La idea de vivir más tiempo ya no es solo ciencia ficción. Una encuesta del Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA) de la Facultad de Psicología de la UBA sacudió el debate: el 89% de los argentinos cree que la ciencia logrará aumentar la esperanza de vida en las próximas tres décadas. Pero el dato que más llama la atención no es ese, sino el que viene después: la mayoría solo aceptaría una vida más larga si viene acompañada de salud, autonomía y afectos.
El estudio, realizado en agosto de 2026 con 1.851 casos a nivel nacional, pinta un retrato social lleno de matices. No es un sí rotundo a la inmortalidad, sino un «sí, pero…». La gente quiere vivir más, pero no a cualquier costo. La longevidad, parece, se negocia con condiciones.
El optimismo prudente de los argentinos
El 89% de los consultados considera probable que la ciencia extienda la vida, aunque solo el 30% lo afirma con total certeza. El resto, un 59%, dice «probablemente sí». Ese optimismo, sin embargo, no es parejo: los menores de 30 años son los más escépticos. Solo el 8% de los jóvenes cree que los avances actuales son ciencia consolidada, mientras que el 40% los ve como puro marketing.
En cambio, entre los mayores de 60, el entusiasmo es casi el doble. La percepción del tiempo juega una mala pasada: cuanto mayor es la edad, más inminente se espera el avance. Es lógico, claro: quien tiene menos tiempo por delante, más necesita que la ciencia llegue rápido.
Calidad antes que cantidad: el mandato transversal
Si hay un dato que resume la postura argentina, es este: el 83% prefiere vivir 90 años con salud plena antes que 150 con limitaciones físicas. Solo el 17% elegiría una vida indefinida. La edad «ideal» que menciona la mayoría ronda los 89 años, una década más que la esperanza de vida actual en el país.
El mensaje es contundente: la duración sola no seduce. Apenas el 4% priorizaría «vivir muchos años» sin importar la calidad. Y si la vida extra viene atada al trabajo, el rechazo crece: ante la opción de vivir 200 años pero trabajar hasta los 150, el 60% dice que no.
Rejuvenecer, sí; inmortalidad, no tanto
La brecha entre aceptar un tratamiento de rejuvenecimiento y querer vivir para siempre es enorme. Un 52% aceptaría una terapia segura que devuelva la condición física de los 30 años, y otro 35% lo consideraría. Pero apenas el 27% se muestra dispuesto a una vida indefinida.
La continuidad digital —que una IA conserve recuerdos para «conversar» con los seres queridos tras la muerte— desciende al 15%. Las implicancias morales y existenciales pesan más que la promesa tecnológica.
Un dato curioso: el 92% aceptaría un tratamiento de rejuvenecimiento para un ser querido gravemente enfermo, pero esa proporción baja cuando se trata de recibirlo uno mismo. La vida ajena se valora más que la propia, o al menos, se acepta con menos culpa.
La soledad, el gran fantasma
Quizás el hallazgo más profundo del estudio sea este: el 54% solo aceptaría vivir mucho más si también lo hicieran las personas que ama. La soledad es el límite intolerable. El 70% menciona que «ver morir a las personas que quiero» sería lo más doloroso de sobrevivir al propio tiempo.
Los vínculos interpersonales emergen como condición irrenunciable. Solo el 9% aceptaría la inmortalidad aunque fuera para sí solo. Y cuando se pregunta por los beneficios de las terapias de longevidad, la respuesta más frecuente es «más tiempo para compartir con los seres queridos», el doble que cualquier expectativa de progreso científico.
El rechazo a la vida eterna no se expresa en términos religiosos (solo el 2%) ni demográficos (3% por sobrepoblación). La mitad dice que «la muerte forma parte de la vida«, y otro 27% teme el aburrimiento de una existencia sin final. El miedo principal es existencial, no doctrinario.
Un índice para medir la apertura
El equipo del OPSA diseñó el Índice de Apertura a la Longevidad (IAL), que posiciona a la población en 44 puntos sobre 100. Los varones muestran mayor apertura (48,8 contra 39,3 en mujeres), y el máximo se ubica en el grupo de 30 a 49 años (48,4). Los menores de 30, nativos digitales, se muestran más cerrados a los avances radicales.
La preocupación por la muerte y el optimismo sobre el futuro son las variables psicológicas más asociadas a estar abierto a la longevidad. La satisfacción con la vida presente, en cambio, casi no influye.
Equidad y Estado: la demanda social
La sociedad no solo debate cómo aceptaría vivir más, sino quién debería tener acceso. El 40% dice que el acceso debe ser igual para todos, y otro 30% priorizaría a los enfermos. Solo el 4% opta por un criterio de mercado. La ideología marca un matiz: entre quienes se identifican con la derecha, la visión de mercado escala al 17%.
El 48% espera que el Estado garantice el acceso universal, y otro 27% que al menos regule precios. La demanda de presencia estatal crece con la edad y se intensifica en la izquierda. Las preocupaciones sociales superan a las individuales: la sobrepoblación (36%) y la desigualdad (35%) son los mayores riesgos percibidos.
El estudio ofrece una línea de base para monitorear cómo cambian estas actitudes. Como señala el informe: «la longevidad es deseada como medio —más salud, más lucidez, más tiempo con los afectos— más que como fin en sí misma«. La biotecnología del futuro tiene un desafío enorme: ofrecer no solo años, sino sentido y comunidad.