El golf ha sido históricamente relegado al estatus de actividad recreativa, pero recientes hallazgos científicos plantean una pregunta incómoda para los escépticos: ¿realmente carece de beneficios físicos significativos? La polémica se intensificó cuando un ejecutivo prominente del sector fitness cuestionó públicamente si golpear una pelota en el campo constituye verdadero ejercicio, reavivando un debate que trasciende este deporte en particular.
El interrogante central no es trivial. Definir qué actividades califican como ejercicio legítimo implica establecer criterios claros sobre intensidad, gasto energético y adaptaciones fisiológicas. Las autoridades sanitarias británicas, a través del NHS England, establecen parámetros específicos: 150 minutos semanales de actividad moderada o 75 minutos de intensidad vigorosa. Sin embargo, la clasificación de qué encaja en cada categoría permanece ambigua y sujeta a interpretación.
Según los estándares del Health Survey for England (2021), una actividad se considera vigorosa cuando provoca que la persona pierda el aliento o sude. Esta métrica favorece deportes como squash, artes marciales y running, pero deja en zona gris disciplinas donde el esfuerzo cardiovascular no siempre resulta evidente. El golf, en particular, presenta un desafío: un jugador experimentado en buena forma física puede completar una ronda sin experimentar sudoración significativa, lo que alimenta la percepción de que el deporte carece de demanda fisiológica real.
Lo que revelan los estudios recientes
Una investigación publicada en 2023 en la revista BMJ Open Sport & Exercise Medicine desafía estas suposiciones convencionales. Científicos finlandeses compararon los efectos fisiológicos de completar 18 hoyos de golf con una hora de caminata rápida o marcha nórdica, encontrando resultados sorprendentes:
- Presión arterial: mejoras ligeramente superiores tras el golf
- Niveles de glucosa en sangre: reducción más pronunciada en golfistas
- Perfil lipídico: cambios favorables comparables o mejores que la caminata
Estos hallazgos sugieren que la demanda fisiológica del golf no debería subestimarse. Recorrer 18 hoyos implica caminar entre 6 y 8 kilómetros mientras se cargan los palos, generando un gasto calórico estimado entre 1.200 y 1.500 calorías. La combinación de movimiento sostenido, esfuerzo muscular y componente técnico produce adaptaciones cardiovasculares y metabólicas mensurables.
El dilema de las actividades «ligeras»
El golf no es el único deporte que enfrenta escepticismo respecto a su legitimidad como ejercicio. Otras disciplinas tradicionales también luchan por ser reconocidas como actividades físicamente significativas:
Tai Chi: El NHS lo clasifica como ejercicio moderado, reconociendo que más allá del movimiento físico, integra beneficios neuromotores y psicológicos. Sus practicantes destacan la mejora en equilibrio, coordinación y regulación emocional, aunque el gasto calórico permanece bajo comparado con deportes de mayor intensidad.
Bowls británico: Durante una partida, los jugadores pueden caminar entre 3 y 5 kilómetros, realizando movimientos repetitivos que demandan coordinación y precisión. Sin embargo, no cumple los criterios del NHS para ser contabilizado como ejercicio significativo, a pesar de sus aportes documentados a la estabilidad postural y la fuerza funcional.
Dardos: Quizás el caso más controvertido. La Organización de Dardos de Inglaterra utilizó podómetros para demostrar que los jugadores en torneos extensos recorren distancias notables. No obstante, expertos en fisiología del deporte cuestionan si existe alteración cardiovascular suficiente para clasificarlo como ejercicio verdadero.
Perspectivas de especialistas
El profesor Alan Ruddock, especialista en fisiología del deporte, reconoce que el golf presenta complejidad técnica que lo hace físicamente exigente para principiantes. Esta demanda inicial disminuye conforme mejora la habilidad, lo que explica por qué la percepción de esfuerzo varía significativamente entre jugadores novatos y experimentados.
Directivos de diferentes federaciones defienden los beneficios de sus respectivas disciplinas, enfatizando que la intensidad del ejercicio depende fundamentalmente del estado físico individual y el nivel de compromiso. Una persona sedentaria experimentará mayor demanda fisiológica jugando bowls que un atleta entrenado, lo que complica la clasificación universal.
Reflexión final: más allá de las etiquetas
El debate sobre si el golf, los dardos o el bowls califican como «ejercicio real» revela una limitación conceptual en cómo categorizamos la actividad física. La realidad es que la demanda fisiológica no es binaria sino un continuo, donde múltiples factores—edad, condición previa, técnica, intensidad de juego—determinan los beneficios reales.
La evidencia científica sugiere que descartar actividades como el golf por considerarlas meramente recreativas ignora sus efectos comprobados sobre presión arterial, metabolismo glucídico y perfil lipídico. Quizás la pregunta más productiva no sea si algo «cuenta» como ejercicio, sino cuánto contribuye a la salud cardiovascular y metabólica del individuo que lo practica.