La prevención cardiovascular no es un lujo, es una obligación. Un análisis exhaustivo de más de 16 millones de registros médicos —9 millones en Corea del Sur y 7.000 en Estados Unidos— publicado en una revista de cardiología de renombre internacional, desmorona la creencia de que los eventos cardiovasculares son golpes del destino. La realidad es más tranquilizadora: prácticamente todos estos episodios se anuncian mediante factores de riesgo que pueden identificarse y controlarse.
El hallazgo central es contundente: el 99% de quienes sufren un infarto, accidente cerebrovascular o insuficiencia cardíaca ya presentaban al menos uno de los cuatro marcadores de riesgo clásicos. Esto no es coincidencia estadística, sino la expresión de mecanismos biológicos bien establecidos que dañan progresivamente las arterias durante años.
Según especialistas consultados, estos cuatro pilares del riesgo cardiovascular son:
- Presión arterial elevada: el factor más prevalente, presente en más del 93% de los casos
- Colesterol elevado: acumulación de grasas en las arterias que acelera la aterosclerosis
- Alteraciones de la glucosa: desde prediabetes hasta diabetes establecida
- Exposición al tabaco: el acelerador que potencia todos los demás procesos dañinos
Lo más revelador es que estos valores no óptimos preceden al diagnóstico a veces años antes del primer episodio. Incluso en mujeres menores de 60 años, más del 95% de los infartos y ACV ocurrieron en personas que ya tenían al menos uno de estos factores. Además, hasta el 97% acumulaba dos o más de ellos sin control adecuado.
La aterosclerosis —enfermedad de base en la mayoría de estos eventos— es un proceso crónico impulsado por la exposición prolongada a lipoproteínas dañinas. La hipertensión daña la pared arterial, la glucosa elevada inflama el endotelio, el colesterol se deposita en las arterias y el tabaco amplifica todos estos procesos. No son variables aisladas: convergen en una misma vía destructiva.
Según los estándares internacionales, los umbrales de alerta son presión arterial de 120/80 mmHg o superior, colesterol total mayor a 200 mg/dL, glucosa en ayunas de 100 mg/dL o más, o antecedentes de tabaquismo. Incluso por debajo de los valores clínicamente «altos» —como 140/90 para hipertensión—, más del 90% de los afectados ya presentaba al menos un factor previo.
La situación en Argentina refleja esta tendencia global con matices preocupantes. Según datos de 2018, aproximadamente 12,1 millones de argentinos padecen hipertensión arterial, pero apenas 2 millones la controlan adecuadamente. Uno de cada cinco adultos fuma; un tercio tiene colesterol elevado; el 13% vive con diabetes. Cerca del 70% enfrenta exceso de peso o sedentarismo, factores que multiplican el riesgo cardiovascular.
El síndrome metabólico —combinación de presión elevada, glucosa alta, grasa abdominal excesiva y alteraciones lipídicas— incrementa dramáticamente la probabilidad de eventos graves. Este síndrome representa una convergencia de riesgos que actúan sinérgicamente, multiplicando el daño vascular.
La prevención primaria es la herramienta más poderosa disponible. Las organizaciones cardiológicas internacionales recomiendan ocho pilares para proteger el corazón y el cerebro:
- Abandonar el tabaquismo completamente
- Adoptar patrones alimentarios saludables como la dieta mediterránea o DASH
- Realizar actividad física regular y consistente
- Dormir entre siete y nueve horas diarias
- Mantener un peso corporal saludable
- Realizar controles periódicos de presión, colesterol y glucosa
- Gestionar el estrés de forma efectiva
- Limitar el consumo de alcohol
Sin embargo, existe una brecha preocupante: solo el 4% de los participantes en casi 500 estudios recientes cumplía todos los criterios ideales de salud cardiovascular. Esta cifra ilustra cuán alejada está la población general de los estándares protectores.
Los especialistas reconocen que existe un pequeño porcentaje de personas —menos del 1%— que puede sufrir eventos cardiovasculares sin presentar estos factores clásicos. En esos casos excepcionales, la genética juega un papel central, junto con alteraciones inflamatorias, trastornos de coagulación u otras condiciones raras. Pero estos escenarios son la excepción, no la regla.
El mensaje es claro: cuando alguien sufre un infarto o ACV aparentemente «sin factores de riesgo», lo que falta no es el riesgo, sino su reconocimiento previo. Años de presión, colesterol o glucosa en rangos subóptimos fueron suficientes para acumular daño silencioso en las arterias. El problema no es la sorpresa del evento, sino la falta de vigilancia durante los años previos.
Las enfermedades cardiovasculares siguen siendo la principal causa de muerte en Argentina y el mundo. Reducir esta carga depende de la capacidad colectiva de anticiparse, detectar factores de riesgo y actuar antes de que se manifiesten los síntomas. Los controles médicos periódicos, la adopción de hábitos saludables y el tratamiento farmacológico cuando sea necesario son inversiones en salud que literalmente salvan vidas. El futuro de la salud cardiovascular no está en esperar a que ocurra el evento, sino en prevenirlo mediante vigilancia constante.