar regular, proporciona los nutrientes necesarios para mantener la densidad ósea. Evitar el tabaco y limitar el consumo de alcohol son medidas fundamentales. Aunque parezca obvio, muchos pacientes descuidan estos aspectos básicos, esperando que medicamentos resuelvan problemas que requieren cambios en el estilo de vida.

¿Qué sucede cuando el encorvamiento ya está presente?

Una vez que la columna ha adquirido una curvatura pronunciada, los tratamientos no pueden revertir el daño estructural ya ocurrido. Sin embargo, la rehabilitación y la fisioterapia pueden mejorar significativamente la calidad de vida. Un profesional entrenado en kinesioterapia trabaja no solo en fortalecer los músculos remanentes, sino también en educar al paciente sobre qué actividades puede realizar de forma segura y cómo optimizar su funcionalidad diaria.

Para aquellos diagnosticados con enfermedades inflamatorias, el tratamiento temprano es crucial. Los biológicos, disponibles en Argentina desde hace aproximadamente veinticinco años, han revolucionado el manejo de estas condiciones, permitiendo que muchos pacientes eviten las deformidades severas que caracterizaban a generaciones anteriores.

El mensaje central: envejecer no es sinónimo de deterioro

Los especialistas subrayan que, aunque el cuerpo envejece inevitablemente, la velocidad y magnitud del deterioro dependen en gran medida de las decisiones personales. Existen casos de personas de ochenta y noventa años con densidad ósea prácticamente normal, consultando solo por molestias menores. Esto demuestra que es posible llegar a edades avanzadas con una calidad de vida significativamente mejor.

El desafío radica en que no existe una solución única o una «píldora mágica». La prevención requiere consistencia: mantener actividad física regular, cuidar la alimentación, evitar tóxicos y, cuando sea necesario, buscar diagnóstico y tratamiento especializado. Aunque esta realidad puede parecer desalentadora en consulta, es el mismo mensaje que transmiten cardiólogos, neumólogos y otros especialistas: la salud es en gran medida responsabilidad del individuo, y los hábitos cotidianos tienen un impacto profundo en cómo envejecemos.