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Luz nocturna y corazón: cómo el brillo de la noche remodela el músculo cardíaco

Dormir con la tele encendida o el celular brillando en la mesita de luz no es tan inocente como parece. La ciencia empieza a mostrar que esa claridad nocturna deja huella en el corazón, y no para bien.

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Editorial

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Apagar la luz antes de dormir dejó de ser un simple gesto de buenas costumbres para convertirse en una medida de cuidado cardiovascular. Una investigación publicada en el European Heart Journal encontró que las personas expuestas a niveles altos de luminosidad durante la noche presentan alteraciones concretas en la anatomía y el funcionamiento de su corazón.

El trabajo, liderado por el Dr. Lu Qi, director del Centro de Investigación sobre la Obesidad de la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans, siguió a más de 11.000 adultos a quienes se les colocaron sensores de muñeca durante una semana entera para registrar cuánta luz recibían mientras dormían.

Los resultados fueron contundentes: quienes integraban el grupo de mayor exposición pasaban alrededor de 34 minutos por noche bajo niveles de luz capaces de frenar la producción de melatonina, la hormona que ordena al cuerpo que es hora de descansar.

Tres años más tarde, los participantes fueron sometidos a resonancias magnéticas para observar sus corazones. Las imágenes mostraron un engrosamiento de la pared del ventrículo izquierdo, lo que reduce el espacio disponible dentro de esa cámara cardíaca.

A eso se sumaron indicios de que la capacidad del músculo para flexionarse durante cada latido se había reducido, una señal temprana de disfunción conocida como remodelación cardíaca.

«Es la forma en que nuestro cuerpo se adapta a ese estrés, pero al final debilita el corazón y puede provocar insuficiencia cardíaca», explicó Qi. El especialista remarcó que, si bien investigaciones previas ya habían vinculado la luz nocturna con más riesgo cardiovascular, poco se sabía sobre los cambios estructurales concretos que ocurren con el paso del tiempo.

El estudio también detectó que dormir menos horas parece jugar un papel clave en esa relación: la falta de sueño actuaría como un puente entre la luz y el daño al corazón.

En un editorial que acompañó la publicación, un equipo encabezado por el Dr. Thomas Münzel, del Centro Médico Universitario de Maguncia, en Alemania, planteó una recomendación directa para los médicos. Sugirieron que quienes tratan insuficiencia cardíaca o fibrilación auricular indaguen en sus consultas sobre la oscuridad del dormitorio, el uso de pantallas y los turnos laborales nocturnos de cada paciente.

La luz artificial se consolida así como un factor de riesgo emergente para la salud del corazón, un enemigo silencioso que se cuela en la intimidad del descanso.

Mientras la evidencia se acumula, las sugerencias prácticas son simples y al alcance de cualquiera:

  • Colocar cortinas opacas que bloqueen la luz exterior.
  • Optar por luces de noche de tonos cálidos, menos agresivas para el ritmo circadiano.
  • Tapar los LEDs de reserva de televisores, routers y otros aparatos electrónicos.

El mensaje de fondo es claro: la oscuridad no es un lujo, es una necesidad fisiológica. Y el corazón, aunque no lo veamos, agradece cada noche que lo dejamos descansar sin brillos de más.

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