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Abuso infantil: por qué el perdón no es camino hacia la sanación

Cuando un sobreviviente de abuso sexual infantil se encuentra cara a cara con su agresor en una reunión familiar, el trauma se reactiva de manera devastadora. Lejos de ser una cicatriz cerrada, la violencia permanece inscrita en el cuerpo y la psique.

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Editorial

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El reencuentro inesperado con quien causó el daño

Existe un momento que se repite constantemente en los relatos de quienes sufrieron agresiones sexuales durante la infancia. No corresponde al instante de la violencia misma, sino a años después, cuando la vida aparentemente continuó su curso. Ocurre en contextos cotidianos donde debería reinar la confianza: una comida familiar, una celebración, un encuentro casual. De pronto, la puerta se abre y entra quien las agredió. El impacto psicológico es devastador.

Lo perturbador no es solo verlo. Es que el agresor permanece sentado como si nada hubiera sucedido, como si esa infancia robada fuera un detalle olvidado. Pero el tiempo no borra lo vivido. Aunque el cuerpo sea adulto, la sensación interna es la de volver a ser ese niño o esa niña vulnerable. Se produce una congelación emocional, un intento desesperado de desaparecer, una vergüenza que paraliza.

Lo más perturbador es que quienes saben qué ocurrió apartan la mirada. Abren las puertas a quien robó una parte fundamental de la vida, quien hipotecó el futuro de un menor indefenso. La familia entera participa en un acto de negación colectiva.

Cómo el trauma se reactiva en encuentros posteriores

La investigación en psicología del trauma, particularmente los estudios de Judith Herman sobre las secuelas del trauma interpersonal, demuestra que los daños causados por personas cercanas se reactivaban cuando la víctima vuelve a encontrarse con el agresor o situaciones que evocan esa relación de poder desigual. No es un recuerdo simple; es una regresión a la vulnerabilidad infantil.

En grupos de apoyo para sobrevivientes, las descripciones son sorprendentemente similares:

  • Desconexión profunda: Algunas personas logran mantener conversaciones aparentemente normales, pero sienten una ausencia total, como si estuvieran presentes y ausentes simultáneamente.
  • Parálisis: Otras experimentan una incapacidad para reaccionar o pensar con claridad, como si el sistema nervioso se congelara.
  • Normalización forzada: Muchas actúan como si nada ocurriera, en un intento desesperado de hacer tolerable lo intolerable.

Lo que se reactiva no es solo el recuerdo del hecho, sino la posición psíquica de indefensión en la que se encontraba el niño frente al adulto que lo violentaba. Reaparecen las sensaciones originales: miedo, asco, dolor, humillación, terror, vacío. El cuerpo responde con síntomas físicos: dolores abdominales, taquicardia, náuseas. El cuerpo nunca calla.

La estructura del abuso: traición desde adentro

Para comprender estas reacciones es fundamental analizar cómo ocurre la violencia sexual infantil. La mayoría de las agresiones sexuales contra menores sucede dentro del círculo de confianza: familiares, cuidadores, personas cercanas con vínculos afectivos sostenidos en el tiempo. El agresor no es una amenaza externa; es parte del sistema familiar.

La psicóloga Jennifer Freyd acuñó el término «trauma por traición» para describir aquellos daños que provienen de figuras de las que la víctima depende para sobrevivir: un padre, un familiar cercano, un cuidador, una autoridad religiosa. Reconocer plenamente esa traición puede poner en riesgo el vínculo del cual depende la vida del niño.

Para sobrevivir a esta paradoja, el psiquismo infantil realiza algo extraordinario: bloquea, fragmenta o minimiza la percepción de lo ocurrido para preservar la relación de la cual depende. Freyd llamó a este fenómeno «ceguera ante la traición». Y no afecta solo a la víctima; familias enteras pueden dejar de ver aquello que amenazaría la estabilidad del sistema.

El silencio familiar como protección del agresor

La historia de quien fue agredido queda suspendida en un limbo. Todos saben algo, pero nadie lo dice completamente. La víctima ocupa una posición imposible mientras el agresor mantiene su lugar en la mesa. Esta dinámica de renegación y ocultamiento social es más frecuente de lo que se reconoce públicamente.

Las investigaciones contemporáneas confirman que quienes atravesaron violencia sexual en la infancia presentan con mayor frecuencia depresión, ansiedad y trastorno por estrés postraumático en la vida adulta. También se observa una incidencia mayor de problemas de salud física: dolor crónico, enfermedades cardiovasculares, trastornos digestivos. Lo que ocurre en la infancia no desaparece; permanece inscripto en la memoria, los vínculos y el cuerpo.

La vergüenza como marca persistente

Una emoción atraviesa todos estos relatos: la vergüenza. El neurocientífico Boris Cyrulnik ha señalado que es una de las marcas más persistentes del trauma infantil. Afecta la identidad misma de la persona, impulsa a bajar la mirada, a desaparecer de la escena, a no perturbar la normalidad aparente que la familia intenta preservar por mandato social y religioso.

Esta vergüenza no pertenece a la víctima; fue inoculada por el perpetrador. Sin embargo, la cultura ha penetrado tan profundamente que muchas personas creen que deben cargar con ella.

El mito del perdón como requisito para sanar

Durante años se ha repetido que perdonar es necesario para sanar. Hoy esa idea circula como un mantra en redes sociales: el perdón como única salida posible de lo traumático. Pero esta concepción merece ser cuestionada profundamente.

La palabra «perdón» proviene del latín tardío perdonāre: dar completamente, absolver, remitir una falta, eximir a alguien de una deuda o sanción. Perdonar implica liberar al otro de una culpa o de una pena.

La idea moderna del perdón no surgió como reparación para la víctima. Nació en el mundo romano como decisión de renunciar al castigo y fue transformada por el cristianismo en un mandato moral. Con el tiempo, ese mandato terminó funcionando como una exigencia dirigida a quienes habían sufrido el daño.

Por qué el perdón beneficia más al agresor que a la víctima

La experiencia de años trabajando con sobrevivientes de múltiples violencias revela una verdad incómoda: el perdón suele funcionar más para los perpetradores y para las familias que desean ocultar lo ocurrido.

En la mayoría de los casos, los perpetradores no padecen enfermedad mental grave que disminuya su responsabilidad. Por el contrario, suelen saber perfectamente que no pueden ejercer violencia y que están cometiendo un crimen. Se aprovechan de la vulnerabilidad de la víctima, utilizan la desigualdad de poder y despliegan estrategias muy conscientes:

  • Amenazan y silencian
  • Manipulan y coercionan
  • Buscan evadir la ley y preservar su impunidad

La elaboración del trauma no depende de absolver al agresor. Lo que permite procesar una experiencia traumática es poder nombrarla, comprenderla y situarla en la propia historia sin quedar atrapada en el silencio o la negación.

El perdón como nueva forma de revictimización

Exigir el perdón a las víctimas de violencia sexual no es un gesto terapéutico ni moralmente elevado. Es, muchas veces, una forma más de revictimización. Desplaza el foco del daño desde quien lo produjo hacia quien lo sufrió. Coloca sobre las víctimas la carga de restaurar una armonía que nunca fue su responsabilidad romper.

Además, envía un mensaje peligroso: que incluso un crimen contra un niño o niña puede terminar siendo perdonado. Cuando el perdón se exige para restaurar la armonía familiar, puede convertirse en una nueva forma de dominación y coerción.

Hay perdones que se pronuncian en nombre de la paz familiar mientras el daño permanece intacto. Frecuentemente, ese perdón se paga con el cuerpo: con síntomas persistentes, con angustias sin palabras, con enfermedades que aparecen cuando la historia vuelve a ser empujada hacia el olvido.

Qué necesitan realmente los sobrevivientes

Los sobrevivientes no necesitan que se les exija perdonar. Necesitan protección, cuidado, reconocimiento y justicia. El verdadero comienzo de la recuperación no es el perdón; es que el agresor deje de tener un lugar en la mesa, en el club, en la iglesia, en los organismos.

La sociedad debe dejar de pedirle a las víctimas que sostengan el silencio que protege al perpetrador. El trabajo psíquico pasa más por reconocer la traición y restituir la dignidad de la víctima que por reconciliarse con quien ejerció la violencia.

La víctima no tiene nada que perdonarse. En todo caso, debe sacarse de encima la culpa inoculada por el perpetrador. El daño fue cometido por otro. La recuperación verdadera comienza cuando la sociedad elige proteger a quien sufrió, no a quien causó el daño.

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Editorial