Las enfermedades no transmisibles —el cáncer, los trastornos cardíacos y respiratorios o la diabetes— explican tres cuartas partes de las muertes en el mundo. Sobre esa base, un nuevo informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) indaga en cómo el sexo, el bolsillo y el nivel educativo modifican la exposición a los factores de riesgo que las desencadenan.
El documento, difundido esta semana, deja en claro que los varones llevan la delantera en varios consumos problemáticos. El tabaquismo, por caso, es casi cinco veces más frecuente en hombres (32,5 %) que en mujeres (6,6 %), y el alcohol también muestra una brecha amplia: 52,2 % contra 35,4 %.
Sin embargo, ellas quedan en desventaja en otros frentes. La obesidad y las dietas poco saludables afectan al 18,4 % de las mujeres frente al 13,8 % de los hombres, y el sedentarismo también las golpea más: 33,8 % contra 28,7 %.
La hipertensión, en tanto, es algo más común en varones (34,5 % frente a 31,7 %), aunque la OMS lo atribuye en parte a que las mujeres acceden más al diagnóstico y al tratamiento, lo que mejora su control.
El análisis también cruza las cifras con el nivel económico y educativo, con foco en países en desarrollo, y allí aparecen contrastes llamativos:
- El consumo de alcohol es mayor entre los sectores más acomodados (26,3 % frente a 19,2 %).
- En el tabaco la lógica se invierte: 25,5 % entre los hombres de menores recursos contra 12,9 % en los de mayor poder adquisitivo.
- La exposición a la contaminación es abismal: el 99,9 % de la población más pobre respira polución al cocinar con combustibles sólidos, frente a solo el 21,4 % de los más ricos.
El informe suma otro eje: la brecha entre ciudad y campo. En las economías en desarrollo, la población urbana presenta 47,8 % de hipertensión frente al 33,7 % rural, y también registra más consumo de alcohol, obesidad y falta de actividad física. La proporción de fumadores, en cambio, no difiere demasiado entre ambos entornos.
La conclusión de la agencia sanitaria es contundente: “los ingresos, la educación, el género, la edad y el lugar de residencia pueden influir en la exposición a los factores de riesgo y en el acceso a los servicios sanitarios”. Y agrega que esas desigualdades atraviesan toda la cadena, desde la prevención y la menor exposición hasta el diagnóstico, el tratamiento y el control de la enfermedad.
Con estos datos, la OMS busca que los países miembros ajusten sus políticas y programas, detecten vacíos de cobertura y monitoreen si los avances en salud llegan realmente a todos los grupos de la población. La pelota queda del lado de los Estados: sin políticas con perspectiva de género y de clase, la brecha sanitaria seguirá creciendo.