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Doble mastectomía: crónica de una reconstrucción y una vida que sigue

Sobrevivir dos veces al cáncer de mama deja marcas que no siempre se ven. Esta crónica íntima recorre el miedo a la mastectomía, la decisión de extirpar la segunda mama por prevención y el modo en que la reconstrucción convive con la memoria de la enfermedad.

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Editorial
Doble mastectomía: crónica de una reconstrucción y una vida que sigue

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Hay decisiones que se toman con el cuerpo entero y otras que se rumian durante años. La protagonista de esta historia atravesó dos diagnósticos de cáncer de mama: el primero en 1999, cuando era joven y se sentía invulnerable, y el segundo más de dos décadas después, cuando una mamografía de control encendió todas las alarmas. Entre ambos episodios median una cirugía conservadora, tratamientos durísimos y una certeza que nunca la abandonó: quería seguir viva, con o sin sus mamas originales.

El primer tumor apareció como un bulto que parecía no ser nada. Entró al quirófano pensando que se trataba de un trámite y salió con un diagnóstico oncológico. Al recuperar la conciencia, lo primero que hizo fue tocarse el pecho para comprobar que seguía ahí. Ese gesto de verificación se repetiría, años más tarde, frente a un espejo de hotel en Emiratos Árabes Unidos, donde observó con detenimiento las cicatrices y la consistencia de una reconstrucción que todavía estaba aprendiendo a habitar.

El miedo tiene nombre propio

Pocas palabras le generaron tanto temor como mastectomía. La RAE la define como la extirpación total o parcial de la mama, pero el diccionario no registra el peso emocional que carga ese término. Cuando en 2021 los estudios mostraron unos puntos sospechosos, la indicación fue quirúrgica y radical: había que sacar la glándula porque la radioterapia ya no era una opción viable en esa zona.

Los días previos a la operación fueron de angustia sostenida. Había que decidir, además, si colocar una prótesis o asumir una vida sin reconstrucción. La autora no dudó: quería la reconstrucción, aunque sabía que ninguna silicona reemplaza un órgano vivo, que siente y que duele.

  • La primera cirugía, en 1999, conservó la mama y exigió quimioterapia y rayos.
  • La segunda, en 2021, implicó una mastectomía total con reconstrucción inmediata.
  • Más tarde decidió extirpar la otra mama por prevención, sin cáncer de por medio.

Lo que una prótesis dice y no dice

Lejos de los relatos edulcorados, el texto se detiene en las contradicciones. Las prótesis pesan, a veces duelen y recuerdan la enfermedad, pero también señalan que la inteligencia humana logró una gambeta a la muerte. Esa ambivalencia atraviesa cada párrafo: son tetas de plástico que rebotan contra un pasajero en el subte, pero también son la prueba de un segundo tiempo que podría no haber existido.

La reconstrucción no borró la sensación de extrañeza. Por eso, cuando la mama operada le pareció demasiado ajena, recurrió a un tatuaje reconstructivo de pezón en una fundación del barrio porteño de Lugano, impulsada por tatuadores que entienden que lo que se busca no es un adorno, sino recomponer algo que ya no está.

La segunda vez, elegida

Un tiempo después de la primera mastectomía, propuso extirparse la otra mama. No fue una cuestión estética, aunque la asimetría era evidente, sino preventiva y, admite, un poco supersticiosa. La oncóloga estuvo de acuerdo y el cirujano aceptó. La operación fue más sencilla porque no había tumor: se podía retirar la glándula con limpieza y hacer un reemplazo prolijo. La espera de la biopsia, esta vez, fue en calma.

Cinco años después del primer procedimiento, el balance es ambivalente. Las cicatrices recuerdan la mortalidad y, al mismo tiempo, apuntan a la vida. Hay días en que el cuerpo se olvida por completo de lo ocurrido y otros en que todo vuelve. El agradecimiento a los médicos y a la ciencia aparece como cierre, sin épica heroica: solo la constatación de que estar acá, mirándose al espejo, ya es una forma de victoria.

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