El suceso ocurrido en San Cristóbal, Santa Fe, el 30 de marzo de 2026, que dejó víctimas fatales y heridos, desencadenó una ola de amenazas de tiroteos en instituciones educativas de distintas provincias. Este fenómeno reavivó una preocupación creciente: la presencia de conductas agresivas en espacios escolares que la sociedad aún no logra contener adecuadamente.
La tendencia inmediata es catalogar estos hechos como una «epidemia», término que sugiere un brote súbito e incontrolable. Sin embargo, este diagnóstico resulta impreciso. En lugar de reconocer un proceso dinámico con orígenes multifactoriales y de larga trayectoria, se agrupan fenómenos distintos bajo una misma etiqueta. Esta simplificación obstaculiza la comprensión real de lo que ocurre e impide implementar medidas efectivas.
Cuando se buscan explicaciones monocausales, emergen culpables fáciles: las redes sociales, el acoso entre pares, las dinámicas familiares. Aunque todos estos elementos participan del problema, ninguno lo explica completamente. Confundir una pelea entre estudiantes con acoso sistemático, o ambas con episodios extremos, genera impacto mediático pero dificulta el análisis riguroso.
El fenómeno de imitación conductual
En el campo de los comportamientos sociales y la comunicación, existe un concepto fundamental: la agenda setting. Propuesto por Maxwell McCombs y Donald Shaw, plantea que los medios no determinan qué pensamos, pero sí sobre qué pensamos. Esto se articula con la construcción narrativa de hechos violentos: cómo se relatan y qué explicaciones se ofrecen.
Esta combinación genera un efecto comportamental bien documentado en criminología: la imitación de conductas violentas, conocida como efecto copycat. Las amenazas que circularon en abril en instituciones bonaerenses ilustran este mecanismo. Cuando un hecho violento se detalla, amplifica y viraliza, deja de ser un evento aislado para convertirse en un modelo disponible y reproducible. En cerebros adolescentes aún en desarrollo, este efecto se potencia significativamente.
Las autoridades educativas y de seguridad señalaron que estas amenazas circularon a través de redes sociales donde participan estudiantes. Investigaciones oficiales encontraron conexiones con subculturas digitales violentas transnacionales que glorifican masacres, como la True Crime Community (TCC). Este hallazgo revela cómo espacios virtuales pueden normalizar y celebrar la violencia extrema.
El modelo estructural de la violencia
El sociólogo Johan Galtung, en 1969, desarrolló un marco conceptual fundamental para entender la violencia social. En su artículo publicado en el Journal of Peace Research, describió la pirámide de Galtung: la violencia visible y directa que observamos se fundamenta en una violencia estructural inscrita en sistemas sociales e institucionales, sostenida por una matriz cultural que proporciona justificaciones ideológicas.
Este modelo sigue siendo válido y se enriquece con aportes contemporáneos. La neurobiología del comportamiento aporta evidencia sobre tolerancia a la frustración, circuitos de recompensa, autorregulación y neurobiología del trauma. Simultáneamente, la epidemiología de la violencia permite medir fenómenos y diseñar políticas públicas concretas.
El panorama en Argentina
En nuestro país, la violencia escolar mediada por armas parecía un escenario distante. Hoy, la realidad es progresivamente más compleja. Diversos informes documentan que proporciones significativas de estudiantes han sido víctimas de agresiones, presenciado violencia o reconocen haber agredido a compañeros.
Los datos son elocuentes:
- UNICEF reportó en noviembre de 2025 un aumento pronunciado de bullying, que pasó de 25% a 41% en un año
- Argentinos por la Educación documentó para primaria que 56% de alumnos se sintió excluido alguna vez, 40% fuera de lugar, 36% solo
- 34% reconoció haber agredido a un compañero y 56% presenció agresiones
- 63% reportó haber sido víctima de agresión o violencia en escuela o redes sociales
Estos números no demuestran una «epidemia» en sentido técnico, pero sí un deterioro significativo del clima escolar y normalización preocupante de la hostilidad cotidiana. Lo crucial es reconocer que buena parte de esta violencia no se origina en la escuela.
Un informe de 2024 de Argentinos por la Educación revela que en Argentina 1 de cada 2 niños y adolescentes de 1 a 14 años experimentó agresión psicológica en el último mes; 1 de cada 3 recibió castigo físico y 1 de cada 15 castigo físico severo. Lamentablemente, la mayoría de estos casos no se detecta o reporta por miedo, estigma y desconfianza.
La conclusión es clara: la escuela recibe, contiene, expresa y a veces amplifica violencias cuya matriz está fuera de ella. El espacio educativo funciona como caja de resonancia de conflictos provenientes de otros ámbitos, particularmente del hogar. La búsqueda de «violencia escolar» como si el ámbito educativo fuera su generador es conceptualmente errónea.
El rol transformador de las redes sociales
Las plataformas digitales han modificado fundamentalmente la naturaleza de la violencia. La agresión ha pasado a ser un artículo de pertenencia e intercambio. No solo ocurre, sino que se registra, comparte y consume. Las peleas entre estudiantes se filman y circulan, reproduciendo la lógica de exposición digital donde mayor impacto violento genera visibilidad, métricas y reconocimiento.
Un alumno que postea una imagen de un arma en el colegio no necesariamente proviene de contextos marginales. Este acto, sin medir consecuencias, permite obtener algo buscado y valorado: pertenencia, métricas, likes, comentarios. Este aspecto es central porque modifica la construcción misma del acto violento.
Ya no se trata exclusivamente de patologías, disfunción familiar o consumo de sustancias. Tampoco es solo reacción impulsiva o respuesta a conflictos interpersonales. Cada vez más, la violencia se convierte en forma de comunicación, mecanismo para obtener reconocimiento grupal, en suma, una manera de existir.
Cuando un hecho violento se detalla y viraliza, deja de ser evento aislado. Se transforma en modelo disponible. En este punto, el rol de los medios y plataformas adquiere relevancia central. Centrar la narrativa en el agresor, reconstruir sus acciones y motivaciones en detalle, conlleva el riesgo de reforzar procesos de identificación en personas vulnerables.
Hacia una comprensión integral
La violencia en instituciones educativas no es un problema exclusivamente educativo. Es resultado de múltiples factores: dinámicas familiares, condiciones sociales, cambios culturales y nuevas formas de interacción digital. La escuela se convierte en el punto donde todo eso converge.
Esto plantea interrogantes fundamentales: ¿qué estamos haciendo respecto a la salud mental de los jóvenes? ¿Cuáles son nuestras medidas de detección temprana y abordaje? ¿Alcanzan los modelos tradicionales de gabinetes psicopedagógicos o necesitamos, paradójicamente, usar las mismas redes que propagan violencia para sostener la salud mental de una población frágil?
La pregunta central no es solo por qué ocurre un ataque específico, sino algo más profundo: ¿qué tipo de sociedad está produciendo estas formas de violencia y por qué aparecen con creciente frecuencia en espacios históricamente pensados como lugares de cuidado y formación? Responder esto requiere abandonar explicaciones simplistas y abrazar la complejidad real del fenómeno.