La tecnología llegó para quedarse y, en Argentina, el 95% de los menores entre 9 y 17 años ya tiene su propio celular, según el estudio Kids Online Argentina 2025 de UNICEF y UNESCO. Pero, ¿en qué momento el uso recreativo se convierte en un problema de salud? Esa es la pregunta que muchos padres y adultos se hacen, y la respuesta no es tan simple como contar horas de pantalla.
Los especialistas coinciden en que el verdadero problema no es el tiempo de exposición, sino el impacto que genera en la vida cotidiana. No es lo mismo pasar horas frente a la computadora por trabajo que no poder soltar el teléfono ni para ir al baño. La diferencia está en la pérdida de control y en cómo esa conducta afecta nuestras relaciones, nuestro descanso y nuestro bienestar general.
El diseño detrás de la adicción
Las aplicaciones están programadas para captar nuestra atención, y lo logran mediante mecanismos de recompensa variable. El desplazamiento infinito, las notificaciones constantes y los «me gusta» impredecibles generan ciclos de búsqueda de estímulos difíciles de interrumpir. No es casualidad: es diseño.
El FOMO (miedo a perderse algo), el doomscrolling (deslizar contenido negativo sin fin) y la nomofobia (ansiedad por no tener el móvil) son fenómenos que agravan esta relación. Sin embargo, el neurólogo Guido Dorman, jefe del Departamento de Neurología Cognitiva de INECO, aclara que no todo uso intensivo es una adicción: «Una persona puede pasar muchas horas frente a una pantalla por trabajo y tener una relación perfectamente saludable con la tecnología».
El problema aparece cuando hay pérdida de control: querés usarlo menos y no podés, lo priorizás sobre actividades importantes y seguís usándolo aun viendo las consecuencias negativas. La incapacidad de tolerar el aburrimiento o el silencio es otra señal de que la relación con el celular se volvió dependiente.
Ocho señales en niños y adolescentes
El psiquiatra infanto-juvenil Andrés Luccisano, del Hospital Italiano de Buenos Aires, identificó ocho señales principales de que la salud de los chicos está siendo afectada:
- Alteraciones del sueño: dificultad para conciliar el descanso y despertares nocturnos para revisar notificaciones.
- Irritabilidad y cambios de humor: ansiedad o enojo desproporcionado cuando se interrumpe el uso.
- Pérdida de concentración: dificultad para sostener la atención en tareas escolares o actividades analógicas.
- Bajada en el rendimiento escolar: descenso en las calificaciones por el tiempo dedicado a la pantalla.
- Escape emocional: uso del celular como anestésico ante el aburrimiento, el enojo o la tristeza.
- Aislamiento: abandono de actividades físicas, hobbies o encuentros presenciales.
- Pérdida del control del tiempo: horas navegando sin registrar el paso del tiempo.
- Conexión involuntaria: ingreso impulsivo a aplicaciones, incluso después de decidir no hacerlo.
El contexto argentino muestra que el 80% de los chicos usa redes sociales a diario y el 83% las utiliza para chatear con amigos. «No todo uso implica una patología: es el principal canal para construir lazos de pertenencia», aclara Luccisano. Pero la exposición a modelos irreales profundiza el impacto en la autoestima: el 67% de los adolescentes argentinos vio contenidos sobre dietas o cambios de apariencia física, amplificando la vulnerabilidad sobre la imagen corporal.
Señales en adultos: cuando el uso se vuelve problemático
En los adultos, las señales son similares pero con matices. Dorman enumera: dormir menos por quedarse con el celular, interrumpir conversaciones para revisarlo, perder la capacidad de concentración, abandonar la actividad física y sentir ansiedad cuando no se tiene acceso al teléfono. Las consecuencias físicas más frecuentes incluyen sedentarismo, molestias cervicales, fatiga visual y alteraciones del sueño.
Se forma un círculo vicioso: una persona ansiosa recurre más al celular para distraerse, y ese uso excesivo termina interfiriendo con el descanso o aumentando la ansiedad. Las señales principales en adultos incluyen:
- Alteraciones del sueño por uso nocturno del celular.
- Interrupciones constantes de conversaciones o actividades.
- Disminución de la concentración y dificultad para sostener la atención.
- Sedentarismo y molestias físicas asociadas a posturas inadecuadas.
- Abandono de actividades recreativas, deportivas o sociales.
- Ansiedad o irritabilidad si no se puede acceder al dispositivo.
- Pérdida de control sobre el tiempo de uso.
- Escape emocional ante el estrés diario.
Estrategias para recuperar el control
La prohibición absoluta no funciona. Luccisano es contundente: «La clave está en pasar del prohibicionismo a la mediación activa», estableciendo reglas claras de convivencia digital. El retiro punitivo del dispositivo tiende a desatar respuestas agresivas y mayor aislamiento.
Para los adultos, Dorman sugiere establecer momentos y lugares sin teléfono: durante las comidas, al hacer actividad física, cuando conversamos con alguien y, sobre todo, antes de dormir. También recomienda desactivar notificaciones innecesarias, sacar las aplicaciones más compulsivas de la pantalla principal y evitar tener el teléfono permanentemente al alcance de la mano.
El ejemplo adulto es fundamental. «Si los padres usan el teléfono durante las conversaciones o en la mesa, el discurso sobre los límites pierde validez», advierte Luccisano. Los chicos aprenden más del comportamiento que observan en casa que de las normas impuestas.
El objetivo no es dejar de usar tecnología, sino evitar que desplace experiencias fundamentales para la salud: dormir, moverse, concentrarse y vincularse en persona. El reto es volver a decidir nosotros cuándo utilizarla, en lugar de responder automáticamente a cada estímulo.