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La enfermería ante su mayor desafío: construir identidad colectiva

Diez años después de identificar los conflictos internos de la enfermería, la profesión sigue enfrentándose a sí misma. La pandemia expuso debilidades estructurales sin lograr la anhelada unidad. ¿Qué falta para construir verdadera comunidad profesional?

Autor
Editorial

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Una década de preguntas sin respuesta

Hace más de diez años se planteó una incómoda realidad: la enfermería enfrenta sus propias contradicciones internas. En aquel momento, se hablaba de divisiones claras: enfermero versus enfermero, hospital versus centro de atención primaria, unidades de cuidados intensivos versus salas generales, grandes ciudades versus regiones del interior.

Hoy, la situación persiste casi intacta. Pero la pregunta ha evolucionado. Ya no se trata de reconocer que estas fracturas existen. La cuestión fundamental es otra, mucho más profunda: ¿por qué, incluso después de atravesar una pandemia global, la profesión no ha logrado construirse como un verdadero colectivo organizado?

Lo que la pandemia realmente expuso

Durante años se afirmó que la crisis sanitaria «uniría al equipo de salud». En la realidad local, sucedió algo distinto. La pandemia no generó unidad, sino que igualó hacia abajo, exponiendo las debilidades estructurales que la profesión llevaba años evitando mirar.

El período de emergencia sanitaria incorporó masivamente estudiantes, estudiantes avanzados y personal en formación. Lejos de fortalecer el colectivo, esto generó:

  • Confusión de roles y funciones
  • Pérdida de identidad profesional clara
  • Debilitamiento de los límites disciplinarios

Aquí emerge una pregunta incómoda: ¿falló la vocación o falló la capacidad del colectivo enfermero de reconocerse a sí mismo y asumir conducción?

El error conceptual que sigue confundiendo

Durante la pandemia se instaló una distinción problemática: «enfermero matriculado» versus «enfermero no matriculado». Este concepto es fundamentalmente incorrecto y ha generado confusión persistente.

La realidad es más clara: quien es enfermero, es enfermero, y por definición está matriculado. El estudiante es estudiante de enfermería, no enfermero. Esta diferenciación no excluye; ordena. Protege la disciplina, el conocimiento y, fundamentalmente, la seguridad del paciente.

Patricia Benner, referente en desarrollo profesional, plantea que este es progresivo: de principiante a experto. No existen saltos ni atajos. Florence Nightingale, la fundadora moderna de la enfermería, ya advertía hace siglos que la profesión requiere organización, disciplina y estructura, no solo dedicación al cuidado, sino construcción de identidad.

El verdadero problema: fragmentación interna

Durante años, la profesión señaló hacia afuera: el sistema, los médicos, las políticas, la falta de reconocimiento social. Pero el problema central es interno: la enfermería no ha consolidado una comunidad profesional organizada.

Los versus siguen intactos:

  • Unidad de cuidados intensivos versus salas generales
  • Guardia versus internación
  • Capital versus interior
  • Alta complejidad versus baja complejidad

Lo más grave no es la diferencia en sí, sino el desconocimiento mutuo que genera subestimación, fragmentación y construcción de egos frágiles.

Repensar la enfermería como ciencia y disciplina

Para avanzar, es necesario volver a un fundamento esencial: la enfermería es ciencia. Virginia Henderson la definía como una práctica basada en conocimiento para responder a necesidades humanas. Dorothea Orem reforzaba que es una disciplina con fundamentos propios: sin formación rigurosa no hay autonomía, y sin autonomía no hay identidad profesional.

Este reconocimiento lleva a un cambio necesario y postergado: pasar de ejecutores a gestores. Históricamente, la enfermería fue ubicada —y muchas veces se ubicó a sí misma— en un rol operativo, alejada de la toma de decisiones.

Cambios reales pero insuficientes

Algo ha comenzado a transformarse. Algunas provincias (como La Pampa) han confiado en enfermeros y enfermeras para ocupar espacios de gestión: direcciones de centros de atención primaria, conducción de hospitales, roles estratégicos. Es un avance real y significativo, pero no alcanza.

El problema ya no es externo, sino de los cimientos internos de la profesión. No radica en la falta de oportunidades, sino en la dificultad para consolidar el rol gestor, sostener liderazgo colectivo y construir identidad en esos espacios.

Ocupar un cargo no es lo mismo que gestionar. Gestionar implica comprender procesos, tomar decisiones, sostener equipos, asumir responsabilidades y construir una mirada estratégica del cuidado. Cada acción de enfermería es un proceso de gestión que escala: del procedimiento al paciente, del paciente al servicio, del servicio al sistema sanitario completo.

El enfermero como sujeto político profesional

Existe otro concepto que debe asumirse, aunque incomode: el enfermero debe ser un sujeto político, no en sentido partidario, sino profesional. Esto significa conocer el sistema, entender la gestión, participar en decisiones y ocupar espacios de poder. Si la profesión no lo hace, otros decidirán por ella.

Como dice una frase del Martín Fierro: «si entre ellos pelean… los devoran los de afuera». Esta situación ocurre día a día en los sistemas de salud.

Reconstrucción sin retorno al pasado

La pandemia marcó un hecho paradigmático que puso en crisis estructuras, expuso debilidades y obligó a revisar conceptos centrales, especialmente la dilución de la identidad profesional.

La reconstrucción posterior no puede ser un simple retorno a lo anterior. Debe ser un reordenamiento profundo que recupere el concepto de enfermero como profesional formado, que diferencie claramente los procesos de formación y que consolide una enfermería basada en conocimiento científico. Esto no excluye; construye.

La pregunta incómoda que persiste

Pero hay una cuestión que genera aún más incomodidad: ¿por qué la profesión sigue siendo funcional a estructuras que la posicionan como ejecutora? ¿Por qué elige, muchas veces, la comodidad de lo establecido en lugar de la incomodidad de transformar?

No se trata de hablar de sometimiento de forma simplista, pero sí de reconocer que muchas veces se naturalizan lugares que limitan la autonomía profesional. Paulo Freire lo planteaba con claridad: las estructuras no solo se imponen desde afuera, también se internalizan. El verdadero desafío no es quién nos limita, sino por qué, frecuentemente, aceptamos esos límites sin cuestionarlos.

Hacia una verdadera comunidad profesional

Pasaron más de diez años y la situación problema sigue casi intacta. Pero la mirada debe cambiar radicalmente.

No somos rivales porque otros nos enfrenten; somos rivales porque aún no hemos decidido ser comunidad. El futuro de la enfermería no depende solo del reconocimiento externo ni de las políticas públicas. Depende de algo más profundo: la capacidad de reconocerse como un cuerpo profesional con identidad consolidada, conocimiento científico y conducción clara.

La profesión no necesita más discursos de reconocimiento externo. Necesita ordenarse internamente, formarse con rigor, posicionarse estratégicamente, mirarse como pares y aprender a colaborar. Cuando deje de competir consigo misma y comience a construir verdadera comunidad, dejará de pedir lugar y comenzará a ocuparlo.

Autor
Editorial