¿Quién no quiso alguna vez apagar la alarma interna cuando aparecen la ansiedad, la tristeza o la frustración? Es una reacción humana, casi automática. Pero ojo, porque esa huida constante tiene un precio: cuanto más esquivamos lo que sentimos, más grande se vuelve el fantasma.
La Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) lo explica clarito: la evitación da un respiro inmediato, pero a la larga le da la razón a esa vocecita que dice que la emoción es intolerable. Y así, sin darnos cuenta, entramos en un círculo vicioso del que parece difícil salir.
La licenciada Delfina Ailán, del equipo de Psicoterapia de INECO (MN 75.326), lo resume con una frase que invita a pensar: “El malestar emocional no se multiplica por sentirlo, sino por el esfuerzo incesante que se realiza para intentar no sentirlo”. Un concepto que, de tan simple, resulta revolucionario.
El valor oculto de las emociones incómodas
Acá viene el giro copernicano: la tristeza, el enojo y hasta la envidia no son enemigas. Son, ni más ni menos, fuentes de información sobre nosotros mismos. Nos señalan qué nos importa, qué nos duele y hacia dónde queremos ir. Ignorarlas es como tirar a la basura el manual de instrucciones de nuestra propia vida.
“Todas las emociones, sean agradables o no, nos permiten un mayor autoconocimiento y nos guían hacia nuestros valores y metas”, agrega Ailán. La clave no es eliminarlas, sino aprender a leerlas y transitarlas sin que nos manejen.
Cinco estrategias para frenar la huida
¿Cómo se hace para dejar de esquivar? No es magia, es práctica. Estas son las cinco recomendaciones que proponen los especialistas para acercarse a las emociones de forma gradual y sin sobresaltos:
- Exposición gradual: Acercarse de a poco, de forma sistemática y dosificada, a esas situaciones y emociones que solemos evitar. No hace falta tirarse de cabeza, sino dar pasitos firmes.
- Permitir sin buscar salida: Dejar que la emoción esté presente sin correr a buscar un “salvavidas” externo de inmediato. Ese ancla de seguridad que nos calma al instante, muchas veces, es la que nos ata.
- Escuchar al cuerpo: Identificar la sensación física exacta en el cuerpo, sin etiquetarla como “buena” o “mala”. ¿Dónde se siente el nudo? ¿Es calor, es presión? Solo observarlo.
- No cancelar planes: Mantener las actividades significativas planificadas, aun cuando la emoción del momento invite a la retirada. La acción, muchas veces, precede a la motivación.
- Observar el pico y la caída: Notar cómo la intensidad de la emoción alcanza un punto máximo y luego desciende de forma natural, sin necesidad de intervenir para apagarla. Las olas siempre terminan por romper en la orilla.
Un espacio terapéutico puede ser el lugar ideal para trabajar estos patrones con mayor profundidad. “Permite identificar los patrones particulares de evitación de cada persona y el ritmo adecuado para exponerse a ellos”, señala Ailán. No es una carrera, es un proceso.
En definitiva, una vida emocional saludable no se trata de eliminar lo incómodo, sino de comprobar que podemos atravesarlo sin que nos determine. Darle espacio al malestar temporal es, paradójicamente, el camino más directo para recuperar el bienestar y la calma que tanto buscamos.