Los aditivos químicos que prolongan la vida útil de productos industrializados están bajo la lupa nuevamente. Investigaciones coordinadas por instituciones francesas de renombre han puesto en el centro del debate científico la relación entre conservantes alimentarios y enfermedades graves como el cáncer y la diabetes tipo 2. Aunque estos compuestos están autorizados en muchos países, los nuevos datos sugieren que su consumo frecuente podría tener consecuencias para la salud a largo plazo.
El análisis más ambicioso hasta ahora provino de la cohorte NutriNet-Santé, que siguió a más de 105.000 adultos durante aproximadamente siete años y medio. Los investigadores evaluaron la ingesta de 58 tipos diferentes de conservantes —tanto antioxidantes como no antioxidantes— mediante cuestionarios dietéticos detallados. Este enfoque permitió distinguir qué compuestos específicos mostraban asociaciones más fuertes con problemas de salud.
Entre los conservantes que generaron mayor preocupación figuran:
- Sorbato de potasio (E202): asociado con un 14% más de riesgo de cáncer general y 26% de cáncer de mama
- Nitrito de sodio (E250): vinculado a un 32% más de riesgo de cáncer de próstata
- Metabisulfito de potasio (E224) y sulfitos totales: relacionados con incrementos del 12% y 13% en cáncer general y de mama
- Otros compuestos: nitrato de potasio, acetatos, ácido acético y eritorbato de sodio también mostraron asociaciones con mayor riesgo
Es importante aclarar que estos porcentajes representan aumentos relativos, no riesgos absolutos. Un experto de la Universidad de Dublín señaló que los datos permiten observar una relación estadística, pero no establecen causalidad directa. Dicho de otra manera: el hallazgo sugiere una asociación, aunque no prueba que los conservantes causen estas enfermedades de forma definitiva.
La diabetes tipo 2 también mostró vínculos preocupantes con los aditivos. Según datos publicados en Nature Communications, una ingesta elevada de conservantes se asoció con un aumento del 47% en el riesgo de desarrollar esta enfermedad metabólica. Los compuestos más relacionados fueron el sorbato de potasio, metabisulfito de potasio, nitrito de sodio, ácido acético, acetatos de sodio, propionato de calcio, ascorbato de sodio, eritorbato de sodio, ácido cítrico, ácido fosfórico y extractos de romero.
Desde la perspectiva nutricional, especialistas argentinos explicaron que una dieta basada en ultraprocesados promueve una alimentación de baja calidad nutricional, rica en azúcares simples, grasas saturadas y sodio, pero pobre en fibra y micronutrientes. Esta combinación facilita la aparición de sobrepeso y enfermedades metabólicas. La recomendación consensuada es que más del 90% de la ingesta diaria provenga de alimentos naturales o mínimamente procesados.
Sin embargo, la comunidad científica internacional advierte sobre limitaciones importantes en estos estudios. La muestra estaba compuesta principalmente por mujeres con estilos de vida más saludables que la población general, lo que podría no representar adecuadamente a otros grupos. Además, es difícil cuantificar con exactitud cuánto aditivo consume realmente cada persona, y existen múltiples factores de confusión —como el consumo de alcohol, carne procesada, uso de anticonceptivos orales— que podrían explicar parcialmente los resultados.
Algunos expertos señalaron que el leve aumento del riesgo podría deberse a que estos factores no fueron completamente controlados en el análisis estadístico. Otros plantearon que quienes consumen más sulfitos lo hacen frecuentemente a través de bebidas alcohólicas, que contienen otras sustancias potencialmente dañinas. Estos cuestionamientos no invalidan los hallazgos, pero subrayan la necesidad de interpretarlos con prudencia.
Frente a esta incertidumbre, los expertos proponen acciones concretas. Las agencias regulatorias deberían revisar las políticas sobre conservantes alimentarios, estableciendo límites de uso más estrictos, etiquetados más claros y mayor transparencia sobre la presencia de aditivos. Algunos investigadores consideran que una revisión de la seguridad de estos compuestos está justificada, aunque otros sostienen que los datos actuales aún no son suficientes para modificar las conductas de consumo de manera abrupta.
La recomendación práctica es clara y consensuada: priorizar alimentos frescos y mínimamente procesados. Esto incluye frutas, verduras, legumbres, granos integrales y proteínas sin procesar. Además de reducir la exposición a múltiples aditivos, estos alimentos ofrecen mejor calidad nutricional y contribuyen a mantener un peso saludable. Combinar esta estrategia dietética con actividad física regular y otros hábitos saludables sigue siendo la mejor defensa contra enfermedades crónicas.
Mientras el debate regulatorio y la investigación continúan avanzando, mantener una proporción alta de alimentos naturales en la dieta es la medida más prudente y respaldada por la evidencia disponible. La incertidumbre científica no debe paralizarnos, pero tampoco justifica ignorar las señales de alerta que emergen de estudios de esta envergadura.