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Deporte y personalidad: por qué elegimos lo que elegimos y qué dice la psicología

No existe una fórmula exacta que una personalidad con un deporte. Sin embargo, los especialistas aseguran que la actividad que perdura en el tiempo suele decir mucho más de nosotros de lo que pensamos. Una mirada profunda sobre cuerpo, mente y pertenencia.

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Editorial

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Hay decisiones que parecen menores y terminan diciendo mucho de nosotros. Anotarse en un gimnasio, sumarse a un picadito los sábados o calzarse las zapatillas antes del amanecer no son gestos inocentes: detrás de cada elección deportiva hay emociones, necesidades y una historia personal que empuja.

La psicología del deporte viene estudiando desde hace años esa relación esquiva entre carácter y actividad física. La conclusión más repetida entre los especialistas es clara: no hay una disciplina que se corresponda de manera automática con un tipo de personalidad. El vínculo existe, pero es más flexible y más rico de lo que suele suponerse.

El mito de la etiqueta fija

Un introvertido puede disfrutar del fútbol cada semana. Un extrovertido puede encontrar su lugar corriendo solo durante horas. La personalidad no funciona como un molde rígido que determina de antemano qué deporte vamos a elegir.

Entran en juego la historia familiar, los modelos que tuvimos cerca, la edad, el estado físico y las oportunidades que aparecieron en el camino. El psiquiatra y psicoanalista Harry Campos Cervera lo resume con precisión: los rasgos de personalidad no definen de manera absoluta la disciplina elegida.

Sin embargo, hay un matiz que cambia todo. Según el especialista, “el deporte que uno mantiene a largo tiempo sí va teniendo más que ver con los rasgos de personalidad del sujeto”. Es decir: la elección inicial puede ser azarosa, pero la continuidad revela algo más profundo.

Extrovertidos, colectivos y pertenencia

Las personas extrovertidas suelen buscar más estímulos e interacción. Eso puede favorecer la continuidad en actividades grupales. “Las personalidades extrovertidas, a la larga, tienen más tendencia a tener deportes más colectivos”, plantea Campos Cervera, aunque aclara que esa relación “no es determinante”.

El médico psicoanalista Ricardo A. Rubinstein, miembro titular en función didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), prefiere hablar de tendencias, preferencias y necesidades antes que de categorías cerradas. “Hay necesidades que a alguien, en determinado momento de la vida, le pueden venir bien”, afirma.

Para quien busca inclusión, cooperación o compañía, un deporte grupal puede ocupar un lugar central. “El deporte de equipo brinda toda esta pertenencia. Yo soy, yo cuento con estos amigos. Este elemento social es fundamental”, señala Rubinstein.

Y no se trata solo del partido. También cuentan los mensajes para organizar el encuentro, el saludo en el vestuario, el café posterior o el asado. “No solo interviene el deporte propiamente dicho, sino el tercer tiempo, los momentos pre y pospartido, el cafecito, el asado, la amistad y la compañía en distintos momentos”, detalla el especialista.

El grupo puede convertirse en una red afectiva, sobre todo en etapas de cambios, soledad o desarraigo. Ganar, perder, frustrarse o celebrar una jugada deja de ser una experiencia solitaria.

Individuales: autonomía, orden y autosuperación

Nadar, correr, pedalear o preparar un triatlón ofrecen otra cosa: un espacio de autonomía. La competencia, cuando existe, puede ser contra un reloj, una distancia o una marca propia.

Rubinstein explica que los deportes de resistencia suelen atraer a quienes buscan continuidad, orden y autosuperación. “Una estructura que les permita organización y autosuperación” puede influir en esa elección, sostiene.

Hay quienes encuentran tranquilidad en registrar kilómetros, seguir un plan de entrenamiento o comprobar que hoy pudieron avanzar un poco más que hace un mes. El movimiento no resuelve por sí solo aquello que duele, pero puede modificar la relación con el malestar: el cuerpo se activa y los pensamientos, aunque no desaparecen, dejan de sentirse inmóviles.

El deporte también nos transforma

La especialista en psicología del deporte Laura Spaccarotella aporta un giro interesante: la práctica también influye sobre quien la sostiene. “La actividad deportiva elegida influye sobre la personalidad del deportista”, plantea.

Según indica, quienes realizan actividad física suelen mostrar mayor independencia, seguridad y capacidad de adaptación. La relación, entonces, es de ida y vuelta.

Perfeccionismo, competencia y presión

Spaccarotella advierte que las diferencias no dependen solo de si una disciplina es individual o colectiva. También influyen el puesto dentro de un equipo y el nivel competitivo. “Algunos prefieren entrenar evitando la instancia competitiva”, explica.

Para ciertas personas, competir supone motivación. Para otras, puede traer presión, temor al error o la sensación de no estar a la altura. El perfeccionismo cambia de sentido según cómo se viva: puede impulsar la mejora, pero en exceso puede transformar cada falla en una prueba de insuficiencia.

Deportes de contacto y extremos

Rubinstein sostiene que “la agresión está en juego en todas las actividades deportivas, de manera más directa o de manera más sublimada”. En una disciplina de contacto, esa energía aparece de forma más visible, pero dentro de reglas y límites. El deporte puede ser una vía para canalizar tensión, competencia y agresividad sin llevarlas de modo directo a la vida cotidiana.

Spaccarotella agrega: “Los deportistas de deportes de combate se distinguen por la búsqueda de sensaciones, tendencia al aburrimiento y alta tolerancia al estrés”. En actividades extremas, como el alpinismo, el parapente o el kayak, pueden aparecer deseos de intensidad, riesgo o prueba personal.

La especialista remarca que estas prácticas requieren un abordaje integral de la salud. “Algunos pueden estar en condiciones de mayores riesgos que otros, tanto desde lo físico como desde lo mental”, advierte.

Lo que perdura dice más de nosotros

La práctica deportiva puede cambiar con la vida. Rubinstein señala que influyen las necesidades emocionales, la edad y la aptitud física. Alguien puede dejar una actividad de alto impacto y elegir otra con menos riesgo de lesión. También puede combinar deportes para encontrar, en cada uno, algo distinto: “Hay gente que practica más de un deporte y pone en juego todo un abanico de posibilidades”.

La disciplina elegida puede empezar por azar, una recomendación o la cercanía de un club. Lo que permanece suele tener otra profundidad: el abrazo después de un gol, el silencio de una calle al amanecer o el cansancio que ayuda a dormir. Cada persona encuentra allí una forma distinta de estar consigo misma y con los demás.

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Editorial