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Transformación cultural: menos argentinos ven la paternidad como esencial para una vida plena

La valoración de la maternidad y paternidad se desplomó 31 puntos porcentuales en diez años. Un análisis longitudinal demuestra que las nuevas generaciones redefinen sus prioridades de vida, priorizando desarrollo profesional y autonomía sobre la parentalidad.

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Editorial

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En la última década, Argentina experimentó una transformación profunda en cómo sus ciudadanos perciben la importancia de formar una familia con hijos. Lejos de ser un fenómeno meramente económico, los datos revelan un cambio estructural en los valores y aspiraciones de la sociedad. Un estudio longitudinal del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral, que sigue tendencias desde el año 2000, documenta cómo la proporción de argentinos que considera la maternidad y paternidad como elementos muy importantes para una vida plena se redujo de 77% en 2015 a apenas 46% en 2025.

Este desplome de 31 puntos porcentuales en una década no ocurre de manera aislada. Los nacimientos en el país cayeron 47% entre 2014 y 2024, pasando de 777.012 a 413.135 nacidos vivos anuales. La tasa de fecundidad se ubica actualmente en 1,2 hijos por mujer, cifra que posiciona a Argentina entre los cuatro países latinoamericanos con niveles de fecundidad ultrabaja. La caída se acelera notoriamente a partir de 2018 y se profundiza de manera significativa desde la pandemia de 2020.

El cambio no responde únicamente a factores económicos, según subrayan las autoras del informe. Las investigadoras María Dolores Dimier de Vicente, Lorena Bolzon, María Sol González y Victoria Bein enfatizan que se trata de una transformación cultural en la manera de construir el proyecto de vida y los hitos sociales. Para una porción creciente de las nuevas generaciones, la parentalidad dejó de ocupar el lugar central que históricamente tuvo como una de las experiencias privilegiadas de realización personal.

Nuevas prioridades en la construcción de la vida adulta

El estudio, que incluyó a más de 1.028 adultos, relevó por primera vez las razones específicas por las que las personas no desean tener hijos. Los resultados son reveladores: el 57,3% afirma que la parentalidad no forma parte de su proyecto de vida. Otras razones mencionadas incluyen la ausencia de pareja estable (38,2%), la preferencia por viajar y tener otras experiencias (32,6%) y la prioridad del desarrollo profesional o educativo (30,3%). Solo el 22,5% citó el contexto ambiental, social, político o económico como factor decisivo.

Las diferencias generacionales son particularmente marcadas. Entre los jóvenes de 18 a 34 años, apenas el 34% considera que la maternidad y paternidad son muy importantes para una vida plena. Este contraste refleja una redefinición fundamental de cómo los adultos jóvenes imaginan su futuro. Las nuevas aspiraciones compiten directamente con la parentalidad: desarrollo profesional, autonomía, movilidad y búsqueda de bienestar personal ocupan un lugar cada vez más central.

Según explican las investigadoras, las decisiones reproductivas responden cada vez más a una determinada forma de proyectar la vida adulta y no solamente a las condiciones materiales del momento. Entre quienes rechazan la parentalidad, predominan razones vinculadas con proyectos personales, independencia y estilo de vida, muy por encima de motivaciones económicas.

La familia sigue siendo el pilar, pero sin necesidad de hijos

Un hallazgo paradójico emerge del análisis: la vida familiar continúa siendo la principal fuente de satisfacción personal para los argentinos, con una valoración del 43,2%, muy por encima del desarrollo profesional (12,7%), la amistad (12%) y el disfrute del tiempo individual. Esto sugiere que no estamos frente a una crisis del valor de la familia en sí misma.

Lo que ha cambiado es el lugar que ocupa la parentalidad dentro del proyecto familiar. La familia sigue siendo un eje sociocultural e identitario fundamental para los argentinos, pero su construcción ya no depende necesariamente de tener hijos. Las nuevas generaciones reimaginan qué significa vivir en familia, ampliando las posibilidades más allá de la estructura tradicional basada en la descendencia.

Diferencias de género en la decisión de no ser padres

Aunque el estudio detectó algunas diferencias entre hombres y mujeres, el patrón general es consistente entre ambos géneros. El principal motivo para no tener hijos —»no forma parte de mi proyecto de vida»— aparece con frecuencia muy similar en hombres y mujeres, lo que indica que el cambio cultural atraviesa a toda una generación y se profundiza en los más jóvenes.

Las diferencias específicas emergen en los motivos secundarios: las mujeres mencionan con mayor frecuencia cuestiones vinculadas con la edad reproductiva y los límites biológicos, mientras que los varones refieren más motivos relacionados con la independencia personal, la incertidumbre económica y la decisión de la pareja. En ambos casos, la tendencia de fondo es la misma: la parentalidad ha dejado de ocupar el lugar central que tuvo durante generaciones.

Impacto demográfico y desafíos futuros

Las consecuencias de esta transformación van más allá de cifras estadísticas. La pirámide poblacional argentina muestra un cambio histórico: la base de menores es ahora más angosta que los tramos intermedios, testimonio directo de una década de nacimientos en descenso combinada con mayor esperanza de vida. De mantenerse la tendencia, Argentina podría ingresar en las próximas décadas en un escenario de estancamiento demográfico o incluso saldo natural negativo.

En 2024, la diferencia entre nacimientos y defunciones se redujo a solo 37.000 personas. Provincias como la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la Provincia de Buenos Aires ya presentaron saldo vegetativo negativo, mientras que Córdoba, La Pampa y San Luis se acercaron a un equilibrio. Las provincias más afectadas por la caída de nacimientos incluyen Tierra del Fuego (-59%), Santa Cruz (-56%), Jujuy (-55%), CABA (-51%) y provincia de Buenos Aires (-50%).

El retraso de la maternidad es otra transformación relevante. El grupo de mujeres de 25 a 29 años desplazó a las de 20 a 24 como el principal aportante de nacimientos, y creció significativamente el número de madres de 30 a 44 años.

Desconfianza en las políticas públicas

Un dato preocupante emerge del análisis: el 56% de los encuestados opinó que las políticas públicas desalientan tener hijos, cifra que contrasta marcadamente con 2015, cuando el 51% percibía incentivos. La indefinición creció hasta el 34%, reflejando desconfianza o falta de expectativas sobre la capacidad estatal para revertir la tendencia.

Cuando se consultó sobre medidas para incentivar la parentalidad, las personas priorizaron factores no monetarios. La flexibilidad horaria y la autonomía para autogestionar el tiempo lideraron las preferencias con 62,9%, muy por encima de incentivos materiales como mayores asignaciones o reducción de la carga laboral. Esto revela que el tiempo y la organización de la vida cotidiana de manera autónoma son hoy factores decisivos para quienes consideran formar una familia.

Reflexión sobre el futuro de la parentalidad

Las investigadoras plantean una reflexión profunda sobre cómo la sociedad ha abordado históricamente la conversación sobre maternidad y paternidad. Quizás durante mucho tiempo se ha hablado de la parentalidad principalmente desde sus exigencias y responsabilidades, pero menos desde su capacidad para transformar positivamente a las personas. Ser madre o padre implica aprender a salir de uno mismo, desarrollar responsabilidad, entrega y cuidado del otro, de trascender. Son experiencias que enriquecen profundamente la vida humana.

Para las autoras, comprender esta transformación cultural es indispensable para pensar respuestas que no se limiten a incentivos económicos, sino que vuelvan a poner en valor la maternidad y la paternidad como una de las experiencias más plenas de realización personal. La discusión sobre la natalidad no puede reducirse a cuántos niños nacen cada año. La pregunta fundamental es cómo volver a reconocer el valor social y humano de la maternidad y la paternidad en una sociedad que ha reconfigurado completamente sus prioridades.

Las consecuencias de esta transformación serán profundas: una población cada vez más envejecida, mayor presión sobre los sistemas previsionales, sanitarios y de cuidados, y familias más pequeñas con menos hermanos, tíos y primos. Esto transformará las redes de solidaridad familiar sobre las que históricamente se apoyó gran parte del cuidado en la sociedad argentina.

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