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Vigilancia parental digital: entre el cuidado y la pérdida de confianza

Padres y madres enfrentan la paradoja de proteger sin invadir en un mundo donde los algoritmos vigilan tanto como los ojos adultos. El monitoreo digital promete seguridad, pero ¿a qué costo emocional?

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Editorial

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La crianza contemporánea se desenvuelve en un escenario de incertidumbre sin precedentes. Información contradictoria, advertencias alarmantes y discursos simplificadores generan una atmósfera donde muchos adultos responsables de menores no encuentran orientación clara. Las pantallas llegaron para quedarse, pero sin manual de instrucciones ni redes colectivas que sostengan a quienes no dominan el universo digital de la misma manera que las nuevas generaciones. Esta brecha generacional representa uno de los desafíos más complejos de la crianza actual.

Hace poco, figuras públicas como Bill Gates reiteraron posiciones extremas: prohibir dispositivos móviles hasta edades avanzadas. Aunque estas afirmaciones se basan en evidencia real —la exposición prolongada a pantallas afecta la concentración profunda, el pensamiento crítico y la adquisición de lectoescritura—, ofrecen respuestas binarias a problemas multidimensionales. Los efectos documentados en sueño, alimentación y salud mental son innegables, pero las soluciones simplistas no abordan las raíces del malestar.

Frente a esta desorientación, el mercado interviene con propuestas que prometen certezas rápidas: influencers que ofrecen consignas vacías, nostalgias por una infancia idealizada, y aplicaciones que prometen monitorear emociones, detectar riesgos y rastrear movimientos. Estas soluciones comparten un denominador común: tranquilizan temporalmente a los adultos sin construir verdaderas relaciones de confianza con los menores.

El contenido problemático es una realidad ineludible. Violencia, sexualización, discursos de odio y desafíos virales irrumpen en la infancia sin filtro ni preparación. Niños y niñas se encuentran expuestos a situaciones que no pueden procesar adecuadamente. La velocidad, la hiperestimulación y la dificultad para establecer límites sin caer en conflictos interminables generan una desprotección real en el mundo virtual que no existe en el presencial.

Sin embargo, no todo en internet es amenaza. Adolescentes utilizan foros, imágenes, playlists y memes como lenguajes propios donde desplegar identidad, juego, deseo y también dolor. Estos canales funcionan como dispositivos de organización emocional y psíquica, modos de expresar curiosidad, creatividad y alegría, pero también de elaborar situaciones difíciles. Desde una perspectiva clínica, estos lenguajes performáticos, visuales, simbólicos y digitales son fundamentales para el desarrollo.

El psicólogo Jonathan Haidt propone en su obra «La generación ansiosa» que el colapso de la salud mental juvenil no es accidental sino resultado de una reconfiguración que sustituyó la infancia basada en el juego por otra centrada en smartphones. Su propuesta central exige cambios sistémicos: retrasar el uso de dispositivos móviles hasta los 14 años y redes sociales hasta los 16, implementar escuelas libres de móviles y devolver a menores la libertad de explorar el mundo físico sin supervisión constante. Para Haidt, la solución es colectiva: familias y comunidades deben romper juntas la presión social de la conectividad total.

La pregunta que emerge una y otra vez en consultorios es fundamental: cómo cuidar sin invadir, cómo proteger sin romper el lazo, cómo acompañar cuando se siente que siempre se va detrás. En ese vacío irrumpe el mercado con respuestas inmediatas que reducen el malestar a variables aisladas: tiempo de uso, cantidad de estímulos, emociones visibles. El monitoreo aparece como promesa de orden frente al desborde, y la vigilancia ocupa el lugar de la presencia.

El alivio parece venir de la medición: datos, alertas, control en lugar de conversación. No se trata de familias autoritarias sino de familias desbordadas y desorientadas que buscan certezas donde no las hay. Pero cuando el cuidado se organiza casi exclusivamente alrededor de la vigilancia y la prohibición, algo del orden del vínculo se altera fundamentalmente.

La infancia comienza a ser tratada como un territorio bajo sospecha, un espacio que debe ser observado permanentemente. El riesgo se piensa casi exclusivamente como algo que viene de afuera—del mundo digital, de los otros, de lo desconocido—y el menor queda reducido a un sujeto pasivo, expuesto, a proteger y vigilar, más que a reconocer como alguien con agencia y capacidad de elaboración.

Para pensar estas dinámicas, la noción de panóptico resulta iluminadora. En su origen, fue un modelo arquitectónico para cárceles: un edificio circular con celdas alrededor de un punto central desde el cual se observaba sin ser visto. La clave no era la vigilancia constante sino la posibilidad permanente de ser vigilado. Michel Foucault retomó esta figura para analizar cómo el poder en sociedades modernas no actúa solo desde afuera sino que se internaliza, produciendo autocontrol y normalización.

Trasladada al presente, esta lógica permite comprender qué sucede cuando menores crecen en entornos donde la observación es constante pero el observador es invisible: no solo miran los padres, también miran los algoritmos. Se controla lo que hacen, sienten, dicen y callan, a partir de sistemas automáticos que clasifican, predicen y ordenan comportamientos sin que medie palabra ni vínculo. El resultado no es mayor cuidado sino una subjetividad que aprende a enmascararse bajo la lógica de una mirada permanente.

La salud mental infantil no se juega en indicadores ni gráficos de emociones. El enojo no es un error del sistema, la tristeza no es una alarma que deba apagarse, el silencio no es por definición un síntoma. Cuando las emociones se vuelven datos, dejan de serlo porque pierden su espesor simbólico. Y cuando todo puede ser monitoreado, hablar deja de ser una opción segura.

En la clínica psicoanalítica es común que menores relaten cómo se ingenian para mostrar, ocultar y callar para no activar alertas paternales. Históricamente, los chicos siempre encontraron modos de escapar al control adulto, de crear lenguajes propios y códigos compartidos. La diferencia hoy es que ese control ya no se limita a la mirada parental sino que se amplía y sofistica con dispositivos de rastreo, chips en mochilas, aplicaciones que monitorean emociones y algoritmos que registran conductas. El control tranquiliza momentáneamente a los adultos pero no construye confianza. Y sin confianza, no hay encuentro posible.

Una infancia permanentemente observada corre el riesgo de volverse una infancia sobreadaptada, no necesariamente una infancia cuidada. Qué lugar queda para la intimidad, la contradicción y las dudas que acompañan todo proceso de crecimiento.

Aunque los riesgos del mundo digital son reales y no deben idealizarse las pantallas, las propuestas revolucionarias de restricción total parecen quiméricas en tiempos de mundos híbridos. El desafío verdadero es otro, mucho más incómodo: no hay soluciones cerradas, recetas universales ni dispositivos capaces de resolver por sí solos la complejidad de criar.

Sigmund Freud ubicaba educar, junto a gobernar y analizar, entre las tareas imposibles, no porque no se haga nada sino porque no hay garantías de resultado. La demanda adulta de respuestas rápidas choca con esa verdad difícil: la incertidumbre es parte constitutiva del cuidado. Tal vez el problema no sea que existan aplicaciones de control o influencers de moda sino que se hayan convertido en respuesta casi exclusiva a una tarea que requiere grandes esfuerzos.

Criar no es monitorear, no es controlar. Ninguna tecnología puede reemplazar a un adulto disponible, capaz de sostener la angustia sin delegarla y de alojar el malestar sin necesidad de vigilarlo ni entenderlo todo. El acompañamiento genuino requiere presencia, diálogo abierto y la disposición de tolerar la incertidumbre que caracteriza todo proceso de desarrollo humano.

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