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Fibrosis pulmonar: los síntomas que muchos confunden con la edad

Una tos seca persistente o quedarse sin aire al subir una escalera no son simples molestias de la edad. Detrás de esos signos puede esconderse una enfermedad pulmonar poco conocida que avanza en silencio y que en Argentina afecta a miles de personas.

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Editorial

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Hay señales que el cuerpo manda y que solemos minimizar. Una tos seca que se estira durante meses, o esa sensación de ahogo al subir una escalera que antes subíamos sin pensar, suelen archivarse como «cosas de la edad» o falta de entrenamiento. Sin embargo, esos síntomas pueden ser la punta del iceberg de una fibrosis pulmonar, un conjunto de enfermedades que dejan cicatrices permanentes en el tejido pulmonar y reducen la capacidad de oxigenar la sangre.

El problema es que el diagnóstico llega tarde. Según advierten los especialistas en el marco del mes de concientización sobre esta patología, la demora promedio puede extenderse entre uno y dos años. En ese lapso, muchos pacientes reciben tratamientos por asma, bronquitis o neumonía, o directamente atribuyen la pérdida de resistencia física al paso del tiempo, al sedentarismo o al cigarrillo.

Juan Ignacio Enghelmayer, neumonólogo especializado en enfermedades pulmonares intersticiales del Hospital de Clínicas, es tajante al respecto: «No es normal que falte el aire a ninguna edad». Aunque estas patologías son más frecuentes después de los 60 años, el especialista aclara que el síntoma no debe tomarse como una consecuencia inevitable del envejecimiento. Esa demora diagnóstica, ya sea por errores médicos o por consultas tardías, se traduce en mayor carga de enfermedad y menor sobrevida.

No todas las fibrosis son iguales

Conviene entender que la fibrosis pulmonar no es un diagnóstico único. Puede aparecer sin causa identificable, como ocurre en la fibrosis pulmonar idiopática, o estar vinculada con enfermedades autoinmunes, exposiciones ambientales, medicamentos y otros cuadros respiratorios. La evolución, el pronóstico y las opciones terapéuticas cambian según cada caso.

Por eso, cuando una persona empieza a sentir falta de aire ante esfuerzos que antes toleraba o arrastra una tos seca persistente, lo recomendable es consultar. No significa que tenga fibrosis, pero sí que necesita una evaluación. La dificultad radica en que los síntomas iniciales se confunden con afecciones más comunes y, en algunos casos, el compromiso pulmonar no da señales evidentes en sus primeras etapas.

Las pistas que aparecen en el consultorio

Durante un examen físico, hay un indicio que puede orientar la sospecha: los rales crepitantes tipo velcro. Se trata de ruidos pulmonares anormales, parecidos al sonido que hace el velcro de una zapatilla o una mochila, que el profesional escucha con el estetoscopio, generalmente cuando el paciente inhala. «Son muy orientadores al examen físico», explicó Enghelmayer.

Otras señales de alarma incluyen la baja saturación de oxígeno medida con un oxímetro o la coloración azulada de los dedos. El estudio que suele aportar información decisiva es la tomografía computada de alta resolución, que permite observar alteraciones en el tejido pulmonar. A partir de ahí, los especialistas analizan la historia clínica, los antecedentes, los estudios funcionales respiratorios y otros indicadores para definir si existe una enfermedad pulmonar intersticial y de qué tipo.

Antes de clasificar un caso como fibrosis pulmonar idiopática, cuya causa se desconoce, hay que descartar otros orígenes. Enghelmayer señaló tres grupos principales:

  • Enfermedades autoinmunes, que pueden investigarse con signos clínicos y análisis de anticuerpos.
  • Inhalación de contaminantes o partículas ambientales, que se indaga mediante preguntas sobre exposiciones.
  • Uso de determinados fármacos, que también requiere revisar antecedentes.

«Dos personas pueden consultar por síntomas similares, pero la causa, la evolución y el abordaje que requieren pueden ser diferentes», remarcó el neumonólogo. El diagnóstico preciso determina el seguimiento y las decisiones terapéuticas.

Cuando el pulmón sufre por una enfermedad autoinmune

Una parte de las fibrosis pulmonares está vinculada con enfermedades autoinmunes. La artritis reumatoidea y la esclerosis sistémica están entre los cuadros que pueden comprometer el pulmón, incluso antes de que la persona note síntomas respiratorios.

Fabiana Montoya, jefa del Servicio de Reumatología del Hospital Ramos Mejía, señaló que todos los pacientes con esclerosis sistémica deben ser evaluados por posible compromiso pulmonar desde el momento del diagnóstico. En cambio, en artritis reumatoidea la pesquisa se focaliza en quienes presentan factores de riesgo, como ser varones, de mayor edad, con antecedente de tabaquismo, actividad inflamatoria elevada o positividad para factor reumatoideo y anticuerpos anti-CCP.

La reumatóloga advirtió que la ausencia de tos o dificultad respiratoria no descarta la enfermedad. Según resultados de una cohorte argentina en la que participó y que será publicada en la revista Medicina, el 35% de los pacientes con enfermedad pulmonar intersticial asociada a autoinmunidad no tenía síntomas respiratorios. Entre ese grupo, el 40% presentaba compromiso extenso en la tomografía. «No hay que esperar los síntomas para ir a buscar el compromiso pulmonar intersticial en las enfermedades autoinmunes», sostuvo.

La evaluación combina una tomografía computada de tórax de alta resolución con pruebas funcionales respiratorias, como la espirometría y la difusión de monóxido de carbono, conocida como DLCO. Montoya explicó que, en los primeros años posteriores al diagnóstico de esclerosis sistémica, estos estudios funcionales pueden repetirse tres o cuatro veces al año. La tomografía suele realizarse una vez por año o antes si empeoran los resultados funcionales o aparecen nuevos síntomas.

Cuando existe compromiso pulmonar, el seguimiento requiere coordinación entre reumatología y neumonología. «Muchas veces, este compromiso pulmonar termina marcando el rumbo del tratamiento», afirmó Montoya. El abordaje puede incluir fármacos inmunosupresores para la enfermedad autoinmune de base y, en determinados casos, tratamientos antifibróticos para enlentecer la pérdida de función pulmonar. La detección temprana busca evitar la pérdida de una ventana terapéutica.

El acceso, otra barrera que pesa

La magnitud de la fibrosis pulmonar en Argentina todavía no cuenta con un registro epidemiológico consolidado. La Asociación Argentina de Medicina Respiratoria estima, a partir de datos internacionales, que podría haber entre 6.000 y 12.000 personas con fibrosis pulmonar idiopática en el país.

Para las organizaciones de pacientes, el problema no termina con el diagnóstico. El acceso a estudios adecuados, especialistas, rehabilitación respiratoria y cobertura de prestaciones cambia según el lugar de residencia. Vanesa Brizuela, referente de la Asociación de Fibrosis Pulmonar Idiopática Argentina, señaló que las diferencias son más marcadas fuera de los grandes centros urbanos. «No siempre hay acceso a los estudios necesarios o a tomografías realizadas con los protocolos adecuados», indicó.

La fibrosis puede limitar progresivamente actividades cotidianas, desde caminar y vestirse hasta salir de casa. Los tratamientos antifibróticos disponibles buscan desacelerar la pérdida de función pulmonar, aunque no revierten la cicatrización ya producida.

Cuándo consultar sin perder tiempo

La falta de aire requiere atención urgente si aparece ante esfuerzos mínimos o en reposo, o si se intensifica en pocas horas o días, precisó Enghelmayer. «Si el paciente está acostumbrado a que le falte el aire ante determinados esfuerzos y en pocas horas o en pocos días hay un aumento de esa falta de aire ante menores esfuerzos, también debería ser una situación de consulta urgente», explicó.

Ante una tos que persiste o una dificultad respiratoria nueva, la recomendación es consultar con un neumonólogo, además de considerar la evaluación clínica o cardiológica según cada caso. La clave está en no naturalizar los síntomas: el aire que falta no es un detalle menor, a ninguna edad.

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Editorial