La paradoja del miedo infantil
Existe una tensión creciente en la crianza contemporánea: por un lado, se despliega un discurso feroz sobre protección absoluta; por otro, los niños se exponen a violencias desreguladas en pantallas sin mediación adulta. En medio de esta contradicción, la investigación científica comienza a revelar algo que clínicos y pedagogos observaban hace décadas: el miedo recreativo cumple un papel esencial en la maduración emocional.
Un estudio reciente publicado en Child Psychiatry & Human Development, realizado con 1.600 familias e infantes de entre 1 y 17 años, exploró las llamadas experiencias de «miedo recreativo»: persecuciones lúdicas, monstruos, personajes siniestros, películas de terror suave o atracciones embrujadas. Los hallazgos fueron contundentes: muchos niños disfrutan genuinamente estas experiencias cuando el miedo permanece dentro de un límite tolerable.
Cómo evoluciona el miedo en la infancia
El temor no aparece de la nada. Forma parte de la arquitectura del desarrollo psíquico desde muy temprano:
- Alrededor de los nueve meses surge miedo a los extraños
- Posteriormente emergen miedo a la separación, a la oscuridad, a quedarse solo
- Entre los cuatro y cinco años, cuando la imaginación se expande intensamente, aparecen criaturas aterradoras en juegos, dibujos y pesadillas
- Más adelante, estos temores imaginarios se desplazan hacia preocupaciones más reales: rechazo, fracaso escolar, muerte, pérdida
El miedo no es algo exterior a la infancia sino parte constitutiva de cómo el psiquismo intenta darle forma a aquello que aún no puede comprender completamente. Y aquí viene lo crucial: muchos niños no solo intentan evitar lo que los asusta. También buscan acercarse a ello, jugarlo y dominarlo simbólicamente.
La zona intermedia del placer y el sobresalto
El hallazgo más interesante de estas investigaciones es que el disfrute surge en una especie de zona intermedia: cuando el niño o niña puede asustarse sin sentirse completamente destruido por la experiencia. Es decir, cuando tiene la posibilidad de volver a puerto seguro.
Pensemos en una escena de magia donde un pequeño conejo aparentemente inofensivo se transforma en criatura vampírica. Los niños anticipan lo que sucederá, esperan con entusiasmo, gritan cuando ocurre, se tapan la cara, ríen con frenesí. El miedo funciona justamente porque alguien sostiene y conduce la escena. El mago regula los tiempos, anticipa reacciones, baja la tensión cuando se desbordan y vuelve a subirla lentamente. Los niños no buscan terror real; buscan acercarse al miedo y regresar de él intactos.
Juego versus sometimiento: una distinción crucial
Aquí aparece una diferencia decisiva que muchas veces se pierde en debates actuales. No todo miedo infantil pertenece al mismo registro. Durante siglos, prácticas de crianza utilizaron máscaras, figuras monstruosas y amenazas para disciplinar niños mediante el terror como forma de sometimiento y obediencia. Esas prácticas siguen vigentes en videos de redes sociales donde adultos se burlan asustando bebés.
No es igual asustar a un niño para humillarlo que participar con él de una escena lúdica donde el miedo puede tramitarse simbólicamente. En el primer caso, el niño queda atrapado en el terror. En el segundo, puede entrar y salir de la escena, reír, anticipar lo que viene y comprobar que sobrevive a lo monstruoso.
En el miedo traumático no hay control posible ni protección suficiente. El terror invade y desborda la homeostasis psíquica. En cambio, el miedo recreativo funciona porque existe un encuadre protector. El niño sabe que algo del juego lo sostiene: hay un pacto implícito de seguridad.
Construir recursos para habitar el mundo
Existe una corriente relativamente reciente que intenta barrer de la infancia toda experiencia de incertidumbre, miedo o sobresalto. Pero ocurre muchas veces lo contrario: los niños necesitan atravesar experiencias emocionales propias de la vida para construir recursos psíquicos frente a aquello que inevitablemente encontrarán más adelante.
No se trata de «endurecerlos», sino de permitir que emociones como frustración, ansiedad, miedo y pérdida puedan tramitarse dentro de vínculos protectores y experiencias simbólicas donde no queden solos frente al desborde. El niño que juega a tener miedo está aprendiendo a metabolizar una emoción que será compañera de su vida adulta.
La paradoja de nuestra época
Mientras parte del mundo adulto intenta eliminar pequeños sobresaltos cotidianos, esas mismas infancias se enfrentan en pantallas a formas de violencia mucho más brutales y desreguladas: escenas explícitas en redes sociales, discursos violentos permanentes, humillaciones públicas convertidas en entretenimiento, horror sin mediación adulta.
Aquí emerge una de las grandes contradicciones contemporáneas: en medio del mayor despliegue discursivo sobre protección infantil, muchos niños terminan profundamente solos donde más acompañamiento necesitan, y excesivamente protegidos donde el psiquismo necesita experimentar, jugar y frustrarse.
Los monstruos siempre estuvieron allí
La infancia nunca existió sin monstruos. Habitan los cuentos clásicos, las leyendas, los dibujos animados, las fantasías y pesadillas infantiles desde hace siglos. El problema nunca fue su existencia, sino la posibilidad de atravesarlos acompañado por otros. No es lo mismo un miedo que puede jugarse, exagerarse, compartirse y simbolizarse que un horror que irrumpe sin manera de metabolizarlo.