En 1950, George Merck, al frente de la compañía que llevaba su apellido, soltó una frase que hoy suena a ciencia ficción: «La medicina es para la gente, no para las ganancias». Dos años después, su rostro ilustraba la tapa de la revista Time y el país atravesaba una era de optimismo sanitario sin precedentes. Setenta y tantos años más tarde, esa misma frase provocaría risas incrédulas en cualquier tribuna política, desde la izquierda más combativa hasta los sectores más conservadores. La desconfianza hacia las grandes farmacéuticas se volvió un sentido común transversal.
El periodista Barry Werth llega a este debate con The Age of Cures, la tercera pata de una trilogía involuntaria que comenzó con The Billion-Dollar Molecule y siguió con The Antidote. Aquellos libros retrataban la épica de Vertex, una empresa fundada en 1989 por un ex empleado de Merck que buscaba rediseñar la forma de crear medicamentos. Esta nueva obra funciona como una precuela: reconstruye cómo, a lo largo del siglo XX, dos corrientes muy distintas —los fármacos patentados y la investigación científica— se fusionaron en Estados Unidos, empujadas por la necesidad bélica y el dinero público, para dar forma a un modelo que salvó cientos de millones de vidas, generó fortunas billonarias y consolidó al país como potencia global.
Werth describe con crudeza un mundo sin remedios eficaces, algo que hasta hace relativamente poco era la norma. Un médico formado en Harvard en los años treinta recordaba que el tratamiento de enfermedades era la parte más secundaria del plan de estudios, casi ausente. Salvo que se pudiera extirpar un tumor, las opciones se reducían a sedar y calmar el dolor.
A principios del siglo XX, los químicos alemanes iban adelante. La primera «bala mágica» fue el Salvarsán, un fármaco contra la sífilis creado por Paul Ehrlich en 1910. Su nombre combinaba salvare (salvar en latín) con arsénico. Ehrlich partió de una intuición: los tintes de alquitrán de hulla se adherían tan bien a las telas que también podían pegarse a los microbios y neutralizarlos sin dañar al paciente. Su método, que él llamaba «examinar y sudar», consistía en probar versiones modificadas de esos tintes en animales. Puro ensayo y error, pero se convirtió en el paradigma para descubrir fármacos sintéticos.
El gran salto estadounidense llegó con la Segunda Guerra Mundial. La supremacía no estaba garantizada: Hitler había expulsado a investigadores judíos, descalificado los tests con animales como «ciencia judía» y desviado a las químicas alemanas hacia la producción de gas venenoso. En ese vacío apareció Vannevar Bush, ingeniero eléctrico a cargo de la investigación bélica. Su idea fue revolucionaria: en lugar de construir laboratorios estatales, creó un sistema de contratos que inyectaba dinero de los contribuyentes en universidades y empresas. Un modelo subsidiado pero de mercado, que nunca antes se había probado fuera de la aeronáutica.
El resultado fue espectacular. Las farmacéuticas salieron de la guerra produciendo penicilina a escala masiva —clave para reducir bajas aliadas en Normandía— y con programas sistemáticos que parieron antibióticos patentables, cortisona y la primera píldora eficaz contra la hipertensión. Cada lanzamiento era recibido como un milagro: en 1949, The New York Times celebraba que la cortisona permitía volver a caminar, correr y bailar jigas a quienes la artritis reumatoide tenía postrados. La penicilina, que antes se extraía de la orina de los pacientes para reutilizarla, terminó costando menos que el frasco que la contenía.
Pero el triunfo sanitario trajo un problema financiero para Merck. Pronto aparecieron incentivos perversos. «Hay más personas sanas que enfermas», le dijo un ejecutivo a su equipo de investigación en los años cincuenta. «Deberíamos fabricar productos para quienes están sanos». La lógica comercial empezaba a torcer el rumbo.
Hacia fines de esa década, las mayores farmacéuticas se coludieron para frenar la competencia y sostener precios altos. Cuando la Comisión Federal de Comercio las separó de la industria química en sus informes, quedó al desnudo que fabricar medicamentos era el negocio legal más rentable de Estados Unidos. En 1959, el Congreso abrió audiencias contra esos márgenes escandalosos. El senador Estes Kefauver denunció que Schering vendía la hormona estradiol a más del 7.000% de su costo. «Es inmoral», sentenció. «No hay duda».
Las empresas se defendían diciendo que esos márgenes financiaban la costosa tarea de descubrir tratamientos. Sus críticos respondían que gastaban el doble en marketing que en investigación. La Asociación Médica Estadounidense, que debería haber tenido otra postura, respaldó a las farmacéuticas porque dependía de la publicidad de medicamentos en sus revistas para financiar su campaña contra la atención médica nacionalizada.
La legislación que finalmente salió a comienzos de los sesenta fue una victoria magra para los reformistas. Exigía demostrar eficacia, no solo seguridad, pero abandonó el intento de limitar patentes y ganancias. Sin quererlo, encareció y volvió más incierto el desarrollo de fármacos, lo que empujó a las compañías a defender con uñas y dientes sus carteras de patentes.
Werth quiere recordar cómo Estados Unidos construyó un arsenal terapéutico extraordinario, y su libro ofrece argumentos sólidos sobre los beneficios de la industria. Al narrar el primer intento real de los legisladores por poner límites, parece sugerir que la indignación de Kefauver marcó el inicio de un ataque de mala fe que derivó en el clima actual. Sin embargo, omite un dato clave: los investigadores concluyeron que el sistema estadounidense, aunque sin duda innovador, no fue proporcionalmente más creativo que el de países como Reino Unido, Suiza o Bélgica, donde el libre mercado se regula y los precios se controlan. Es decir, parece posible contener las ganancias farmacéuticas sin resignar los avances de la medicina moderna.
Cuando el proyecto de Kefauver se aprobó en 1962, el senador Paul Douglas preguntó: «¿Podemos aprender de esta lección?». El libro de Werth ofrece material de sobra para intentarlo, aunque las conclusiones que saquen los lectores quizá no sean las que él espera.