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Peripandemia: cómo persisten los daños en salud mental y vínculos

La pandemia no terminó; se transformó. Sus consecuencias en la psiquis colectiva, los vínculos humanos y hasta en nuestros ritmos biológicos siguen presentes, configurando una nueva era que demanda comprensión y acción.

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Editorial

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¿Realmente dejamos atrás la pandemia? Para muchos, aquellos años de confinamiento parecen distantes, casi olvidados. Sin embargo, lo que ocurrió durante ese período sigue reverberando en nuestros cuerpos, emociones y rutinas cotidianas. No se trata simplemente de nostalgia o trauma no procesado, sino de cambios estructurales que han redefinido cómo vivimos, nos relacionamos y experimentamos el mundo.

Un concepto clave para entender esta realidad es la peripandemia: no una pospandemia cerrada, sino una etapa donde la emergencia sanitaria cesó, aunque sus impactos persisten de manera profunda. Este término describe un período caracterizado por modificaciones en rutinas, alteraciones en los vínculos interpersonales e intensificación de respuestas emocionales que, lejos de disminuir, se han amplificado con el tiempo.

Según especialistas en neurología y psiquiatría, los verdaderos desafíos no radican solo en lo que sucedió durante el confinamiento, sino en todo aquello que aún no comprendemos completamente sobre el cambio de época que desencadenó. La ansiedad persistente, el estrés crónico y la cronicidad del miedo quedaron fijados en la experiencia humana de manera que continúa moldeando comportamientos y decisiones colectivas.

Cambios estructurales que permanecen

La peripandemia no equivale a un capítulo cerrado. Representa un estado en el cual las rutinas se modificaron, los modos de relacionarnos cambiaron fundamentalmente y las respuestas emocionales no disminuyeron, sino que se intensificaron. Los datos son elocuentes: aumentaron los niveles de ansiedad, los episodios depresivos, las crisis familiares y los episodios de violencia social. Simultáneamente, se observa un descenso en la empatía y una tendencia hacia sociedades más fragmentadas y conflictivas.

Este fenómeno es tan relevante que la sociedad lo ha instalado como un punto de quiebre histórico, similar a cómo se habla de un antes y después de eventos transformadores. No responde a nostalgia selectiva, sino al reconocimiento genuino de que ciertos aspectos fundamentales de nuestra existencia permanecen alterados, aunque adopten nuevas formas.

El estrés y la ansiedad como condiciones crónicas

El estrés y la ansiedad dejaron de ser episodios aislados para convertirse en condiciones crónicas, afectando tanto el bienestar individual como la calidad de las decisiones colectivas. El agotamiento mental, la vulnerabilidad psíquica y la fragilidad emocional aparecen reflejados en el aumento global de trastornos como insomnio, depresión, fobias, suicidio y violencia social.

La pandemia modificó mecanismos básicos de reacción y conducta humana. Los instintos fundamentales cambiaron: creció el temor en el ámbito social y se incrementó la agresividad, frecuentemente en formas pasivo-agresivas. Hay más ansiedad y menos tolerancia, una combinación peligrosa que caracteriza el estado emocional colectivo actual.

Respecto a las funciones biológicas, el sueño quedó alterado en muchos casos. Algunas personas mantienen una especie de jet lag permanente, acostumbradas a estar activas durante la noche y dormir durante el día, patrones que se consolidaron durante el confinamiento y persisten hasta hoy.

El aislamiento social y sus consecuencias neurobiológicas

Uno de los ejes más preocupantes del análisis actual se centra en el aislamiento social y sus consecuencias duraderas. Envejecer en soledad no es un problema individual, sino un indicador de fragilidad colectiva que demanda atención urgente. El debate público debe ir más allá de la prolongación de la vida e incluir el desafío de garantizar calidad, vínculos significativos y sentido existencial.

Investigaciones recientes reconocen el aislamiento social como un factor de riesgo modificable para enfermedades neurodegenerativas. La soledad sostenida puede duplicar el riesgo de deterioro cognitivo y aumentar la vulnerabilidad a condiciones como el Alzheimer. Los adultos mayores que quedaron aislados durante la pandemia resultaron particularmente vulnerables, no solo a enfermedades neurodegenerativas, sino también a un deterioro significativo del ánimo. Existen reportes de aumento de casos de Alzheimer y Parkinson en personas que tuvieron COVID, una conexión que aún se investiga.

La aceleración tecnológica y sus costos cognitivos

La pandemia aceleró procesos como la digitalización, la virtualidad y la hiperconectividad, cambios que en condiciones normales habrían requerido décadas. Este avance sin precedentes tuvo un costo considerable. La virtualidad y el uso masivo de tecnología generaron dispersión cognitiva, sobrecarga informativa y una relación más frágil con la atención y la profundidad intelectual.

Plataformas como Zoom se volvieron centrales para la educación escolar y universitaria. Para quienes cursan estudios de posgrado, resulta difícil retomar la presencialidad, salvo en congresos. En general, ante actividades prolongadas como cursos anuales, se prefiere la modalidad tecnológica, ya sea sincrónica o asincrónica. Si bien esta opción resulta práctica para quienes viven lejos, puede limitar significativamente la intersubjetividad y la calidad del aprendizaje.

Un concepto clave aquí es el de las neuronas espejo, células cerebrales que se activan tanto al ejecutar una acción como al observar a otra persona hacerlo. En entornos tecnológicos bidimensionales, la ausencia de contacto presencial dificulta la activación de estas neuronas, afectando la comunicación empática, el lenguaje y la expresión, con un impacto particularmente grave en niños y adultos mayores.

La exposición prolongada a videoconferencias ha generado fenómenos como la fatiga virtual y la dismorfia por Zoom, una distorsión de la autoimagen que multiplicó la demanda de procedimientos cosméticos. El entorno digital no logra reemplazar la complejidad del encuentro presencial y, por el contrario, agrava la sensación de soledad y agotamiento mental.

Inteligencia artificial: oportunidades y riesgos

La pandemia actuó como catalizador de la inteligencia artificial, que ocupó roles centrales en salud, educación y economía. Sin embargo, la adopción apresurada de estas tecnologías expuso problemas significativos de desigualdad, sesgos y sostenibilidad. Mientras la sociedad se refugió en los algoritmos informáticos, emergió un debate urgente sobre ética, inclusión y sustentabilidad en el desarrollo tecnológico.

Las huellas biológicas y sociales del aislamiento

El aislamiento no fue solo físico. La universalización del barbijo, el uso del alcohol en gel y los saludos alternativos crearon un sincretismo entre lo nuevo y lo tradicional, pero también dejaron huellas biológicas y sociales profundas.

El reconocimiento facial, función cerebral clave para la empatía, se vio trastocado por la imposibilidad de ver rostros completos. Las neuronas espejo quedaron limitadas, dificultando la comprensión emocional, especialmente en niños y adultos mayores. Este impacto va más allá de lo psicológico; tiene implicaciones neurobiológicas duraderas.

Los hábitos alterados durante el confinamiento son fenómenos económicos inconscientes que se hacen para simplificar la vida. Si bien algunos, como el lavado de manos y el uso de barbijos, podrían reactivarse rápidamente ante una nueva crisis sanitaria, otros hábitos temerosos pueden haber quedado enquistados en la conciencia colectiva, particularmente la conciencia de finitud y el contacto permanente con la mortalidad.

Impacto en la infancia y adolescencia

En la infancia y la adolescencia el daño fue invisible pero profundo. El desarrollo del cerebro social, el aprendizaje lingüístico y las habilidades emocionales dependen de ventanas críticas de estimulación presencial que durante el confinamiento se vieron clausuradas o empobrecidas.

Es importante aclarar que el término aislamiento social fue conceptualmente erróneo; debió ser aislamiento físico. Niños que no vieron caras ni escucharon fonemas completos durante el confinamiento enfrentarán desafíos complejos en su desarrollo psíquico futuro. En el primer año de vida, los fonemas se incorporan como una esponja, al igual que el reconocimiento de caras, elementos esenciales para la actividad social.

La falta de interacción cara a cara dificultó la comprensión de metáforas y construcciones lingüísticas complejas, además de limitar el contacto físico, que es parte del sistema somatosensorial y resulta clave en el desarrollo integral. Cuando experimentamos el mundo, nos incorporamos a él a través del contacto maternal, antes incluso de poder discriminar la visión y la escucha. Todo ese proceso natural se interrumpió de manera global durante más de un año, una experiencia inédita para la humanidad.

Para los adultos mayores, el impacto fue igualmente significativo. Quedar solos o aislados durante tanto tiempo tuvo efectos devastadores en el estado de ánimo y en las instancias personales, generando vulnerabilidad a enfermedades neurodegenerativas.

La dimensión epigenética del trauma colectivo

Existe una dimensión biológica y hereditaria de este fenómeno que merece atención. Investigaciones sugieren que la epigenética —la metilación del ADN, no la modificación del ADN en sí, sino la expresión de ciertos genes— puede ser heredable, especialmente en contextos de alto estrés. Diversas investigaciones históricas sobre víctimas de conflictos bélicos apoyan esta hipótesis, sugiriendo que el trauma colectivo podría transmitirse a generaciones futuras.

La infodemia: crisis de interpretación y confianza

La infodemia, definida como la sobreabundancia de información muchas veces falsa, instaló una nueva crisis: la de la interpretación. Este fenómeno se potencia en un mundo ansioso donde la confianza en las instituciones se ve erosionada por crisis políticas, fake news y posverdades adaptadas al sesgo personal.

Las redes sociales funcionan como herramientas clave para la vida social, pero también como factores que alimentan la ansiedad, la dispersión y nuevas formas de adicción cognitiva. Existe un riesgo significativo de delegar decisiones esenciales en algoritmos y de transformar la subjetividad humana en lo que podría denominarse un yo digital permanentemente observado, clasificado y anticipado.

Las dudas sobre la veracidad, la ciencia y la política tuvieron un impacto directo en la cohesión social. La interrupción de rituales y despedidas impactó profundamente el duelo y la vivencia de la muerte. Las pérdidas no fueron solo humanas sino simbólicas, y la imposibilidad de reconstruir sentido frente al dolor fue una constante durante y después del confinamiento.

La problemática va más allá de la desinformación: la forma en que los mensajes son transmitidos y el impacto emocional que generan en la población son factores determinantes en la salud mental colectiva.

Hacia una comprensión integral

El primer paso para abordar esta realidad es asumir que la peripandemia ocurrió y que sus efectos persisten. Recién después, será posible pensar en cómo afrontarla de manera integral. No existe una técnica mundial única para resolverlo, pero aumentar la empatía, la comunicación, la presencia y la escucha activa en el diálogo, además de desacelerar el ritmo de vida, son los puntos más importantes para comenzar la reconstrucción de vínculos y bienestar colectivo.

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