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Cuidar a la infancia con discapacidad, un derecho que no debería exigir heroísmos

Aprender a caminar apoyándose en una pared puede ser un acto de coraje. Pero convertir a la infancia con discapacidad en una historia de superación individual es una trampa: el cuidado es un derecho, no una prueba de resistencia que cada familia debe aprobar en soledad.

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Editorial
Cuidar a la infancia con discapacidad, un derecho que no debería exigir heroísmos

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Crecer con discapacidad en Argentina suele parecerse más a una carrera de obstáculos que a un derecho garantizado. La imagen de la niña o el niño que supera todo con esfuerzo personal conmueve, pero esconde una verdad incómoda: no todos arrancan desde el mismo lugar y muchos ni siquiera tienen la chance de intentarlo.

La historia de Candelaria Figueirido, autora de un libro sobre deseo y autonomía, sirve como punto de partida. Aprender a caminar le llevó caídas, miedo y una pared como apoyo. Esa persistencia no debería ser la condición para recibir un trato digno.

El cuidado como derecho, no como favor

La Corte Interamericana de Derechos Humanos reconoció en su Opinión Consultiva OC-31/25 que el cuidado es un derecho humano autónomo. Se despliega en tres dimensiones: ser cuidado, cuidar y el autocuidado. Aplicado a la infancia con discapacidad, esto implica algo muy concreto.

  • Acceder a diagnóstico, terapias, medicación y elementos de apoyo.
  • Conseguir una vacante escolar, una vereda transitable y un transporte que llegue a destino.
  • Contar con un hogar y una familia que no quede librada a su suerte.

Son los Estados quienes deben garantizar esas condiciones, no las familias por cuenta propia ni a fuerza de reclamos mensuales.

Las cifras que incomodan

Un informe de Unicef de 2025 sobre la niñez argentina reveló que el 71,6% de las niñas, niños y adolescentes con discapacidad experimentó algún tipo de violencia, frente al 60,6% de quienes no tienen discapacidad. Además, el 12% quedó solo o al cuidado de menores de diez años durante más de una hora semanal, contra el 4% de sus pares.

Una revisión internacional publicada en Journal of Child & Adolescent Trauma también identificó mayor exposición en niñas y en personas con discapacidad intelectual, con factores como aislamiento social, relaciones desiguales de poder y rutinas restrictivas.

La exclusión que no se ve en los papeles

Hay barreras materiales evidentes: una entrada inaccesible, la falta de transporte o la ausencia de apoyos. Pero también existe otra exclusión, más silenciosa, que se instala en el trato cotidiano. Hablarle al adulto como si el chico no estuviera, ignorar sus gestos o no ofrecer formas alternativas de comunicación también lo deja afuera.

El autocuidado requiere oportunidades: poder expresar dolor, pedir descanso o manifestar una incomodidad. Muchas veces a estos chicos no se les pregunta qué quieren, y cuando responden, sus respuestas no siempre cuentan.

Escuchar cuando no hay palabras exige otras herramientas: atender gestos, movimientos, cambios en el modo de estar. Eso demanda tiempo, conocimiento de cada persona y disposición a revisar interpretaciones apuradas.

Quién sostiene la carga

Detrás de cada prestación que no llega hay trámites, llamadas, gastos y horas de trabajo no remunerado. La Corte Interamericana advierte que la distribución desigual del cuidado produce discriminación contra las mujeres, porque se da por sentado que una madre resolverá cualquier ausencia institucional.

Esa sobrecarga funciona como un recurso invisible que sostiene el sistema. Reconocer el derecho al cuidado implica discutir esa distribución y garantizar servicios, apoyos y tiempo para quienes cuidan.

La pared que debería sostener

Para niñas, niños y adolescentes, la espera ocurre en plena etapa de desarrollo. Un apoyo que falta puede impedir la asistencia a la escuela; un tratamiento interrumpido puede agravar síntomas y afectar la salud mental. Las decisiones presupuestarias tienen consecuencias concretas sobre sus vidas.

Una sociedad que deja estas experiencias libradas al esfuerzo individual reparte de manera desigual las posibilidades de crecer. Garantizar el derecho al cuidado es asegurar que cada chico tenga una pared sólida donde apoyarse, sin necesidad de convertirse en héroe para merecer respeto.

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