Durante décadas se repitió como un mantra que atravesar una pérdida implicaba pasar por cinco estaciones obligatorias: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Y que, cumplido un año, el asunto debía quedar saldado. La experiencia real de quienes pierden a alguien querido dice otra cosa: el duelo no es un tren con paradas fijas ni tiene fecha de vencimiento.
Especialistas en psicología coinciden en que la historia personal, la calidad del vínculo, las circunstancias de la muerte y las redes de contención pesan mucho más que cualquier manual. También aclaran algo que suele generar culpa: se puede seguir sintiendo dolor y, aun así, llevar una vida plena. Y consultar a un profesional no significa estar atravesando el duelo “de manera incorrecta”.
Las cinco etapas: un mapa que nunca fue una hoja de ruta
El famoso modelo lo desarrolló la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross para describir las reacciones de pacientes ante su propia enfermedad y la cercanía de la muerte. Con los años se lo trasladó al duelo por la muerte de otro, aunque nunca pretendió ser un itinerario obligatorio.
“Las llamadas cinco etapas del duelo no constituyen un recorrido obligatorio ni universal”, explica la licenciada en Psicología Fernanda Giralt Font (MN 20.025), jefa del Departamento de Psicoterapia Cognitiva de INECO. El problema, señala, aparece cuando esa idea se vuelve prescriptiva y quien atraviesa una pérdida siente que “no lo está haciendo bien” porque no reconoce cada instancia o porque las emociones le llegan en otro orden.
La también licenciada en Psicología Lorena Etcheverry (MN 37.063/MP 25.304), de la Unidad de Cuidados Integrales del Hospital Universitario Austral, coincide: el proceso no responde a etapas fijas. “Pueden aparecer en distintos momentos, no de manera lineal ni en ese orden”, afirma. En lugar de fases cerradas, propone mirar el proceso de adaptación psicológica que exige toda pérdida: asumir la muerte, expresar lo que se siente y reconstruir la vida cotidiana.
Iris Rubaja, terapeuta y guía en procesos de reconstrucción, lo resume desde su propia experiencia: “No podemos reducir un proceso tan amplio y tan humano a cinco etapas”. Y agrega: “En mi caso, el duelo fue un viaje inmenso, con muchísimos momentos y estados diferentes: no lineales, desprolijos, a mi manera y a mi tiempo”.
Tristeza, ansiedad, enojo, culpa, alivio y ratos de calma pueden alternarse o convivir. Para Giralt Font, esas oscilaciones no son desorganización: son el intento de integrar una realidad que desborda.
El primer año duele, pero no marca el final de nada
Las primeras fiestas, cumpleaños y aniversarios sin la persona fallecida suelen ser los más movilizantes. Pero ese período no funciona como un medidor de cuándo alguien debería sentirse mejor.
“No existe una duración universal, y establecer plazos rígidos puede ser más dañino que útil”, sostiene Giralt Font. Lo relevante, explica, es evaluar si la persona, aun con dolor, puede reorganizar gradualmente su vida, o si el sufrimiento queda congelado y le impide sostener sus actividades básicas.
El manual diagnóstico DSM-5-TR, en su versión de 2022, contempla el trastorno de duelo prolongado cuando, pasados 12 meses en adultos, persiste una angustia clínicamente significativa que afecta el funcionamiento cotidiano y excede lo esperable según el contexto cultural, social o religioso. Ese criterio no implica que al año el dolor se vuelva patológico.
“El dolor cambia de forma y de intensidad. Y nosotros también. No volvemos a ser los mismos”, dice Rubaja. “Aprendemos a vivir con lo que pasó, a integrar la ausencia y a permitir que, de a poco, la vida vuelva a tener sabor”.
Para Etcheverry, la evolución debe leerse según la situación de cada persona, sus recursos para rearmarse, sus vínculos y si la muerte fue esperada o imprevista. “No todas las personas parten del mismo lugar en el momento de la pérdida”, subraya.
Pesa más el vínculo que el parentesco
La muerte de un padre, de una pareja o de un hijo involucra pérdidas de distinto tipo, aunque comparar dolores puede tapar lo singular de cada historia. “El dolor no tiene medida. Cada pérdida es única porque cada vínculo fue único”, plantea Rubaja.
La muerte de un padre puede reconfigurar la historia familiar y dejar al descubierto la falta de una figura de referencia. La de una pareja suele sacudir rutinas, proyecto compartido, economía doméstica e identidad construida de a dos. La de un hijo puede alterar expectativas sobre el futuro y activar culpa o sensación de fracaso parental.
Giralt Font indica que el parentesco importa, pero no alcanza para explicar la experiencia individual. “Son fundamentalmente nuestros pensamientos sobre el rol que esa persona cumplía en nuestra vida los que moldean cómo procesamos su ausencia”, afirma.
Etcheverry apunta que el lugar que alguien ocupaba puede pesar más que el vínculo formal. “Uno no debería atarse tanto al rol, sino a qué lugar ocupa en la vida de esa persona, cuán estrecho es el vínculo, cuánta dependencia emocional hay”, detalla.
Enojo, culpa y alivio: emociones que no borran el amor
La irritabilidad, el enojo con quien murió y el alivio tras una enfermedad larga suelen generar culpa porque chocan con la expectativa cultural de que el duelo debe estar hecho solo de tristeza. Las tres especialistas consideran esas respuestas esperables.
“El alivio no celebra la muerte del ser querido, sino la finalización del dolor del enfermo y del agotamiento extremo del cuidador”, aclara Giralt Font. Para la psicóloga, el trabajo terapéutico requiere distinguir emoción, pensamiento y conducta: sentir alivio no equivale a haber deseado la muerte, del mismo modo que sentir enojo no significa haber dejado de amar.
Rubaja lo cuenta en primera persona: “Yo sentí alivio cuando mi marido falleció. Lo vi sufrir tanto que me dio paz saber que ya no sufría. Ese alivio no era por mí, era por él”. Cambiar la palabra culpa por responsabilidad, dice, le permitió reconocer “con cuánto amor y cuánta disponibilidad” lo acompañó durante su enfermedad y su vida.
Etcheverry vincula el enojo con las ideas de injusticia ante una muerte inesperada, un accidente o una situación que se percibe como evitable. En consulta, señala, se validan esas emociones y se trabaja sobre los pensamientos que las disparan, como la creencia de haber sido abandonado por quien murió.
Enfermedad larga: anticipa la ausencia, pero no evita el golpe
Durante una enfermedad progresiva pueden perderse autonomía, roles, conversaciones, actividades y hábitos compartidos. Aunque en el lenguaje cotidiano se hable de “microduelos”, Giralt Font prefiere los términos duelo anticipatorio o pérdidas relacionadas con la enfermedad.
Esas transformaciones pueden facilitar despedidas, conversaciones pendientes y una adaptación progresiva a cambios inevitables. Pero no suprimen el impacto de la muerte. “Nada nos prepara del todo para la muerte”, afirma Rubaja. “Aunque la imaginemos o sepamos que puede suceder, vivirla nos enfrenta a una nueva realidad”.
Etcheverry aclara que esas pérdidas preparatorias no constituyen el duelo por la muerte en sí, sino procesos de adaptación durante la enfermedad. “El duelo llega cuando la persona murió”, precisa.
El cuerpo también hace duelo: señales para pedir ayuda
Alteraciones del sueño, cambios en el apetito, cansancio, dificultades de concentración, tensión muscular, dolores de cabeza y malestares gastrointestinales pueden aparecer durante el duelo. Giralt Font explica que el dolor emocional tiene manifestación neurobiológica y puede afectar los sistemas inmunológico, hormonal y cardiovascular.
La intensidad, la persistencia y el impacto sobre la vida diaria son los elementos que exigen atención. Entre las señales de alarma menciona el insomnio resistente o el exceso de sueño, cambios drásticos de peso, palpitaciones u opresión en el pecho, sensación de ahogo y agotamiento que impide el autocuidado.
Etcheverry recomienda no atribuir automáticamente cualquier síntoma al duelo. “Siempre que hubiera síntomas físicos nuevos, hay que hacer una consulta”, sostiene, para descartar otras causas médicas.
“Y tampoco hace falta llegar a un límite para buscar acompañamiento”, suma Rubaja. “Dejarse sostener también es parte del proceso”. Contar con una compañía amorosa, paciente y honesta: alguien que pueda estar sin apurarnos, sin querer sacarnos rápido del dolor y sin decirnos cómo deberíamos sentirnos.
Cuándo consultar sin esperar a tocar fondo
La Organización Mundial de la Salud considera la pérdida de un ser querido como uno de los estresores psicosociales más graves. Eso no significa que todas las personas en duelo necesiten terapia, pero sí refuerza la importancia de reconocer cuándo el dolor excede los recursos disponibles.
En esos casos, la consulta psicológica puede ser útil antes de que el sufrimiento se vuelva incapacitante. Giralt Font sugiere pedir ayuda si el dolor se intensifica con los meses; si se vuelve imposible retomar el trabajo, la higiene, la alimentación, los vínculos o las actividades; o si aparecen consumo problemático de sustancias, autorreproches persistentes, desesperanza o pensamientos de no querer vivir.
“Pedir ayuda no significa que uno sea débil o que esté haciendo mal el duelo”, afirma. Rubaja coincide: “No creo que haya que esperar una señal de alarma. Buscar acompañamiento puede ser una decisión consciente a nuestro favor y también a favor de nuestro entorno”.
Ante pensamientos de muerte, autolesión o deseos de reunirse con quien falleció, corresponde recurrir de inmediato a servicios de emergencia o dispositivos de atención en crisis.
La meta no es superar: es integrar
Para las especialistas, “superar” puede ser una palabra imprecisa si se entiende como olvidar o dejar de sentir. “La pérdida no se supera; se integra en la historia de vida”, dice Giralt Font. La adaptación implica que el recuerdo pueda convivir con el trabajo, los vínculos, el disfrute y nuevos proyectos.
Rubaja lo expresa así: “No se trata de olvidar, de soltar ni de dejar atrás, sino de aprender a vivir de otra manera con esa ausencia”. Etcheverry agrega que el recuerdo y la tristeza pueden reaparecer, pero “después la vida sigue funcionando”.
Una elaboración adaptativa permite recordar a quien murió desde el afecto y su legado, sin que la ausencia ocupe todo el espacio de la vida cotidiana.