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La calidad de carbohidratos: clave para prevenir deterioro cognitivo

Un estudio catalán revela que no todos los carbohidratos impactan igual en el cerebro. La elección entre alimentos frescos e integrales versus ultraprocesados puede marcar la diferencia en la salud cognitiva a largo plazo.

Autor
Editorial

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El impacto de los carbohidratos en la salud neurológica

La demencia representa una preocupación sanitaria creciente a nivel mundial. Investigadores de instituciones catalanas han publicado hallazgos significativos que vinculan directamente la composición de la dieta con el riesgo de desarrollar trastornos neurodegenerativos. El trabajo, difundido en el International Journal of Epidemiology, proviene de la colaboración entre la Universitat Rovira i Virgili, el Instituto de Investigación Sanitaria Pere Virgili y el Centro de Tecnología Ambiental, Alimentaria y Toxicológica.

Durante más de trece años, los científicos monitorearon los patrones alimenticios de más de 200.000 adultos residentes en Reino Unido. Este seguimiento prolongado permitió identificar patrones claros entre la calidad nutricional consumida y la aparición de deterioro cognitivo. Al finalizar el período de observación, 2.362 participantes habían recibido diagnósticos de demencia o alzhéimer.

Comprendiendo el índice glucémico: más allá del azúcar simple

El concepto de índice glucémico (IG) resulta fundamental para entender estos resultados. Se trata de una medida que clasifica los alimentos según la velocidad con que elevan los niveles de glucosa en sangre tras su consumo. La escala va de 0 a 100, donde:

  • Alimentos de alto índice: papa, pan blanco, productos ultraprocesados
  • Alimentos de bajo índice: frutas enteras, legumbres, cereales integrales

La profesora Mònica Bulló, directora del equipo investigador, explica que esta distinción resulta crucial porque los picos bruscos de glucosa en sangre afectan directamente el metabolismo cerebral. No se trata simplemente de consumir menos carbohidratos, sino de elegir aquellos que mantengan la glucemia estable.

Resultados contundentes: números que hablan

Los datos obtenidos tras analizar más de trece años de información revelan diferencias significativas:

  • Dietas con índice glucémico bajo a moderado: reducen el riesgo de alzhéimer en 16%
  • Dietas con índice glucémico alto: aumentan el riesgo en 14%

Esta variación del 30% entre ambos extremos subraya la importancia de las decisiones alimentarias cotidianas. Los investigadores atribuyen este efecto a la relación entre la estabilidad glucémica y la protección neuronal a largo plazo.

¿Por qué los carbohidratos merecen tanta atención?

Los hidratos de carbono constituyen aproximadamente el 55% de la energía diaria que consumen los adultos en la mayoría de los países desarrollados. Su relevancia va mucho más allá del aporte calórico: influyen directamente en el metabolismo de la glucosa y la producción de insulina, dos procesos estrechamente vinculados con enfermedades metabólicas y neurodegenerativas.

El equipo de investigadores enfatiza que la cantidad importa, pero la calidad determina el resultado. Un consumo elevado de carbohidratos refinados genera fluctuaciones constantes en los niveles sanguíneos de glucosa, acelerando procesos inflamatorios y oxidativos en el tejido cerebral.

Alimentos aliados de la salud cerebral

Priorizar productos frescos y mínimamente procesados se presenta como estrategia preventiva fundamental. Las frutas enteras, legumbres y cereales integrales mantienen la glucemia estable gracias a su contenido de fibra y nutrientes complejos. En contraste, los alimentos ultraprocesados generan picos glucémicos que favorecen la inflamación cerebral.

Aunque la edad sigue siendo el factor de riesgo predominante para el deterioro cognitivo, los expertos coinciden en que la alimentación ocupa un lugar central en las estrategias preventivas. Esta investigación proporciona evidencia sólida para que tanto profesionales sanitarios como la población general consideren la calidad de los carbohidratos como un pilar de la prevención.

Los hallazgos catalanes refuerzan la necesidad de repensar no solo qué comemos, sino cómo nuestras elecciones alimentarias moldean la salud neurológica a través de los años.

Autor
Editorial