El 1 de septiembre se conmemora el Día Mundial de la Leucemia Linfocítica Crónica (LLC), una fecha que busca poner el foco en una enfermedad que, según la Sociedad Americana de Cáncer, es uno de los tipos de leucemia más frecuentes en adultos. Se origina en los linfocitos de la médula ósea y desde allí las células cancerosas se diseminan al torrente sanguíneo.
Lo más llamativo es el alto nivel de desconocimiento que existe alrededor de sus síntomas. Una encuesta internacional publicada en Frontiers in Hematology, que relevó a 846 personas con LLC en más de diez países, arrojó un dato contundente: aunque el 69% había presentado síntomas antes del diagnóstico, el 89% de esos pacientes ignoraba que esas señales podían estar relacionadas con una leucemia.
Señales que pasan desapercibidas
La fatiga encabeza la lista de síntomas, mencionada por el 40% de los encuestados. Le siguen la inflamación de ganglios linfáticos (27%) y la fiebre o sudoración nocturna (19%). También pueden aparecer pérdida de peso involuntaria, infecciones recurrentes y dolor en la parte superior izquierda del abdomen por agrandamiento del bazo, según detalla la Mayo Clinic.
Fernando Piotrowski, paciente con leucemia y director ejecutivo de ALMA (Asociación Leucemia Mieloide Argentina), explicó: “Nadie tiene por qué saber que el cansancio, la transpiración nocturna o un ganglio inflamado pueden estar asociados a una enfermedad de la sangre. Son manifestaciones muy inespecíficas. Por eso es importante generar conocimiento, sin alarmar, para que las personas consulten y puedan llegar oportunamente al hematólogo”.
Un dato revelador: en el 71% de los casos, la LLC se detectó a partir de un análisis de sangre o un control de rutina, no por la consulta por un síntoma puntual. Esto confirma que la enfermedad suele ser un hallazgo incidental.
Factores de riesgo y diagnóstico
La LLC es más común en adultos mayores de 55 años, en personas con antecedentes familiares de cáncer de sangre o médula ósea, y en quienes estuvieron expuestos a ciertos herbicidas e insecticidas.
El diagnóstico comienza con un examen físico y un hemograma completo. Un recuento elevado de linfocitos B puede ser la primera alerta. Además, los cambios genéticos juegan un papel clave: la deleción del cromosoma 17 o una mutación en el gen TP53 indican que la enfermedad puede crecer más rápido y responder peor a ciertos tratamientos.
El Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos clasifica la enfermedad en cinco estadios (0 a IV), desde el exceso de linfocitos sin otros síntomas hasta la trombocitopenia (recuento bajo de plaquetas). También existe una clasificación por letras (A, B y C) según las regiones de ganglios afectadas.
La era de los tratamientos dirigidos
El panorama terapéutico cambió radicalmente. La Asociación Europea de Hematología actualizó sus guías en 2026 y estableció que la quimioinmunoterapia ya no es la primera opción cuando hay tratamientos dirigidos disponibles. Estos medicamentos atacan proteínas específicas de las células cancerosas, como los inhibidores de tirosina-cinasas y de la proteína BCL2.
Para casos avanzados, el trasplante de médula ósea sigue siendo una alternativa, aunque cada vez menos frecuente. La opción más novedosa es la terapia CAR-T, que modifica los glóbulos blancos del paciente en laboratorio para que destruyan las células leucémicas.
La Mayo Clinic utiliza un puntaje pronóstico del 0 al 10 que combina edad, cambios genéticos y estadio. Con una puntuación de 0 a 1, la supervivencia a cinco años es del 90%; con 7 a 10, cae al 23%.
La vigilancia activa y el desafío del acceso
El 84% de los pacientes atravesó en algún momento una etapa de “vigilancia activa”, que implica controles periódicos sin tratamiento hasta que aparezcan señales de progresión. Para el 25%, ese período generó mucha preocupación.
Piotrowski lo resume así: “Para cualquiera es difícil escuchar ‘usted tiene una leucemia’ y, a continuación, ‘por ahora no vamos a tratarla’. Puede interpretarse como que no se está haciendo nada, cuando en realidad esa espera es una conducta médica establecida”. Y agrega: “El concepto de tratamiento finito tiene un valor enorme. Saber que existe un comienzo y un final previstos cambia la manera de proyectar la vida alrededor de la enfermedad”.
Desde ALMA advierten que el temor al diagnóstico y las dificultades para acceder a especialistas y a terapias innovadoras siguen siendo obstáculos concretos. Por eso, la asociación insiste en la necesidad de políticas públicas que garanticen un acceso equitativo a la innovación terapéutica.