El café, esa infusión que acompaña las mañanas de millones de argentinos, genera debates eternos. ¿Es bueno o malo? La ciencia dice que no hay una respuesta única, pero sí hay un número de referencia: 400 mg de cafeína por día, el equivalente a unas tres o cinco tazas de café filtrado de aproximadamente 230 ml, según la American Heart Association (AHA).
Ese límite, publicado en la revista Circulation, no es una invitación a tomar café sin control. Es una guía general pensada para la mayoría de los adultos sanos. La clave está en entender que no todos los cuerpos reaccionan igual y que la forma de preparar el café cambia todo el panorama.
La taza que contás no es la que mide la ciencia
Un problema común: la gente cuenta “cafés” pero no miligramos. Y ahí aparece el primer error. Una taza en un estudio no es lo mismo que el vaso gigante que te sirven en una cafetería. El tamaño, la concentración y el tipo de grano alteran por completo la cantidad de cafeína que ingerís.
Además, el método de preparación importa más de lo que parece. El café sin filtrar, como el espresso o la prensa francesa, conserva cafestol, un compuesto que puede elevar el colesterol LDL. En cambio, el café filtrado o instantáneo tiene mucho menos de esa sustancia. No es lo mismo un cortado en bar que uno de filtro en casa.
Los beneficios aparecen con moderación
Los estudios observacionales muestran que el consumo moderado de café se asocia con menor riesgo de enfermedad coronaria, insuficiencia cardíaca y accidente cerebrovascular. El punto óptimo parece estar entre dos y cuatro tazas diarias.
En diabetes tipo 2, algunas revisiones citadas por la AHA encontraron reducciones de riesgo de entre 20% y 30% en quienes tomaban entre 3,5 y 5 tazas por día. Pero ojo: estos son estudios observacionales, que muestran asociaciones, no causalidad. El café no es una medicina milagrosa.
- Palpitaciones y taquicardia en personas sensibles.
- Insomnio y nerviosismo si se consume tarde.
- Ansiedad en dosis altas o en individuos predispuestos.
- Molestias digestivas en algunos casos.
No es lo mismo café que cafeína
Un punto que gana terreno en la comunidad científica: el café no es solo cafeína. El grano tiene compuestos bioactivos como ácidos clorogénicos, trigonelina y melanoidinas, que podrían influir en la inflamación, el metabolismo de la glucosa y la microbiota intestinal.
Prueba de esto es que el café descafeinado también mostró asociaciones favorables en varios estudios. Si todo el beneficio viniera de la cafeína, eso no tendría sentido. La matriz completa de la bebida parece jugar un papel clave.
Los energizantes son otra historia
Acá hay que frenar y aclarar: las bebidas energéticas no entran en la misma cuenta que una taza de café. La AHA advierte que estos productos pueden tener entre 40 y 69 mg de cafeína por cada 30 ml, una concentración que supera varias veces la del café filtrado.
Además, suelen incluir otros aditivos que aceleran la absorción y aumentan el riesgo de efectos adversos cardiovasculares, incluso en jóvenes sanos. El límite de 400 mg no es un permiso para mezclar todo.
Qué le ponés a la taza también cuenta
El café negro o con pocos añadidos es el que aparece en los estudios con beneficios. Cuando le sumás azúcar, siropes, crema o grandes cantidades de leche, el perfil nutricional cambia por completo.
Un espresso solo y una bebida saborizada de cafetería comparten el ingrediente base, pero no son equivalentes. La AHA es clara: esos agregados elevan las calorías y pueden degradar el efecto saludable asociado al café sin aditivos.
En resumen, el café puede ser parte de un estilo de vida saludable si se consume con criterio. La cantidad importa, pero también la preparación, el tamaño de la porción y qué le ponés al lado. Como casi todo en la vida, la moderación es la clave.