Encontrarse un bulto en el cuello suele disparar todas las alarmas. Sin embargo, la gran mayoría de los nódulos que aparecen en la tiroides no son malignos. Muchos se descubren de casualidad, durante una ecografía pedida por otro motivo, y no representan una amenaza real para la salud.
La tiroides es una glándula con forma de mariposa ubicada en la base del cuello. Sus hormonas regulan el metabolismo, el ritmo cardíaco, la presión arterial, la temperatura corporal y el peso. Cuando sus células proliferan sin control, puede originarse un cáncer de tiroides, aunque no todos los nódulos siguen ese camino.
Las afecciones tiroideas abarcan también el hipotiroidismo, el hipertiroidismo y los nódulos. Se calcula que unas 750 millones de personas en el mundo conviven con alguna alteración de esta glándula, y cerca del 60 % lo desconoce. Ese número incluye todas las disfunciones, no solo los tumores.
La endocrinóloga Laura Maffei, directora de Maffei Centro Médico e Investigación Clínica Aplicada, remarca que hoy existen más recursos para entender cómo se comporta cada tumor y decidir con mayor precisión. Esa información permite definir cuándo intervenir y con qué alcance.
Ecografía y punción: las herramientas para decidir
La ecografía tiroidea es el estudio central para evaluar un nódulo. Muestra su tamaño, forma y composición, y ayuda a determinar si conviene practicar una punción con aguja fina.
Ese procedimiento extrae células del nódulo para analizarlas, lo que permite conocer mejor la lesión sin necesidad de operar. Según Maffei, hoy se aplican criterios más específicos para elegir qué biopsiar, lo que evita estudios innecesarios.
Cuando la punción no logra aclarar si hay malignidad, algunos pacientes acceden a estudios moleculares. Estos buscan alteraciones genéticas en las células y aportan datos para estimar el riesgo del tumor.
La evaluación combina imágenes, antecedentes clínicos, análisis de laboratorio y, si corresponde, tejido. La mayoría de los nódulos tiroideos son benignos, pero siempre conviene que los revise un profesional.
El aumento de diagnósticos de cáncer de tiroides se vincula en parte con la mejora de las técnicas de imagen. Tomografías y resonancias solicitadas por otros motivos detectan tumores pequeños que antes pasaban inadvertidos. En general, son lesiones reducidas que responden bien a los tratamientos.
Síntomas que merecen una consulta
En Argentina, el cáncer de tiroides es más frecuente en mujeres que en varones. Las estimaciones de 2024 registraron 3.964 casos nuevos y 339 muertes por esta enfermedad en el país.
Al comienzo puede no dar señales. Cuando aparecen, los síntomas más habituales son:
- Un bulto o hinchazón en el cuello
- Cambios persistentes en la voz
- Dificultad para tragar
- Dolor de cuello o garganta
- Ganglios linfáticos aumentados de tamaño
El cirujano oncólogo Diego Sinagra, jefe del Departamento de Cirugía Oncológica del Hospital de Clínicas de la UBA, suma otros signos posibles: cambios abruptos de humor, dificultad para subir de peso, problemas para dormir, sudoración e hipertensión arterial.
Estas manifestaciones pueden relacionarse con hipertiroidismo o hipotiroidismo. No confirman un cáncer, pero exigen consulta si persisten o se acompañan de cambios visibles en el cuello.
Los nódulos tiroideos pueden ser quistes con líquido, acumulaciones de coloide o lesiones sólidas. Aunque los sólidos tienen más probabilidad de ser malignos que los quísticos, la mayoría tampoco es cáncer.
Vigilancia activa: cuándo esperar es una opción válida
El abordaje actual reconoce que los tumores tiroideos evolucionan de maneras distintas. En algunos microcarcinomas papilares de bajo riesgo, pequeños y localizados dentro de la glándula, los médicos pueden indicar vigilancia activa en lugar de una operación inmediata.
Esta estrategia incluye ecografías y consultas programadas para detectar crecimiento u otra modificación relevante. Si el tumor cambia, el equipo médico reconsidera la necesidad de operar.
Cirugía y terapias según el tipo y el riesgo
Cuando se indica una operación, no todos los pacientes necesitan lo mismo. En tumores localizados puede alcanzar con retirar el lóbulo comprometido; en otros casos se requiere una cirugía más amplia.
Sinagra explica que el tratamiento suele implicar cirugía para extirpar la glándula afectada, seguida de yodo radiactivo, radioterapia o terapia dirigida según el tipo y la etapa del cáncer.
El yodo radiactivo se usa después de ciertas cirugías para eliminar restos de tejido tiroideo o células tumorales. Maffei aclara que hoy se indica de forma más selectiva, según el riesgo de persistencia o recurrencia.
La mayoría de los casos corresponde a cánceres diferenciados, como el papilar y el folicular, con pronóstico favorable si se diagnostican y tratan a tiempo. Para cuadros avanzados o resistentes al yodo radiactivo, los estudios genéticos pueden identificar alteraciones como RET, NTRK o BRAF.
El cáncer papilar es el más frecuente y suele crecer lentamente. Los tipos medular y anaplásico son menos comunes; este último puede avanzar rápido y requiere un abordaje especializado.
Identificar alteraciones como RET, NTRK o BRAF permite usar medicamentos dirigidos contra los mecanismos que favorecen el crecimiento tumoral. Estas terapias se indican solo cuando los estudios confirman la alteración correspondiente.
Ante un bulto en el cuello, cambios de voz persistentes, dificultad para tragar o ganglios aumentados, lo mejor es consultar con un profesional médico. La detección temprana y el seguimiento adecuado siguen siendo las mejores herramientas.