Hay trayectorias que se miden en títulos y otras que se miden en personas transformadas. Aníbal Alonso pertenece a ese segundo grupo: lleva 60 años ejerciendo la odontología y se convirtió en una referencia internacional de la gnatología, esa disciplina que estudia la biología completa del sistema masticatorio.
Sus colegas y discípulos lo llaman «Maestro de maestros». No es para menos: es un especialista en oclusión reconocido en todo el planeta, ese mecanismo que define cómo se abre y cierra la boca y que resulta clave para el éxito de cualquier prótesis dental.
Hasta la pandemia, en su Clínica D.A.T.O. (Docencia y Asistencia en Tratamientos Odontológicos) se dictaban cursos de posgrado a los que llegaban profesionales de distintos países. Su fama trascendió fronteras y por eso fue convocado infinidad de veces para dar conferencias en el exterior.
Hoy, a los 85 años que está por cumplir, tomó una decisión que podría confundirse con un retiro: vender su consultorio de la calle Austria. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Hace más de tres años que está abocado a investigar un tema que, según asegura, no aparece en ninguna bibliografía, y prepara un libro junto al profesor Sergio Hiskin, uno de sus discípulos más cercanos.
—Profesor, se festeja el Día del Odontólogo y usted cumple 60 años en la profesión. ¿Dónde nació su vocación?
—A los 5 años yo era terrible y mi madre no sabía qué hacer conmigo. Era hiperquinético, como se dice ahora. Olguita, la maestra de primer grado inferior, le dijo a mi mamá: «Hágale dar un año libre porque no es que no estudia, es que se aburre«. Así que no hice primero superior y terminé la primaria a los 10 años recién cumplidos. No me daba la edad para entrar a la secundaria. ¡En ese momento mi vocación era de vago! No dejaba nunca de ir al club. Pero mis padres eran tan buena gente que tenía que llevarles un título. Medicina, ¡no! Ingeniería, ¡no! Todo era complicado para mí. Y yo tengo una boca sana: nunca tuve caries, nunca me sacaron el sarro, no sabía ni cuántos dientes tenía.
—¿Y cómo llegó a la odontología?
—Revisando facultades encontré la de Odontología. Lo único que sabía del tema era que para curar una caries hacían un agujerito, lo limpiaban y lo tapaban. La carrera duraba 5 años, entonces dije: «¡Es esto!». Fui con mi viejo y le conté que iba a estudiar Odontología. Me preguntó: «¿De dónde sacaste eso?». Le respondí: «Papá, ¡siempre me gustó eso!» (risas). En tercer año me preguntaba qué estaba haciendo ahí adentro. Pero hubo una materia que me hizo pensar «esto está bueno»: técnica de prótesis. Parece que lo hacía bastante bien porque les hacía los trabajos a mis compañeros. En cuarto año me enamoré de esta profesión y sigo enamorado.
—De vago a eminencia…
—Sí, y por cómo nació mi vocación, tengo un radar especial para detectar vagos inteligentes. Muchos de esos que tuve como alumnos hoy andan por el mundo dando cursos, fueron titulares de cátedra. Sé cómo manejarlos porque yo también fui vago. Mi padre no era dentista, el vecino no era dentista, no tenía ningún amigo dentista: era un completo paria.
—¿Recuerda a algún maestro?
—Fue la época de oro. La Facultad de Odontología de la UBA era la quinta o sexta del mundo, hablamos de 1965 aproximadamente. ¿Quiénes eran mis profesores? Pedro Saizar en prótesis completas; Nicolás Parula, lo máximo en operatoria; Ries Centeno en cirugía; Rómulo Cabrini en anatomía patológica; Carranza en periodoncia; Toribio Schwartz en técnica de prótesis. Los profesores de antes eran tipos que enseñaban con cariño, que querían que los superaras. Yo hacía laboratorio gratis para todos los de la facultad. Ahí me enamoré definitivamente de la carrera y de los profesores.
—Esa pasión sigue intacta…
—La pasión me daba problemas porque estaba tan enamorado que cuando estudiaba me iba por las ramas. En los finales nunca sacaba 10 porque me preguntaban algo y yo seguía viaje: me entusiasmaba, era curioso y lo sigo siendo. Ahora hace tres años y medio que me puse a estudiar de nuevo y saqué la cuenta: van 3800 horas dedicadas a estudiar. Lo mío es oclusión y rehabilitación, pero me dije: «¿Cómo puede ser? En 50 años enseñando por el mundo, ¿cómo no vi esto?». Porque cuando mordés, la oclusión no termina en la corona del diente natural o en la que hacemos nosotros, va al periodonto. Y ahora, a mis 85 años, ¡estoy más entusiasmado que cuando era alumno!
—Usted sigue de gira por el mundo dando conferencias…
—De corazón te lo digo: yo no voy como el profesor, voy como el sudaca orgulloso. Porque la he peleado, eh. Vas a esos congresos y te ponen un alemán, un suizo, tipos con una carta de presentación fabulosa, y ahí te tenés que rebuscar solo, estás en el frente con dos monstruos. Ahora la cosa cambió, hoy me pagan, pero sigo pensando en los chicos jóvenes. Estoy muy contento, Dios me ha ayudado mucho y al lado mío tengo a una mártir que me soporta y que es mi compañera y pareja, la doctora Rita Mancuso.
—¿Cómo le gustaría ser recordado?
—Creo que lo más difícil no es ser dentista, aun siendo el mejor. Por lo que mamé de mis padres y de mi abuela, lo más difícil es ser buena gente. No me gustan los fanfarrones, a esos les tiro misiles porque hacen daño, y más si son mentirosos, le hacen daño a la gente joven. Quiero mostrarles a los jóvenes que si yo lo hice, cualquiera lo puede hacer, y ojo que yo arranqué de cero.
—¿Qué es la jubilación para usted?
—Creo que la jubilación es un premio bien merecido, pero no termina con la edad. Si la jubilación termina con la edad es porque no hiciste nada. Hay algo que me dijo mi papá y me recalcó que a esa edad no lo iba a entender pero que lo haría con los años: la verdadera jubilación es recordar qué es lo que hemos dejado que queda vivo. Yo no estoy retirado; estoy viviendo de todas esas cosas o recuerdos, de esos muchachitos vagos a los que transformé en profesores y de los amigos que tengo en todo el mundo. Eso es lo que dejé y eso es mi jubilación, mi legado.
—Muchos de esos discípulos hoy son grandes profesores.
—Te puedo nombrar muchos. Son todos grandes profesores que viajan por el mundo y dicen que yo fui su maestro. Yo les dije que quiero ser su alumno, pero que no reciben viejos como alumnos, porque ahora me superaron, son mejores que yo y sobre todo son muy buena gente porque aprendieron que tienen que quedarse vacíos, que tienen que dar y no ser egoístas.
—¿Qué está dejando de lado?
—Vendo mi consultorio particular porque tengo una clientela con muy buen poder adquisitivo y hay gente muy buena, pero también hay idiotas para los que ya no tengo paciencia. Entonces soy yo el que está fallando, y por eso lo vendo. Estoy bien para trabajar: no tengo problema de vista ni de pulso, pero ya no tengo tanta paciencia.
La palabra de sus discípulos
Gustavo Vernazza, odontólogo egresado de la UBA en 1988, llama «amigo» y «querido Maestro» —así, con mayúsculas— a Aníbal Alonso. Hoy es profesor titular de Fisiología y Fisiopatología I y II del sistema estomatognático en la Escuela de Odontología de la Universidad del Salvador.
«Si quiero expresar todo lo que me une a él desde hace 35 años, tendría que escribir un capítulo de un libro, y si quisiera ser breve, seguramente dejaría de lado muchas cosas importantes», asegura Vernazza. Y destaca: «En primer lugar, su dedicación para conmigo, desinteresada desde lo económico, tal vez sin saber adónde llegaría esto. A mí me marcó un camino profesional y personal y eso me permitió ser una rama más de su árbol y hoy poder intentar hacer lo mismo con otros. Es un gran motivador y carente de todo egoísmo, siempre busca generar en los colegas jóvenes el amor por lo que hacen».
«Desde hace mucho es maestro de maestros. Aun si no lo dice, sé que en su interior se siente muy orgulloso por todo lo que fue sembrando y por ver cómo esas semillas germinaron en discípulos que triunfan como profesionales y como seres humanos. Me siento muy orgulloso de ser uno de ellos y fundamentalmente de ser su amigo».
Sergio Hiskin fue presidente de la Academia Internacional de Odontología Integral (AIOI) entre 2017 y 2022. Es autor de los libros Odontología por Expertos tomo I y II, y director y coautor de Neuroodontología Biológica (2026). Es presidente electo de ISADE, Sociedad Internacional de Odontología Avanzada, cargo que asumirá en 2028.
«Como discípulo del doctor Aníbal Alonso tuve el privilegio de aprender mucho más que odontología: aprendí el valor de la dedicación, la ética, el compromiso y el respeto por el paciente. Es un Maestro por enseñar con el ejemplo y por dejar una huella que continúa en cada uno de los que tuvimos la dicha de aprender de él. A los 85 años sigue transmitiendo con efusiva pasión sus conocimientos, y no solo de oclusión. También de disfrutar la vida. En la actualidad nos encontramos periódicamente para estudiar diferentes disciplinas de la odontología y pasamos horas de disfrute, ya que uno se va fascinando con los conocimientos que con total generosidad entrega en sus clases».
Alonso es líder a nivel mundial en la rehabilitación de pacientes con la boca severamente lesionada. Para devolver la eficacia masticatoria tras la colocación de coronas en dientes naturales o implantes, se deben estudiar los puntos de contacto entre los dientes. Ahora investiga el modo en que eso impacta en el periodonto, es decir, la encía, que actúa como un amortiguador, para analizar eventuales daños.