Instagram Twitter Facebook
RedSaludArgentina

El aburrimiento infantil: una oportunidad perdida en la era digital

En una sala de espera, un niño explora cordones, botones y carteles hasta declararse aburrido. Su madre le entrega un celular sin dudar. Esta escena cotidiana revela una verdad incómoda: los adultos no toleramos el aburrimiento infantil porque tampoco toleramos el nuestro.

Autor
Editorial

Compartir

La incomodidad de la espera

Observar a los pequeños en momentos de desocupación genera una inquietud particular en los adultos. Cuando un niño o niña expresa que se aburre, la respuesta automática suele ser ofrecerle algo que lo mantenga ocupado. Rara vez nos detenemos a considerar qué sucede realmente en esos intervalos aparentemente vacíos. Antes de declararse aburrido, el pequeño había realizado múltiples actividades: observar, manipular objetos, explorar su entorno, poner en marcha su curiosidad. El aburrimiento no emergió por falta de estímulos, sino después de agotar temporalmente las opciones que lo satisfacían.

Nuestra época parece haber declarado una batalla contra cualquier forma de espera. Los tiempos sin producción medible y cuantificable deben ser ocupados, se cree. Esta premisa constituye una trampa conceptual que afecta tanto a menores como a adultos. En las salas de espera, en los transportes, en las filas, todos consultamos nuestros dispositivos móviles. Quizás por eso la manifestación de aburrimiento en la infancia nos resulta tan perturbadora: nos confronta con algo que nosotros mismos no toleramos.

Más allá de la falta de entretenimiento

El pensador Wilhelm Josef Revers planteaba que el aburrimiento acompaña al ser humano desde temprano como una suerte de sombra de su impulso por transformarse. No se trata simplemente de la ausencia de algo para hacer, sino de la expresión de una inquietud existencial: la búsqueda de algo nuevo, de una experiencia distinta, de un sentido que aún no encuentra forma. Desde esta perspectiva, el aburrimiento no representa una carencia, sino una tensión que impulsa al ser humano a salir de la repetición.

Cuando lo conocido deja de satisfacer, surge la necesidad de buscar nuevas experiencias y nuevos sentidos. Ante el menor instante de vacío, aparece una actividad o distracción. Hoy, esa ocupación suele ser proporcionada por las pantallas. Sin embargo, antes de que estas tecnologías dominaran nuestras vidas, las personas encontraban otras formas de llenar esos espacios: conversaciones, lecturas, trabajos manuales, tejidos. Se hacía algo diferente, pero también se mataba el tiempo de maneras que permitían cierto grado de reflexión o creación.

La capacidad de estar solo: una construcción relacional

El psicoanalista Donald Winnicott dedicó un trabajo profundo a analizar la capacidad de estar a solas. Esta habilidad, que nos acompaña toda la vida, surge de una experiencia temprana de compañía. Un niño aprende a estar solo cuando ha podido estar solo en presencia de alguien.

La verdadera capacidad de soledad se construye primero en compañía de otro. Cuando ha experimentado la presencia de una madre, padre o cuidador disponible y confiable, el pequeño puede luego encontrarse a solas con su propia experiencia. Esta presencia inicial genera la seguridad necesaria para que posteriormente pueda explorar, fantasear y permanecer consigo mismo sin angustia. La soledad no es entonces ausencia, sino un espacio de encuentro con uno mismo.

El intervalo fértil entre experiencias

El aburrimiento no siempre expresa una carencia. A menudo señala el espacio que existe entre una experiencia y otra, un tiempo suspendido donde todavía no ha aparecido algo nuevo. Este intervalo puede resultar incómodo, pero también puede ser extraordinariamente fértil para pensarse a uno mismo, para inventar algo, para descubrir deseos propios.

Los pequeños suelen aburrirse después de haber jugado intensamente, porque aquello que organizaba su interés ha perdido momentáneamente su capacidad de convocarlos. Entonces aparece el conocido «no sé qué hacer». Los adultos interpretamos esta frase como una demanda que requiere respuesta inmediata. No siempre es así.

Lo que hacemos ante esa interpelación no es una cuestión menor. Si intervenimos inmediatamente para llenar el vacío, resolvemos la incomodidad del momento, pero también podríamos estar interrumpiendo un proceso subjetivo que necesita tiempo para desarrollarse. Muchas de las experiencias más valiosas de la infancia nacen precisamente donde no hay una propuesta externa organizando la actividad.

Dónde germina la creatividad

El juego espontáneo, la imaginación, la creatividad, la curiosidad y hasta la capacidad de pensar suelen surgir en esos espacios desestructurados, en los tiempos suspendidos donde aparece el deseo propio. Crecer implica aprender que no todo deseo encuentra satisfacción inmediata, que existen pausas, demoras e incertidumbres, y que la espera es parte de la vida y no es pérdida.

Paradójicamente, nunca hubo tantas posibilidades de entretenimiento y, al mismo tiempo, tan pocas oportunidades para encontrarse a solas con uno mismo. Esta realidad comienza desde la primerísima infancia. Un niño que se aburre todos los días en la escuela, una niña que se queja en casa de no saber a qué jugar, expresan de alguna forma que su imaginación y autoexploración se encuentran en tensión.

Una perspectiva equilibrada

No se trata de proclamar que los menores deben aburrirse como una nueva consigna de crianza o un tip para el desarrollo. Tampoco se trata de considerar el aburrimiento como un enemigo que deba combatirse cada vez que aparece. Lo que sí es cierto es que forma parte de la experiencia humana. No necesita ser fabricado ni tampoco obturado de inmediato.

A veces aparece para revelar algo que merece ser escuchado. Otras veces es apenas el intervalo entre un interés y otro, entre un juego y el siguiente, entre una pregunta y la que vendrá después. El niño en la sala de espera quizás no necesitaba una pantalla ni una lección sobre las virtudes del aburrimiento. Tal vez solo necesitaba un poco más de tiempo: el tiempo suficiente para descubrir por sí mismo qué hacer con ese vacío momentáneo, para que su imaginación encontrara el camino hacia la siguiente aventura.

Autor
Editorial