El resurgimiento de la tos convulsa en Argentina refleja un problema sanitario complejo que trasciende la simple falta de acceso a vacunas. La enfermedad, causada por la bacteria Bordetella pertussis, ha experimentado un incremento dramático: en las primeras nueve semanas de 2026 se registraron 215 casos, un aumento del 147% respecto al mismo período de 2025 (87 casos). Este dato no es menor cuando se considera que la mitad de los afectados son menores de dos años, grupo de máxima vulnerabilidad, aunque también preocupa que un tercio corresponda a niños entre 3 y 14 años, evidenciando brechas de cobertura que se arrastran desde hace años.
La transmisibilidad de esta enfermedad constituye un desafío particular. Adultos y adolescentes pueden portar y diseminar el patógeno incluso con síntomas leves o atípicos, lo que complica significativamente los esfuerzos de control epidemiológico. Esta característica epidemiológica exige no solo vacunación infantil, sino también inmunización de grupos poblacionales más amplios, particularmente embarazadas y contactos cercanos de lactantes.
El descenso en coberturas vacunales desde 2020 emerge como el factor determinante del brote actual. Las cifras son alarmantes: apenas el 54% de adolescentes de 11 años cuenta con esquema completo, muy por debajo del umbral recomendado del 95%. En mujeres embarazadas, la situación es igualmente preocupante con una cobertura nacional del 72%, aunque con variaciones significativas por región. En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires apenas alcanza el 49%, mientras que en la provincia de Buenos Aires llega al 64%. Esta disparidad geográfica reduce la protección pasiva que los recién nacidos reciben a través de anticuerpos maternos durante los primeros meses de vida.
Una respuesta innovadora basada en ingeniería genética
Frente a este escenario epidemiológico, se ha introducido en el mercado argentino una formulación vacunal que representa un cambio paradigmático en la estrategia inmunológica. La vacuna Boostagen-2®, lanzada en abril de 2026, utiliza tecnología recombinante para el componente de pertussis, diferenciándose fundamentalmente de las vacunas convencionales disponibles hasta el momento.
La distinción técnica es crucial para comprender el avance. Las vacunas tradicionales contra la coqueluche emplean una toxina bacteriana que se inactiva mediante procesos químicos con formaldehído o glutaraldehído. Este procedimiento altera la estructura tridimensional de la proteína, reduciendo hasta un 80% los sitios de reconocimiento para las células del sistema inmune. En consecuencia, la respuesta inmunológica resulta menos efectiva porque el cuerpo no identifica la bacteria de manera óptima.
La tecnología recombinante funciona de manera radicalmente distinta. Mediante ingeniería genética se modifica la toxina bacteriana, eliminando su toxicidad pero preservando la estructura proteica original. Este enfoque permite que el sistema inmunológico reciba una «imagen» más fiel del patógeno, generando anticuerpos que se unen con mayor avidez y capacidad neutralizante. Los resultados no son meramente cuantitativos sino cualitativos: se producen menos anticuerpos pero significativamente más efectivos.
La vacuna contiene además hemaglutinina filamentosa, componente que induce anticuerpos capaces de bloquear la adhesión bacteriana al epitelio respiratorio, reduciendo así la capacidad del patógeno para colonizar las vías aéreas. Los componentes de tétanos y difteria cuentan con precalificación de la Organización Mundial de la Salud, garantizando estándares globales de pureza y potencia.
Evidencia clínica que respalda la superioridad inmunológica
Los ensayos clínicos demuestran de manera concluyente la superioridad de esta formulación recombinante. En adolescentes de 9 a 17 años, la tasa de seroconversión antipertussis alcanzó el 94%, comparado con 71% del comparador activo tradicional, con concentraciones de IgG antipertussis tres veces mayores. En adultos y adultos mayores, la seroconversión fue del 90% versus 74% de las vacunas convencionales.
El desempeño en embarazadas resulta particularmente relevante para la salud pública. La respuesta antipertussis fue hasta dos veces mayor que con vacunas tradicionales a los 28 días post-vacunación, con transferencia de anticuerpos al recién nacido significativamente superior. Esta mayor protección pasiva durante los primeros meses de vida es crítica, ya que los lactantes menores de seis meses representan la mayoría de las formas graves y fallecimientos por coqueluche.
Esta diferencia cualitativa en la respuesta inmunológica implica no solo mayor cantidad de anticuerpos, sino también mayor fuerza de unión al antígeno y mejor capacidad de neutralización de la toxina. Los estudios clínicos publicados en The Lancet Child and Adolescent en diciembre de 2024 respaldan estas conclusiones con datos robustos.
Características clínicas de la enfermedad y grupos vulnerables
La tos convulsa comienza con síntomas leves en las vías respiratorias superiores, evolucionando hacia una tos paroxística caracterizada por accesos violentos seguidos de una inspiración brusca y frecuentemente acompañados de vómitos. La enfermedad no presenta estacionalidad estricta y puede generar brotes a lo largo de todo el año, incluso durante los meses estivales.
Los menores de cinco años, particularmente lactantes menores de seis meses, constituyen los grupos de mayor riesgo. En estos segmentos poblacionales, la enfermedad tiende a presentar formas graves con complicaciones respiratorias severas. La Organización Panamericana de la Salud ha alertado sobre el resurgimiento regional de coqueluche en los últimos dos años, enfatizando la urgencia de recuperar los niveles históricos de inmunización infantil y en embarazadas.
Perspectivas para el control epidemiológico
El manejo integral de la tos convulsa requiere un enfoque multidimensional que combine esquemas completos de vacunación, vigilancia epidemiológica activa y diagnóstico temprano, especialmente en grupos de riesgo. Las autoridades sanitarias insisten en la importancia de reforzar la inmunización en embarazadas y en la infancia, así como en mejorar la detección precoz para reducir la letalidad y limitar la transmisión comunitaria.
Durante las primeras 12 semanas epidemiológicas de 2026, se registraron más de 255 casos, manteniendo la tendencia alcista de los últimos meses de 2025. Aunque parte de este incremento puede atribuirse a mejoras en la sospecha clínica y capacidad diagnóstica, persisten demoras significativas en la consulta y acceso al tratamiento oportuno, factores que amplifican el impacto de la enfermedad en la población.
La disponibilidad de una vacuna recombinante con superior capacidad inmunogénica representa una herramienta valiosa para revertir esta tendencia epidemiológica preocupante, siempre que se acompañe de estrategias robustas de comunicación sanitaria y mejora en las coberturas vacunales a nivel nacional y jurisdiccional.