Hay gestos que parecen mínimos y, sin embargo, ordenan la vida entera de una persona. Para alguien con glaucoma, aplicar las gotas en los ojos una o dos veces por día es uno de esos gestos: simple en apariencia, decisivo en la práctica. El problema es que sostenerlo en el tiempo cuesta, sobre todo cuando se suman años, otras enfermedades y una rutina que se vuelve esquiva.
Ahí es donde aparece una idea que, a primera vista, suena casi obvia: ¿por qué no aprovechar la cirugía de cataratas para tratar también el glaucoma? Esa es la apuesta de un lente intraocular experimental que libera de manera gradual un fármaco ampliamente usado para esa enfermedad, el bimatoprost, según resultados presentados en la reunión anual de la Academia Americana de Oftalmología (AAO).
El planteo de fondo es seductor: resolver dos de los problemas oculares más frecuentes en una sola intervención. Las cataratas, ese empañamiento del lente natural del ojo, llevan a millones de personas al quirófano cada año mediante una de las operaciones más predecibles de la medicina moderna. El glaucoma, en cambio, avanza en silencio y daña el nervio óptico a medida que sube la presión del líquido intraocular.
Hasta hoy, reducir esa presión es la única estrategia comprobada para frenar la enfermedad, y las gotas recetadas son el primer paso. El inconveniente es conocido: la adherencia al tratamiento se resquebraja con el tiempo. «Las gotas diarias para los ojos pueden ser difíciles de administrar de manera constante», admitió el doctor Jeffrey Kammer, oftalmólogo del Centro Médico de la Universidad de Vanderbilt, en Nashville.
La propuesta del equipo que lidera Kammer consiste en infundir los lentes artificiales con pequeñas almohadillas de medicamento que se liberan de forma sostenida dentro del ojo. Así, la medicación viaja con el paciente, sin depender de la memoria ni de la destreza para apuntar el gotero.
Para evaluar la idea, los investigadores reclutaron a 106 personas con glaucoma o presión intraocular elevada que ya tenían programada una cirugía de cataratas. La distribución fue la siguiente:
- Tres cuartos de los participantes recibieron los lentes experimentales, con dosis baja o alta de bimatoprost.
- El cuarto restante recibió un lente estándar y gotas de timolol dos veces al día.
Después de un año, los números fueron llamativamente parejos. La presión ocular bajó a 15,9 mmHg en el grupo de dosis alta, 14,8 mmHg en el de dosis baja y 15,7 mmHg en quienes usaron lente estándar con gotas. Es decir, el lente con medicamento rindió a la par del tratamiento convencional.
El dato que más entusiasma a los investigadores es otro: más del 95% de los pacientes con el lente liberador no necesitó ninguna otra medicación para el glaucoma al año. Para Kammer, la coincidencia entre estos resultados y los obtenidos en estudios previos en humanos es una señal tranquilizadora de que el efecto se replica a medida que avanza el programa.
«Imagínate poder tratar dos de las enfermedades oculares más comunes, cataratas y glaucoma, en una sola intervención», planteó el especialista. «Simplemente no hay nada parecido en desarrollo».
Conviene, igual, poner paños fríos. Se trata de un ensayo de fase inicial, con pocos participantes y resultados presentados en un congreso, no publicados aún en una revista revisada por pares. Los pacientes seguirán siendo monitoreados durante tres años y ya están en marcha dos ensayos de seguimiento más grandes.
El propio Kammer lo resumió con prudencia: «El seguimiento a largo plazo será importante para comprender la durabilidad del control de la presión, así como la seguridad». La pregunta de fondo ya no es si la idea funciona en el corto plazo, sino cuánto dura ese efecto y qué tan seguro es sostenerlo en el tiempo.
Mientras tanto, la noticia deja una señal de época: el tratamiento del glaucoma parece encaminarse hacia soluciones que simplifiquen la vida del paciente en lugar de sumarle tareas. Si el lente confirma su desempeño en las próximas etapas, la cirugía de cataratas podría convertirse, de paso, en una estrategia silenciosa contra una enfermedad que hoy obliga a millones de personas a no olvidarse nunca de sus gotas.