La epilepsia es una de esas condiciones que la mayoría asocia solo con convulsiones violentas, pero la realidad es bastante más amplia y matizada. En el marco de la Semana de la Epilepsia en Argentina, especialistas insisten en la necesidad de derribar mitos y entender que se trata de una condición neurológica que puede manifestarse de formas muy distintas.
La doctora Paula Judewicz, coordinadora de la Unidad Ambulatoria de Epilepsia del Cema y profesional del Hospital Houssay y la Clínica 25 de Mayo, estima que la epilepsia alcanza a alrededor del 2% de la población argentina. Es decir, cientos de miles de personas conviven con una predisposición a sufrir convulsiones de diversos tipos.
No todas las crisis se ven igual
Uno de los puntos que más cuesta entender al público general es que una crisis epiléptica no siempre implica sacudidas llamativas. Existen las llamadas crisis de ausencia, donde la persona se desconecta por un momento del entorno y queda «tildada», sin reaccionar a lo que pasa alrededor. También están las crisis tónico-clónicas, las más conocidas, con movimientos corporales intensos, y las crisis focales, que pueden limitarse a movimientos puntuales de alguna parte del cuerpo.
Esa variedad explica por qué muchas crisis pasan inadvertidas, incluso para quien las atraviesa.
El diagnóstico no es tan simple como parece
Detectar epilepsia no se reduce a haber visto una convulsión. En la unidad ambulatoria del Cema se realizan electroencefalogramas y resonancias, entre otros estudios complementarios. Pero la especialista aclara que puede haber casos con estudios normales y aun así existir predisposición a nuevas crisis.
El abordaje, según Judewicz, debe ser multidisciplinario: no alcanza con medicar, hay que acompañar a la persona de manera integral. El circuito del Cema contempla la derivación de pacientes desde otros centros municipales, seguida de consulta especializada, neuroimágenes como tomografías o resonancias, y el apoyo de psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales y nutricionistas.
Qué hacer (y qué no) frente a una convulsión
La concientización tiene un objetivo concreto: que la gente sepa cómo reaccionar. Lo primero es proteger a la persona y colocarla de costado, despejando el área para que no se golpee. Esa posición evita que se ahogue. Y acá viene el error más común: nunca hay que meter objetos ni los dedos en la boca durante una crisis, porque puede lastimar tanto al paciente como a quien intenta ayudarlo.
Controlar la duración del episodio es clave. Según Judewicz, si la crisis supera los dos minutos, hay que concurrir al centro de salud más cercano. También corresponde buscar atención médica si se trata de la primera crisis de una persona, aunque dure menos de dos minutos.
Cuando el episodio termina, lo mejor es dejar descansar al paciente: atravesó una situación muy estresante a nivel físico y cognitivo. Ese período posterior se conoce como estado posictal y suele venir acompañado de cansancio y otros síntomas.
Hay otra situación que amerita consulta: cuando las crisis se repiten. Si alguien tiene un episodio, se recupera y vuelve a presentar otro, aunque cada uno dure poco, conviene ir al médico. Se trata de crisis reentrantes que no terminan de ceder del todo.
Tratamiento y vida normal: no son conceptos opuestos
Uno de los prejuicios más instalados es que la epilepsia impide llevar una vida común. La evidencia indica lo contrario: el tratamiento farmacológico permite que muchas personas permanezcan sin crisis. «Si una persona con epilepsia está bajo tratamiento farmacológico, puede tener una vida normal», afirma la especialista.
Claro que no todos los casos responden igual. Algunos pacientes controlan las crisis con uno o dos medicamentos antiepilépticos, mientras que otros necesitan esquemas más complejos. Cuando las crisis persisten pese al tratamiento, se habla de epilepsias refractarias.
El estigma, una barrera que persiste
Más allá de lo médico, la epilepsia arrastra consecuencias sociales incluso cuando las crisis están controladas. «Muchas personas que presentan esta condición y no tienen crisis sufren de un estigma social», advierte Judewicz.
Ese estigma se traduce en dificultades para acceder a ciertos trabajos o en limitaciones que afectan a niños y adolescentes en el ámbito escolar. Por eso, la Semana de la Epilepsia también funciona como una oportunidad para informar, derribar prejuicios y mejorar el conocimiento sobre una condición que, con tratamiento y seguimiento adecuados, permite desarrollar una vida plena.