La prestigiosa Real Academia Sueca de Ciencias otorgó el Premio Nobel de Química 2026 a los investigadores Henri B. Kagan y Kenso Soai. Según informó Infobae en su nota «Qué es la homoquiralidad y cómo el Nobel de Química 2026 puede mejorar la fabricación de fármacos», los científicos fueron reconocidos por sus descubrimientos sobre los efectos no lineales y la autocatálisis en la síntesis orgánica asimétrica.
Sus experimentos lograron explicar de qué manera una reacción química puede pasar de una diferencia casi imperceptible entre dos formas moleculares a un resultado dominado por una sola de ellas. Este avance tiene un impacto directo en la industria farmacéutica y en la comprensión del origen de la vida.
Para entender este fenómeno, hay que pensar en algo tan cotidiano como las manos. Una mano derecha y una izquierda comparten dedos, tamaño y estructura, pero no encajan una sobre otra. Con numerosas moléculas ocurre algo parecido: tienen los mismos átomos y enlaces, aunque la distribución espacial de esos componentes da lugar a dos versiones opuestas, como reflejos en un espejo. Esa diferencia, que a primera vista parece mínima, puede definir la acción de un medicamento dentro del organismo.
El reconocimiento sitúa en el centro a la homoquiralidad, una propiedad que caracteriza a los organismos vivos. Las células no emplean al azar las dos versiones posibles de las moléculas quirales. Por el contrario, seleccionan una orientación concreta para construir estructuras esenciales, desde las proteínas hasta el ADN y el ARN.
Ese rasgo lleva décadas entre las preguntas fundamentales de la química y la biología. Si muchas reacciones producen por igual dos imágenes especulares, ¿por qué la vida terrestre quedó asociada a una única alternativa? Los aportes de Kagan y Soai no cierran el debate sobre el origen de la vida, pero describen mecanismos capaces de explicar cómo una ventaja inicial muy pequeña puede crecer hasta imponerse.
Además de su dimensión básica, el hallazgo tiene un efecto directo sobre la industria farmacéutica. Los principios activos de muchos tratamientos son moléculas quirales. En esos casos, una versión puede aliviar un síntoma o atacar una enfermedad, mientras su imagen especular puede carecer de efecto, actuar con menor potencia o provocar consecuencias distintas. Controlar esa elección molecular resulta decisivo para fabricar medicamentos.
La quiralidad define a los objetos o moléculas que no coinciden con su imagen en el espejo. Las manos son la comparación más cotidiana: ambas parecen equivalentes, pero un guante derecho no sirve para una mano izquierda. Las moléculas quirales poseen esa misma particularidad. Cada una puede existir como dos enantiómeros, denominación que recibe cada miembro de ese par de imágenes especulares.
En términos químicos, los enantiómeros presentan idéntica fórmula y los mismos enlaces. La diferencia aparece en la organización tridimensional de sus átomos. Esa geometría modifica la manera en que la molécula se conecta con otras estructuras, una cuestión central en un organismo, donde buena parte de las interacciones depende de encajes muy específicos.
Las proteínas aportan uno de los ejemplos más claros. Sus unidades básicas son los aminoácidos y casi todos los sistemas vivos usan aminoácidos de configuración L. Los azúcares presentes en el material genético siguen la orientación opuesta: el ADN contiene desoxirribosa y el ARN contiene ribosa de configuración D. La vida combina esas elecciones moleculares de forma uniforme, en lugar de utilizar una mezcla equilibrada de ambas variantes.
Esa preferencia se llama homoquiralidad. El término une las palabras griegas para “igual” y “mano” y alude a la presencia de una misma orientación quiral dentro de un sistema. No significa que todas las moléculas de la naturaleza tengan una sola forma posible. Describe, en cambio, la predominancia casi absoluta de una opción en las moléculas vinculadas con la vida.
El problema surge porque las reacciones químicas ordinarias no suelen mostrar esa preferencia. Cuando una reacción forma una molécula quiral sin una influencia externa, lo habitual es que produzca cantidades similares de cada enantiómero. El resultado recibe el nombre de mezcla racémica. Para la química sintética, separar o evitar esa mezcla constituye un desafío técnico.
La cuestión trasciende el laboratorio. Las enzimas, los receptores y otros componentes del cuerpo también poseen una orientación espacial definida. Por ese motivo, pueden reconocer una variante molecular y rechazar su reflejo, igual que una cerradura reconoce cierta llave. Una molécula con la composición correcta, pero con una arquitectura opuesta, puede interactuar de otro modo o no interactuar.
En un fármaco, esta distinción puede marcar la diferencia entre eficacia, inactividad y riesgo. La industria necesita identificar cuál enantiómero genera el efecto terapéutico y diseñar procesos que privilegien esa forma desde el inicio. La alternativa implica producir ambas versiones, aislar la necesaria y desechar o controlar la otra, con más etapas, más costos y mayor complejidad.
La síntesis orgánica asimétrica busca resolver esa dificultad. Su objetivo consiste en construir moléculas con una orientación precisa y con un exceso alto de la variante buscada. Gracias a los aportes de Kagan y Soai, la ciencia está más cerca de dominar este proceso, con implicancias que van desde la fabricación de medicamentos más seguros hasta una mejor comprensión de los misterios de la vida.