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La tiranía del reloj: por qué siempre sentimos que el día no alcanza

¿Por qué las 24 horas del día nunca nos resultan suficientes? No se trata de una cuestión matemática, sino de una construcción cultural que nos empuja a llenar cada minuto con tareas, comparaciones y exigencias. Psicólogos argentinos analizan este fenómeno y proponen claves para recuperar el control sobre nuestro tiempo.

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Editorial

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El día tiene 24 horas para todos, pero la sensación de que el tiempo se escapa como agua entre los dedos se convirtió en una queja universal. Sin embargo, los especialistas consultados coinciden en que el problema no es la falta de horas, sino la lógica de acumulación que gobierna nuestras vidas. La presión por ser productivos, la comparación constante con los demás y la sobreestimulación digital terminan generando ansiedad, frustración y una culpa persistente por no aprovechar cada segundo.

La licenciada en Psicología Silvina Zecler (MN 46424) plantea que el tiempo se vive de forma subjetiva, aunque se mida objetivamente. “Muchas veces no es que nos falte tiempo, sino que sentimos que todo lo que queremos o debemos hacer no entra en el tiempo disponible”, explica. En su análisis, la cultura de la acumulación es central: más trabajo, más actividades, más información, más experiencias. Hasta el descanso parece convertirse en algo que debemos hacer bien.

El mandato de la productividad y la comparación constante

El doctor en Psicología Flavio Calvo (MN 66869) apunta a otro factor: la planificación con expectativas poco realistas. “Nuestras expectativas muchas veces no coinciden con el límite que nuestra agenda tiene. A esto se suma un mandato social de ser productivos y muchas veces confundimos ser productivos con estar ocupados, que son dos cosas muy diferentes”, sostiene.

La comparación con los demás, alimentada por las redes sociales, agrava el cuadro. Comparamos nuestro tiempo real, con cansancio, obligaciones y límites, contra una selección de los momentos más productivos o interesantes de otras personas, advierte Calvo. Frente a esa comparación, lo que hacemos parece poco.

Para la licenciada Fernanda Giralt Font (MN 20025), jefa del Departamento de Psicoterapia Cognitiva de INECO, la organización inadecuada del tiempo y la cantidad de demandas que intentamos concentrar en la jornada son factores clave. “El uso del tiempo requiere una serie ilimitada de decisiones. Una administración eficaz del mismo va a significar establecer prioridades”, explica.

Las consecuencias de vivir siempre apurados

La aceleración permanente tiene un impacto directo en la salud. Zecler advierte que vivir apurados genera un estado de alerta constante: comemos rápido, contestamos mensajes mientras hacemos otra cosa, escuchamos a nuestros hijos mirando el celular y hasta descansamos pensando en lo que todavía nos falta realizar. Este estado afecta la verdadera atención a lo importante y a los propios deseos.

Calvo agrega que la imposibilidad de estar psicológicamente presente repercute en la percepción de la propia vida. “El cerebro empieza a vivir cada actividad pensando en la siguiente. Estoy trabajando, pero pienso que debería estar entrenando; estoy entrenando y recuerdo lo que dejé pendiente; estoy cenando con alguien y reviso el teléfono porque siento que debería estar resolviendo otra cosa”, describe.

Giralt Font describe el fenómeno como un distrés, un tipo de estrés que deja de ser útil y comienza a interferir con el funcionamiento cotidiano. Los síntomas incluyen irritabilidad, cansancio, ansiedad, dificultades para concentrarse, problemas para tomar decisiones y alteraciones del sueño. Se produce una paradoja: cuanto más sentimos que tenemos que apurarnos, menos eficientemente funcionamos.

La culpa por descansar y el ocio como obligación

El descanso, lejos de ser visto como un derecho, suele convertirse en motivo de culpa. Zecler indica que los pacientes comentan que se sienten culpables si no hacen algo productivo. “Esto ocurre cuando hemos aprendido a medir nuestro valor personal en términos de rendimiento. Si hacer equivale a valer, entonces no hacer puede vivirse como una amenaza”, explica.

Calvo coincide y remarca que la culpa generalmente necesita una regla previa: debería estar haciendo algo, podría estar adelantando trabajo, estoy perdiendo el tiempo. Si una persona aprendió a medir el valor de su día por cuánto produjo, detenerse puede sentirse casi como una falta.

Para Giralt Font, la oposición entre productividad y descanso es errónea desde el punto de vista cerebral. “El descanso no es tiempo perdido. Las pausas y el sueño son fundamentales para procesos como la atención, la memoria, la regulación emocional y la toma de decisiones”, afirma. Pretender mantener un rendimiento elevado de manera continua no solo es poco realista, sino que termina siendo contraproducente.

El fenómeno también transforma el ocio en una nueva obligación. Aparece el mandato de hacer diez mil pasos, leer determinada cantidad de libros, meditar tantos minutos, entrenar cierta cantidad de veces y cumplir una rutina perfecta de autocuidado, señala Calvo. Giralt Font agrega que el ejercicio, la meditación, la lectura o incluso las vacaciones pasan a convertirse en otra serie de objetivos por cumplir.

Estrategias para recuperar el control sobre el tiempo

Los especialistas coinciden en que la gestión del tiempo requiere priorizar y aceptar que no todo puede hacerse. Zecler propone distinguir entre lo urgente y lo importante, aceptar que no siempre se puede con todo y revisar algunas exigencias que asumimos como propias. También sugiere tener actividades que no tengan una finalidad productiva, como conversar, caminar, tomar un café o contemplar el atardecer.

Calvo propone dejar de organizar solamente tareas y empezar a organizar prioridades. “Podemos preguntarnos: ¿qué cosas necesitan realmente mi atención?, ¿cuáles hago por costumbre?, ¿cuáles sostengo por miedo a decepcionar?, ¿qué podría abandonar sin una consecuencia importante? Muchas veces administramos el tiempo buscando cómo hacer entrar más cosas, cuando una parte importante del trabajo consiste en aprender qué sacar”, dice.

Giralt Font recomienda aprender a decir que no y diferenciar lo importante de lo urgente. Entre las herramientas, menciona la matriz de Eisenhower, un cuadro de doble entrada que permite discriminar entre lo urgente e importante y lo no urgente pero importante. Además, sugiere incorporar pausas cortas y reales durante el día, como caminar unos minutos, comer sin trabajar al mismo tiempo, escuchar música o simplemente permanecer unos minutos sin estímulos.

El costo de vivir en estado de apuro se refleja en la salud. El estrés sostenido puede afectar el sueño, el estado de ánimo, la concentración y la capacidad de los vínculos, advierte Zecler. Calvo señala que la aceleración permanente impide que el cuerpo reciba señales para bajar el nivel de activación, lo que puede manifestarse como tensión muscular, irritabilidad, dificultades para dormir, problemas de concentración, cansancio, molestias digestivas y una mayor sensación de ansiedad.

Frente a este panorama, es posible recuperar el control. Zecler sostiene que la intervención analítica permite revisar exigencias y resignificar el valor del tiempo. “No se trata de tener más tiempo. Se trata de poder valorar y honrar el tiempo que tenemos porque cuando pasa, no se recupera”.

Calvo puntualiza que una agenda saludable necesita espacios vacíos y que siempre habrá pendientes. “Si esperamos terminar todo para permitirnos descansar, disfrutar o sentir que el día valió la pena, probablemente ese permiso propio nunca nos llegue”.

Giralt Font enfatiza la importancia de recuperar la capacidad de elección: “Aprender a gestionar mejor nuestro tiempo no consiste solamente en aprender a hacer más cosas, sino también en decidir conscientemente cuáles no vamos a hacer”. Recuperar esa capacidad de elección es una manera de recuperar autonomía sobre nuestro tiempo y, en definitiva, sobre nuestra vida.

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Editorial