Cuando pensamos en la contaminación del aire, solemos imaginar el smog de las grandes ciudades o el humo que sale de las fábricas. Sin embargo, una serie de investigaciones recientes pone el foco en una fuente que hasta ahora no recibía la atención que merece: el humo de los incendios forestales. Y la conclusión es inquietante: sus partículas parecen ser más tóxicas que las de otras fuentes de contaminación atmosférica.
Dos estudios liderados por equipos de la Escuela de Medicina Icahn en Mount Sinai, en Nueva York, analizaron los efectos de las partículas finas PM2.5 —esas que miden 2,5 micras o menos, muchísimo más delgadas que un cabello humano— provenientes específicamente de incendios forestales. Los resultados, publicados en The Lancet Oncology y Nature Communications, encienden las alarmas.
El primer trabajo siguió a más de 414.000 personas mayores de 65 años con cáncer de pulmón. Aunque cualquier exposición a partículas contaminantes ya empeoraba su pronóstico, el humo de incendios forestales mostró un efecto particularmente letal. Aunque representó apenas el 4% de toda la contaminación por partículas que respiraron los pacientes, fue responsable de cerca del 17% de las muertes prematuras vinculadas a la contaminación del aire.
El investigador principal, Min Zhang, lo resumió con crudeza: los pacientes oncológicos ya son vulnerables, y este tipo de humo los expone a un riesgo aún mayor. Su colega Christine Ekenga, de la Universidad de Emory, agregó que se trata de un peligro potencialmente evitable si se identifican los grupos más frágiles y se diseñan estrategias concretas para reducir su exposición.
El segundo estudio amplió la mirada. Los científicos cruzaron registros de más de 57 millones de hospitalizaciones cardíacas y casi 33 millones de internaciones respiratorias en 20 estados de EE. UU. entre 2006 y 2019 con datos de calidad del aire. La exposición prolongada al humo de incendios se asoció con un aumento del riesgo de internación por:
- Insuficiencia cardíaca
- Enfermedades cardíacas
- Hipertensión
- Asma
- Neumonía
- EPOC
Y lo más llamativo: el humo de incendios forestales se vinculó de forma constante con mayores aumentos de riesgo que otras fuentes, como el tráfico o la industria. Es decir, no solo importa cuánta contaminación respiramos, sino también de dónde viene.
Para Yaguang Wei, autor principal de ambos estudios, el fenómeno ya dejó de ser un problema ambiental regional para convertirse en un desafío nacional de salud pública. «A medida que aumenta la actividad de incendios forestales, las políticas de salud pública y ambientales deben tener en cuenta tanto la cantidad como la fuente de contaminación del aire», advirtió.
Los investigadores también remarcaron que queda mucho por entender: qué componentes químicos del humo son los responsables de su toxicidad, y cómo responde el organismo a esa agresión. Mientras tanto, la evidencia acumulada sugiere que el cambio climático y el avance de los incendios están redefiniendo los riesgos sanitarios a nivel global.
Vale la pena preguntarse, entonces, si nuestras políticas de prevención y alerta temprana están a la altura de esta nueva realidad. Porque si el humo que llega desde un incendio a kilómetros de distancia puede ser más dañino que el de una autopista repleta de autos, la forma de cuidar la salud pública necesita una actualización urgente.