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Olas de calor extremo: estrategias clave para evitar riesgos térmicos

Las temperaturas récord del verano plantean desafíos serios para la salud pública. Conocer las diferencias entre agotamiento térmico y golpe de calor, junto con medidas preventivas efectivas, resulta fundamental para proteger a toda la familia.

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Editorial

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El incremento progresivo de las temperaturas durante los meses estivales ha generado una preocupación creciente en materia de salud pública. Las olas de calor cada vez más intensas y frecuentes representan un desafío sanitario importante, especialmente considerando que los cambios climáticos han modificado los patrones tradicionales de temperatura que conocíamos.

Especialistas en medicina clínica subrayan que ciertos grupos poblacionales enfrentan mayor vulnerabilidad ante estas condiciones extremas. Los lactantes menores de doce meses, las personas mayores de sesenta y cinco años, y quienes padecen enfermedades crónicas constituyen la población de riesgo prioritario. Esta clasificación obedece a que sus organismos presentan dificultades para regular adecuadamente la temperatura corporal en contextos de calor intenso.

Reconocer los síntomas tempranos del agotamiento térmico es fundamental para intervenir a tiempo. Esta condición se manifiesta cuando el cuerpo aún mantiene cierta capacidad de autorregulación, pero comienza a mostrar signos de estrés. Los indicadores incluyen transpiración abundante, fatiga generalizada, debilidad muscular, espasmos involuntarios, molestias gástricas, dolores cefálicos y sensación de mareo. En los infantes, la presentación puede incluir irritabilidad marcada, llanto persistente, rechazo del alimento y enrojecimiento cutáneo en zonas de pliegues y fricción.

Cuando el organismo pierde completamente su capacidad termorreguladora, sobreviene una situación más grave: el golpe de calor constituye una emergencia médica que requiere atención inmediata. Este cuadro se caracteriza por fiebre superior a treinta y nueve grados centígrados, piel enrojecida, caliente y deshidratada, ausencia de sudoración, cefalea severa, apatía, somnolencia anómala, vértigo, desorientación temporal, alucinaciones y potencialmente pérdida de consciencia o convulsiones.

Las causas subyacentes de ambas condiciones son similares pero su gravedad varía significativamente. Tanto el agotamiento como el golpe de calor resultan de la exposición prolongada a temperaturas elevadas, esfuerzo físico intenso en ambientes cálidos y húmedos, o permanencia en espacios cerrados sin ventilación adecuada. El cuerpo se ve imposibilitado de disipar el calor acumulado, generando un desequilibrio térmico progresivo.

Un aspecto crítico a considerar es que los adultos mayores frecuentemente no experimentan la sensación de sed con la intensidad necesaria, lo que los predispone a deshidratación sin que lo adviertan. Situación similar ocurre en niños pequeños, quienes además dependen de terceros para acceder a bebidas. Pacientes con patologías cardiovasculares, diabetes mellitus u otras condiciones predisponentes requieren vigilancia especial durante períodos de calor extremo.

Las medidas de respuesta inicial ante síntomas de agotamiento térmico deben ser rápidas y efectivas. El protocolo recomendado incluye trasladar a la persona a un ambiente fresco, seco y preferentemente climatizado, aflojar o remover prendas de vestir, aplicar compresas húmedas o agua tibia sobre la piel, e iniciar la reposición de líquidos si el individuo mantiene consciencia. Para lactantes, la lactancia materna frecuente constituye la estrategia hidratante preferida, mientras que en adultos se recomiendan bebidas frías sin azúcares añadidos. Ante signos de deterioro, cambios en el nivel de consciencia o síntomas que sugieran progresión hacia golpe de calor, la activación del sistema de emergencias es imperativa.

Estrategias preventivas para minimizar riesgos térmicos:

  • Consumo regular de líquidos: adultos deben ingerir mínimo dos litros diarios de agua; lactantes requieren incremento en la frecuencia de alimentación al pecho
  • Selección de espacios: permanecer en ambientes ventilados, frescos y secos; evitar exposición solar directa entre las diez y diecisiete horas; buscar zonas sombreadas al aire libre
  • Vestimenta apropiada: optar por prendas holgadas, de tonos claros, confeccionadas en algodón u otros materiales transpirables; utilizar protección craneal como sombreros o gorras
  • Composición de la dieta: priorizar frutas y verduras con alto contenido hídrico; evitar comidas voluminosas y de difícil digestión
  • Actividad física responsable: ejercitarse preferentemente en horarios matutinos o vespertinos, en espacios abiertos; mantener hidratación antes, durante y después del esfuerzo físico
  • Vigilancia de grupos vulnerables: garantizar acceso permanente a bebidas para adultos mayores e infantes; asegurar que permanezcan en ambientes frescos, secos y adecuadamente ventilados

La prevención constituye la herramienta más efectiva para evitar complicaciones relacionadas con el calor extremo. Implementar estas medidas de forma sistemática durante los períodos de mayor riesgo térmico puede marcar la diferencia entre mantener la salud y enfrentar una emergencia médica.

Autor
Editorial