Los medicamentos que imitan la hormona GLP-1, popularizados bajo nombres como Ozempic y Zepbound, se convirtieron en una herramienta cada vez más utilizada para tratar la obesidad en chicos y adolescentes. Sin embargo, un trabajo reciente encendió una luz amarilla: casi 1 de cada 6 menores que recibe estos tratamientos termina con alguna deficiencia nutricional.
La investigación, publicada en la revista Childhood Obesity, siguió datos de seguros médicos de 2017 a 2022 que abarcaron a más de 100 millones de pacientes. De ahí se identificó a más de 2.000 chicos de entre 10 y 17 años a quienes se les había recetado un fármaco GLP-1. La edad promedio fue de 15 años y casi el 63% ya tenía diagnóstico de obesidad.
El hallazgo más contundente: en menos de un año, el 17% de esos chicos ya presentaba al menos una carencia nutricional o un problema de salud asociado. La deficiencia de vitamina D fue la más frecuente, detectada en más del 12% de los casos, una condición que en los más pequeños puede derivar en raquitismo.
Detrás aparecen otros problemas igual de serios:
- Anemia nutricional: afectó a casi el 1,6% de los chicos.
- Anemia por falta de hierro: presente en el 1,4%.
- Déficit de calcio: motivo de especial preocupación durante la adolescencia.
El mecanismo detrás de estos déficits tiene una explicación simple: los GLP-1 reducen el apetito y enlentecen la digestión, lo que puede traducirse en una ingesta insuficiente de energía, proteínas y micronutrientes justo en una etapa de crecimiento acelerado.
El autor principal del estudio, Justin Ryder, vicepresidente de investigación del Hospital Infantil Ann & Robert H. Lurie de Chicago, fue tajante: «Nutrientes como la vitamina D, el hierro y el calcio son motivo de especial preocupación durante la adolescencia, cuando las deficiencias pueden tener implicaciones duraderas para la salud ósea y el desarrollo general».
Lo llamativo es que el acompañamiento nutricional brilla por su ausencia. Según los datos relevados, apenas el 5% de los pacientes recibió asesoramiento nutricional en los 30 días posteriores a iniciar el tratamiento, y menos del 25% lo tuvo en un plazo de 6 meses.
Para Ryder, la conclusión es ineludible: «El apoyo nutricional debe desempeñar un papel fundamental una vez iniciado el tratamiento con un medicamento GLP-1». Y agregó que conocer los riesgos permite prevenir daños en un período crucial de la vida de los chicos.
El mensaje que deja este trabajo es doble. Por un lado, los GLP-1 siguen siendo una opción válida y potente para abordar la obesidad pediátrica. Por el otro, no alcanza con recetar: hay que monitorear y acompañar. La gestión nutricional proactiva, sostienen los investigadores, debería ser la regla y no la excepción.