La información sobre salud en plataformas digitales genera un escenario caótico donde abundan testimonios, tendencias y consejos sin respaldo científico. Un ejemplo reciente ilustra esta realidad: un posteo afirmaba que desayunar carbohidratos lo había rejuvenecido, acompañado de fotos como supuesta prueba. Los comentarios reflejaban la confusión generalizada, con usuarios contradictorios mencionando ayuno intermitente, cuestionando las imágenes y expresando desesperación ante la imposibilidad de saber a quién creer.
Estos contenidos provienen mayormente de influencers sin formación específica y supuestos especialistas en bienestar que utilizan la temática de salud para generar repercusión y aumentar seguidores. En redes sociales, donde los comentarios negativos tienen mayor impacto, la información falsa se utiliza deliberadamente para provocar controversia. Este fenómeno refleja un problema más profundo: dónde y cómo se informa el público general sobre salud.
Actualmente, las personas no solo llegan a consultas médicas con datos obtenidos de videos y posteos, sino que buscan cotejarlos con profesionales, otorgándoles el mismo valor de certeza. Un especialista con décadas de experiencia puede verse cuestionado frente a la «evidencia» de un video. Esto aplica a suplementos, fármacos, diagnósticos realizados mediante inteligencia artificial o adecuación de tratamientos ya diagnosticados por otros posteos.
Vivimos en la era del agotamiento informativo, atrapados en una guerra de trincheras donde el caos conduce al fracaso de la salud. Además, existen relatos de consultas médicas extremadamente breves donde se impone una postura de saber irreductible, obligando al paciente a someterse o quedarse sin respuesta.
La misma falacia de autoridad se reproduce en portales y supuestas asociaciones de referencia que presentan su consigna como única válida, estableciendo dogmas sin espacio para réplica ni pensamiento científico. En el extremo opuesto, aparece una invasión de sugerencias de tratamientos apoyados en propaganda conspirativa que asegura que «maravillas ocultas» se esconden deliberadamente por grandes corporaciones para mantener negocios multimillonarios.
El dilema entre una medicina del sometimiento sin cuestionamiento y otra marcada por el caos anómico plantea una pregunta central: ¿dónde queda el bienestar de la persona y la salud?
La desconfianza en información sobre salud tuvo un antecedente reciente durante la pandemia, cuando instituciones regulatorias no siempre actuaron con rigor científico en búsqueda de la verdad, sino que funcionaron como agencias de relaciones públicas. Se buscó instalar una narrativa rígida y cualquier cuestionamiento fue catalogado como «desinformación», cuando en realidad constituye la base del método científico.
Esta desinformación generó masivas sospechas que dificultan el acceso a información fidedigna. Existe un principio conocido como la Navaja de Hanlon, que sugiere no atribuir a maldad lo que puede explicarse por incompetencia. Muchas veces el sistema falla por su propia inercia, la arrogancia de expertos que no admiten errores y la codicia corporativa. Una de las peores consecuencias fue inyectar miedo masivo que paralizó el pensamiento crítico, provocando desconfianza generalizada o adhesión a dogmas rígidos.
A esto se sumó la desinformación deliberada utilizada con fines ajenos a la salud, incluyendo intereses ideológicos o políticos. La discusión deja de centrarse en la fiabilidad de la fuente y pasa a enfocarse en su procedencia. El debate científico se reemplaza por la falacia «ad hominem»: no se refuta un argumento con datos empíricos, sino que se ataca al emisor o al medio que lo difunde.
Esto consolida una polarización que introduce emociones negativas donde debería predominar la objetividad clínica, convirtiendo a pacientes y profesionales en participantes de una guerra cultural. En esa guerra, la primera víctima es la verdad y, en información sobre salud, el razonamiento lógico y, como consecuencia, la confianza y seguridad del paciente.
La pérdida de objetividad genera un efecto rebote conocido como efecto Galileo o paradoja de Galileo: la falsa creencia de que ser censurado por instituciones otorga automáticamente la verdad. Las redes sociales se llenaron de falsos profetas que fundamentan su certeza en este efecto. Como expresó Carl Sagan: «El hecho de que algunos genios fueran el hazmerreír no implica que todos los que son el hazmerreír sean genios. Se rieron de Colón, pero también se rieron del payaso Bozo».
En redes aparecen frecuentemente soluciones milagrosas e increíblemente simples, cuya única base son supuestos testimonios individuales, pero sobre todo la idea de que es información censurada y ocultada porque perjudica negocios multimillonarios. Lo que muchos desconocen es que el mercado alternativo del bienestar también constituye una corporación multimillonaria. Agitar el fantasma de la conspiración moviliza angustias asociadas a enfermedades hacia la venta de suplementos, curas milagrosas o canales de suscripción propios.
Esta polarización entre lo alternativo, disruptivo, censurado y oculto frente a la sumisión a otra falacia de autoridad es contraria a la posibilidad de contar con información científica y de calidad.
La pregunta central es: ¿cómo sobrevivir en la era de la infodemia caótica sin caer en la sumisión ni en el conspiracionismo? La respuesta se encuentra en recuperar el paradigma del razonamiento lógico-analítico y aplicar reglas epistemológicas básicas. La verdad científica es lo opuesto al dogma; la duda metódica constituye la base del pensamiento científico y, por extensión, de la medicina.
Cualquier postura institucional o personal basada en la autoatribución de autoridad pierde legitimidad si no resiste al pensamiento crítico. Citar «un trabajo de la Universidad de…» no garantiza validez, del mismo modo que autovalidarse tampoco lo hace. La incomodidad frente a cuestionamientos, o etiquetarlos como «anticiencia», responde a intereses políticos, comerciales o narcisismo, pero no a la ciencia.
Por otra parte, el disenso y cuestionamiento requieren rigor científico. No adquieren validez por el solo hecho de cuestionar o generar sospechas. Deben presentarse como un protocolo alternativo y no como una afirmación que promete soluciones definitivas. Ese protocolo debe poder ser cotejado, como ocurre con todos los procesos del método científico; no es aceptable asumirlo ciegamente.
En relación con medicamentos, analizar la farmacocinética, los test de toxicidad y las pruebas clínicas resulta insustituible frente a «experiencias personales», incluso si provienen de profesionales de la salud. Hay numerosos productos «milagrosos» que circulan por referencias de consumidores, y en muchos casos se omite que han sido sometidos a estudios multicéntricos sin resultados positivos o con resultados controversiales. No se trata de productos desconocidos por la medicina académica, sino de sustancias que no demostraron sus supuestas funciones.
Aunque es frecuente imaginar que estos resultados han sido manipulados por la industria, esa percepción no reemplaza la necesidad de evidencia científica comprobable.
Estamos en una era donde la información en medios y redes resulta apabullante. A este escenario se suman autodiagnósticos realizados mediante sistemas de inteligencia artificial, que en realidad son modelos de lenguaje sin inteligencia propia.
En este contexto, conviene reconocer que si bien es positivo dejar atrás la época de la obediencia médica pasiva, también lo es evitar la búsqueda casi adictiva de alternativas extrañas que resultan atractivas precisamente por su rareza. La contradicción ciega y sectaria también debe superarse.
Ser sujetos activos respecto a la salud implica asumir el control, analizar los datos con objetividad y desconfiar tanto del traje corporativo como de la bata del falso profeta. No hay que perder de vista que vivimos en una época donde la captación de la mente se ha convertido en el territorio principal de disputa, especialmente en el ámbito de la salud y, en particular, de la salud mental.
Quizás el acto más revolucionario de independencia cognitiva consista en defender la salud integral con una lógica implacable, criterio clínico y, sobre todo, sin miedo a aceptar que podemos contradecir nuestras propias posiciones.