Instagram Twitter Facebook
RedSaludArgentina

Enfermedad celíaca: por qué la mayoría de afectados ignora su condición

La enfermedad celíaca representa un desafío diagnóstico complejo en Argentina. Mientras afecta a uno de cada 167 adultos y uno de cada 79 niños, la mayoría de los pacientes permanece sin diagnóstico debido a presentaciones clínicas variadas y baja sospecha médica.

Autor
Editorial

Compartir

La celiaquía es una condición que trasciende los síntomas digestivos tradicionales. Según registros del Ministerio de Salud argentino, esta reacción inmunitaria anómala al gluten afecta a proporciones significativas de la población: uno de cada 167 adultos y uno de cada 79 niños. Sin embargo, la realidad más preocupante es que más del 80% de los celíacos desconoce su diagnóstico, lo que impide un abordaje integral y oportuno de la enfermedad.

La proteína del gluten, presente en trigo, avena, cebada y centeno, desencadena en las personas celíacas una respuesta inmunológica que puede manifestarse de formas radicalmente distintas. Algunos experimentan síntomas digestivos clásicos como diarrea persistente, mientras que otros presentan señales menos evidentes: anemia, pérdida de peso, caída del cabello, trastornos ginecológicos, osteoporosis o afecciones neurológicas. Existe además un grupo considerable de pacientes completamente asintomáticos, lo que complica tanto el diagnóstico temprano como la detección de la enfermedad.

El desafío diagnóstico radica en la amplitud de presentaciones clínicas. Según especialistas consultados, el índice de sospecha médica sigue siendo bajo porque gran parte de la comunidad profesional solo considera la enfermedad cuando se presenta de forma clásica: diarrea, dolor abdominal y desnutrición, junto con dificultades en el crecimiento infantil. Actualmente se reconoce que la celiaquía tiene manifestaciones extraintestinales que pueden ocurrir sin sintomatología digestiva alguna.

El proceso diagnóstico comienza habitualmente con análisis serológicos orientados a detectar anticuerpos específicos. No obstante, estos test no siempre ofrecen resultados concluyentes. En tales casos, la videogastroscopía con toma de muestras de vellosidades intestinales se convierte en el recurso estándar para confirmar o descartar el diagnóstico. Las barreras que contribuyen a la subdiagnosis incluyen:

  • Acceso restringido a marcadores sanguíneos y endoscopía digestiva
  • Ausencia total de síntomas en muchos pacientes
  • Insuficiente capacitación de clínicos generalistas
  • Baja sospecha clínica en especialidades no gastroenterológicas

Los cambios ambientales y tecnológicos han elevado la exposición al gluten. El consumo de gluten en las dietas occidentales es elevado, y los cereales modernos, mejorados mediante ingeniería genética, presentan un tenor de gluten más alto que décadas atrás. Las políticas públicas también han impactado: existe mayor cuidado por parte de las autoridades sanitarias a través de leyes nacionales, así como una oferta creciente de productos sin gluten. El seguimiento nutricional ha incorporado marcadores innovadores como los péptidos inmunogénicos de gliadina (GIP), que permiten detectar transgresiones inadvertidas a la dieta mediante análisis en heces u orina.

Las manifestaciones clínicas varían ampliamente según cada paciente. Además de los síntomas digestivos, la enfermedad puede presentarse con anemia, úlceras bucales, alteraciones en el esmalte dental, osteoporosis, infertilidad, abortos recurrentes, anomalías en pruebas hepáticas o incluso mantenerse asintomática durante largos períodos. Existen grupos de riesgo que requieren screening obligatorio: familiares de primer grado de pacientes celíacos, individuos con diabetes tipo 1, tiroiditis de Hashimoto, hepatitis autoinmune o síndrome de Down.

El retraso en el diagnóstico puede derivar en consecuencias graves a largo plazo. La inflamación crónica y la mala absorción pueden desencadenar anemia, déficit nutricionales, baja talla o retraso en la pubertad en niños, osteoporosis, fracturas, alteraciones ginecológicas y obstétricas e incluso, en casos no tratados, aumentar el riesgo de malignidad intestinal. El inicio temprano de la dieta sin gluten contribuye a la recuperación clínica, la mejora del estado nutricional y la recuperación de la mucosa intestinal.

El único tratamiento disponible es una dieta estricta y de por vida libre de gluten. Esta no constituye una moda ni una preferencia, sino una indicación médica indispensable para evitar complicaciones graves. La avalancha de nuevas opciones comerciales ha traído avances en el etiquetado, mejoras en los controles y mayor conocimiento sobre la contaminación cruzada, logrando que la vida cotidiana de los pacientes sea significativamente menos restrictiva que en décadas previas.

Sin embargo, persisten desigualdades en el acceso a productos sin TACC (trigo, avena, cebada y centeno). Estos productos suelen ser más caros y no siempre están disponibles en todas las ciudades, lo que puede afectar la adherencia a la dieta. Aunque existe una mejora en la oferta y en la regulación sobre el etiquetado, muchos productos sin TACC son ultraprocesados y no necesariamente más saludables. El control de la contaminación cruzada todavía es desigual: estudios internacionales demuestran que en restaurantes específicos con dieta libre de gluten, más del 20% de los desayunos y el 34% de las cenas presentaban concentraciones superiores a 20 ppm de gluten.

El acompañamiento nutricional personalizado es fundamental para el éxito del tratamiento. Los pacientes que realizan dietas libres de gluten tienen un déficit de macro y micronutrientes que deben ser suplementados por especialistas en nutrición: albúmina, vitamina D, vitamina B12, zinc, cobre, hierro y ácido fólico. Es de suma importancia que la persona tenga varias consultas iniciales con nutricionistas para adecuar la dieta libre de gluten y los suplementos a las necesidades individuales según edad, vida social o embarazo.

Este abordaje debe contemplar la planificación social y emocional de la vida del paciente: dificultades para comer fuera de casa, impacto económico y adaptación escolar y laboral. El fenómeno de la «sensibilidad al gluten no celíaca» coexiste con un desconocimiento sobre las implicancias reales de la dieta, lo que genera confusión en la población. Una tendencia positiva es priorizar desde el comienzo los alimentos naturalmente libres de gluten, como carnes, frutas, verduras, legumbres y arroz, para evitar la dependencia de productos procesados.

La educación médica y el diagnóstico precoz son ejes clave para el futuro. Los especialistas coinciden en que es necesario un alto índice de sospecha clínica, especialmente en individuos con antecedentes familiares y en poblaciones consideradas de riesgo. Hematólogos, endocrinólogos, diabetólogos, hepatólogos, ginecólogos, obstetras y dermatólogos deberían incorporar la detección de anticuerpos en pacientes de riesgo.

Un aspecto crítico es que los pacientes no deben retirar el gluten antes de estudiarse, porque esto puede alterar los resultados y dificultar el diagnóstico. Una vez que se inicia la dieta libre de gluten, es mucho más difícil confirmar la enfermedad. El diagnóstico temprano requiere, por un lado, un médico que piense en la enfermedad celíaca y, por otro, que el paciente mantenga el consumo de gluten hasta completar los estudios necesarios.

La seguridad en la alimentación requiere el monitoreo permanente y el cumplimiento de estándares estrictos. Es clave elegir productos certificados «sin TACC», leer las etiquetas cuidadosamente y evitar la contaminación cruzada en la cocina. Incluso pequeñas cantidades de gluten pueden activar la respuesta inmunológica, aunque no siempre generen síntomas perceptibles. En celiaquía, un poquito de gluten no es poco: ya puede generar daño a nivel intestinal.

El balance actual es que persiste una brecha significativa de información, acceso y equidad. Ocho de cada diez personas afectadas desconocen su condición; la dieta sigue representando un desafío emocional, económico y social; y el índice de sospecha clínica debe crecer, sobre todo en profesionales fuera del circuito tradicional de la gastroenterología. Los factores ambientales y sociales parecen tener influencia sobre la prevalencia: alimentación modificada, uso extendido de antibióticos, mayor cantidad de cesáreas frente a partos vaginales, cambios en la microbiota y diferentes exposiciones al gluten. La genética no ha experimentado un cambio significativo en las últimas décadas, lo que refuerza el papel del entorno en la manifestación de la enfermedad.

Autor
Editorial