La captura de la atención infantil a través de patrones repetitivos
Observar a menores reproduciendo frases con modulaciones artificiales, acompañadas de movimientos mecánicos en plataformas como TikTok, revela una dinámica inquietante. Niñas, niños y adolescentes se sumergen en escenarios decorados con luces neón y peluches, emitiendo sonidos como «glup, glup, glup» o repitiendo expresiones en ecolalia voluntaria. Lo que parece entretenimiento superficial esconde un mecanismo más profundo: el condicionamiento conductual simple, donde cada estímulo genera una respuesta automática, sin mediación simbólica ni reflexión.
Este fenómeno no emerge del vacío. Las plataformas digitales están diseñadas explícitamente para privilegiar contenido imitable, visible y monetizable. El algoritmo recompensa aquello que genera engagement rápido, que puede reproducirse sin esfuerzo cognitivo y que mantiene a los usuarios en un ciclo de consumo perpetuo.
La transformación en cómo los jóvenes buscan y procesan información
Hace poco, Google reconoció públicamente un giro fundamental en los hábitos de búsqueda de usuarios jóvenes. Datos internos de la compañía revelan que casi el 40% de personas entre 18 y 24 años recurren directamente a TikTok o Instagram en lugar de utilizar buscadores tradicionales. Esta cifra es particularmente significativa porque no incluye a menores de edad, una audiencia masiva en esas plataformas cuyo comportamiento probablemente sea aún más dependiente de estas redes.
La transformación va más allá del cambio de herramienta. Los nuevos usuarios de internet no escriben palabras clave ni buscan información de forma lineal. En su lugar, exploran contenido de manera visual, inmersiva y performática. La búsqueda ya no comienza con texto, sino con imágenes, gestos, voz o experiencias en tiempo real. Esta mutación representa un cambio radical en cómo se estructura el conocimiento y cómo se accede a él.
Del conocimiento al estímulo: la erosión del pensamiento profundo
En este nuevo escenario, la información deja de organizarse como conocimiento adquirido y comienza a consumirse como estímulo inmediato. La educación se desliza hacia la performance, y el aprendizaje queda subordinado a la lógica del impacto, la velocidad y la imitación. Los fragmentos de 15 segundos se han convertido en la unidad de medida del conocimiento, y cualquier contenido que requiera mayor profundidad tiende a aburrir y cansar a audiencias habituadas a la gratificación instantánea.
Una consecuencia grave de esta fragmentación es la dificultad para consolidar aprendizajes duraderos. La búsqueda incesante de gratificación inmediata y la sobrecarga constante de estímulos obstaculizan la concentración sostenida y la retención en memoria a largo plazo. Paradójicamente, mientras proliferan aplicaciones y videos que prometen «técnicas para recordar» o «ejercicios que reinician tu cerebro», la realidad es que son las propias plataformas las que erosionan nuestra capacidad de retención.
La configuración de una nueva subjetividad: reacción sobre elaboración
Lo más preocupante es la emergencia de una nueva configuración psíquica entrenada más para reaccionar que para elaborar. Menores de edad crecen habituados a responder estímulos en lugar de producir sentido. Su experiencia temporal se achata, la memoria pierde cualidad y el deseo puede quedar opacado por la demanda compulsiva y la adicción.
Esta transformación no es accidental. Las plataformas operan con especial crudeza sobre niños y niñas que han nacido inmersos en estos entornos, sin posibilidad de distancia simbólica respecto de su funcionamiento. La repetición compulsiva de gestos y frases no son formas creativas, sino síntomas de una subjetividad capturada. Ya no somos nosotros quienes buscamos contenido; son los sistemas los que nos capturan, nos retienen y nos administran el tiempo y la atención.
La hipersexualización precoz como efecto estructural
Una dimensión particularmente inquietante es cómo muchas de estas performances, realizadas por niñas y niños, reproducen configuraciones corporales y afectivas exigidas por el propio ecosistema digital. Voces aniñadas, gestos dulces y modulaciones sensuales se alinean con estéticas ya instaladas en el mercado digital, donde cuerpos cada vez más jóvenes son convertidos en objetos eróticos.
Menores emulan gestos y tonalidades sensuales sin dimensionar su alcance ni significado, en un proceso que especialistas en salud mental infantil denominan hipersexualización precoz y pedofilización del deseo. Se trata de efectos estructurales de un sistema que erotiza la infancia y luego se desentiende de sus consecuencias.
Emergencia de resistencias: recuperar silencio y continuidad
Frente a este panorama, comienzan a aparecer movimientos de resistencia. Cada vez más jóvenes deciden abandonar completamente las redes sociales o buscan dispositivos antiguos —teléfonos que solo permiten llamadas— como una forma de recuperar silencio, continuidad y presencia. Iniciativas de familias que acuerdan retrasar el acceso a redes sociales hasta los 13 o 16 años, como ocurre en algunas experiencias recientes en Australia, representan intentos por restituir condiciones mínimas para la experiencia, el pensamiento y el deseo.
El desafío de convivir sin ser capturados
La tarea que enfrenta la sociedad es titánica: lograr convivir con las pantallas sin permitir que estas tomen el mundo, y mucho menos a la infancia. La crisis global de salud mental que comienza cada vez más tempranamente no es coincidencia. Es consecuencia directa de una arquitectura digital diseñada para capturar, retener y monetizar la atención de los más vulnerables.
Mientras las plataformas continúan evolucionando hacia optimización visual y generativa, la pregunta fundamental permanece: ¿qué tipo de subjetividades estamos criando? La respuesta dependerá de si logramos recuperar la capacidad de establecer límites, de exigir regulación y de proteger espacios donde el pensamiento, la creatividad y el deseo puedan desarrollarse sin la interferencia constante de algoritmos diseñados para colonizar la infancia.