Un escenario de desamparo creciente
La situación de la infancia en Argentina refleja una crisis profunda que trasciende los titulares ocasionales. Durante 2025, los centros de salud mental, hospitales y dispositivos comunitarios registraron un aumento significativo de consultas por crisis psicológicas en menores de edad. Las cifras no mienten: el suicidio adolescente continúa siendo una de las principales causas de muerte, las autolesiones aparecen cada vez más temprano como mecanismo de regulación del dolor emocional, y las internaciones por intentos de suicidio, depresión severa e intoxicaciones se multiplicaron.
Lo que antes parecía una problemática puntual ahora se presenta como un fenómeno sistemático. Los equipos de atención no reciben únicamente pacientes; reciben escenas de desamparo absoluto: adolescentes sin herramientas para continuar, menores que expresan su sufrimiento de formas devastadoras, familias colapsadas por el dolor que no saben dónde acudir.
Las violencias invisibles que destruyen desde adentro
Más allá de lo evidente, existe una red de violencias silenciadas que erosiona lentamente la construcción psicológica infantil. El maltrato cotidiano —gritos, humillaciones, amenazas, indiferencia— sigue siendo una práctica extendida y legitimada en muchos hogares argentinos. Estas formas de agresión psicológica no dejan marcas visibles, pero generan daños profundos y duraderos.
La violencia sexual contra menores permanece como uno de los traumas más silenciados, dejando secuelas que se perpetúan en la salud mental. Simultáneamente, nuevas formas de agresión digital han surgido con fuerza: grooming, acoso cibernético, sexualización temprana y exposición a contenidos inapropiados sin mediación adulta. Lo alarmante es que estas violencias digitales continúan 24/7, eternizando el sufrimiento más allá del espacio físico.
Los síntomas que los profesionales observan a diario incluyen:
- Ansiedad extrema y disociación
- Trastornos del sueño y problemas de imagen corporal
- Alteraciones en la alimentación vinculadas a la autopercepción
- Conductas autolesivas como forma de regular emociones
La pobreza como telón de fondo permanente
Detrás de cada consulta, cada crisis, cada internación, existe un contexto socioeconómico devastador. Más de la mitad de los niños y niñas en Argentina vive en hogares pobres, enfrentando hambre, hacinamiento, interrupciones escolares y problemas de salud sin atención. Esta realidad no es accidental; es el resultado de decisiones políticas que han priorizado otras agendas.
La pobreza infantil no solo afecta el acceso a bienes materiales. Impacta directamente en la salud mental, generando estrés crónico, inseguridad y la sensación de un futuro sin posibilidades. Para muchos menores, el presente es tan precario que imaginar un mañana resulta casi imposible.
Instituciones frágiles ante una crisis que no cesa
Las respuestas estructurales han llegado tarde, fragmentadas o directamente no han llegado. Los equipos de salud mental están saturados, las escuelas desbordadas, los sistemas de protección funcionan con recursos insuficientes. Esta precariedad institucional se evidenció claramente en el proceso de selección para la Defensoría de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes de la Nación, que funcionó como simulacro más que como un mecanismo riguroso y transparente.
El escándalo de ese concurso refleja algo más profundo: la infancia ocupa un lugar declamado pero vacío en la política nacional. Se habla de derechos, pero las garantías reales brillan por su ausencia. Los protocolos existen, pero no logran sostener la salud física y mental de los menores.
Niños sin familias, familias sin redes
Un grupo particularmente vulnerable son los menores privados de cuidados parentales. Estos niños y niñas rotan entre instituciones, hogares transitorios y situaciones de soledad, frecuentemente expuestos a nuevas violencias y prácticas de cuidado deficitarias. Mientras esperan una familia que los ame —que muchas veces nunca llega—, el sistema los expone repetidamente al daño.
Quiénes realmente defienden a la infancia
Frente a este panorama desalentador, existe una realidad que merece ser visibilizada: los verdaderos defensores de la infancia no ocupan cargos de poder. No son políticos, no administran sistemas, no reparten fondos. Son trabajadores de salud en salitas de barrios, profesionales en pasillos de hospitales, jueces y abogados en juzgados, voluntarios en centros comunitarios y bibliotecas populares.
Estos ángeles sin alas actúan desde la persistencia y la responsabilidad colectiva:
- Preparan comida cuando falta, acunan cuando no hay brazos disponibles
- Marchan por medicamentos y educación para menores
- Apadrinan y amadrinan a niños sin familias
- Rescatan adolescentes atrapados en ludopatía, drogas y explotación
- Llevan presencia, tiempo, cuerpo y estrategia a los lugares donde todo parece haber fallado
Iniciativas como colectas de juguetes tejidos a mano, campañas con molinillos de viento que proclaman «Las infancias merecen viento a favor», y redes de cuidado en provincias como Chaco, Resistencia, Entre Ríos y Neuquén demuestran que la resistencia existe, aunque sea invisible para los grandes medios.
Hacia una ilusión ética, no una promesa vacía
Después de años de decepción con respecto al comportamiento colectivo, es tentador caer en el pesimismo absoluto. Sin embargo, existe una forma honesta de hablar de ilusión: no como promesa futura, sino como acto presente. Es la decisión ética de no retirarse, de no mirar para otro lado, de seguir protegiendo aunque no haya garantías.
La crisis de la salud mental infantil no es un fenómeno repentino. Es el resultado de violencias acumuladas, negligencias sostenidas y una cultura adultocéntrica que sigue viendo a la infancia como objeto de tutela o recurso político, no como sujeto pleno de derechos.
El desafío que enfrenta Argentina es claro: requiere decisiones políticas reales, financiamiento genuino, fortalecimiento de equipos de salud mental, sistemas de protección efectivos y, sobre todo, una transformación cultural que coloque a la infancia en el centro, no en los márgenes del discurso.
Mientras eso ocurre —o no—, seguirán siendo esos trabajadores sin poder, esos voluntarios sin reconocimiento, quienes sostengan el hilo tenue que mantiene viva la esperanza de una infancia menos violenta y más protegida.