La desaparición de playas dejó de ser una advertencia científica para convertirse en una realidad palpable en buena parte del litoral atlántico bonaerense. En sectores que antes lucían amplias franjas de arena, hoy el agua avanza sobre el espacio público, obligando a los balnearios a replantear su infraestructura y dejando en evidencia una vulnerabilidad estructural del sistema costero.
Durante los últimos meses, dos sudestadas consecutivas intensificaron un proceso de erosión que ya resultaba crítico. No se trató de fenómenos extraordinarios, sino de la combinación de pleamares altas con tormentas cada vez más frecuentes, un patrón que acelera el retroceso de la costa y compromete tanto la actividad turística como la infraestructura pública.
Un fenómeno con múltiples causas superpuestas
Según especialistas en geología costera, el retroceso de la línea de costa afecta acantilados y dunas, impactando tanto en el dominio público como en propiedades privadas. Simultáneamente, la pérdida de arena en las playas reduce directamente el espacio recreativo y genera consecuencias económicas para el turismo regional.
El fenómeno responde a causas que se solapan y potencian mutuamente:
- Avance natural del mar: Un proceso que ocurre en todo el mundo pero se intensifica por el aumento del nivel oceánico asociado al cambio climático.
- Alteración humana de la dinámica sedimentaria: Intervenciones que interrumpen la circulación natural de arena y dejan las playas sin capacidad de recuperación tras temporales.
- Obras costeras descoordinadas: Espigones, escolleras y rompeolas construidos sin planificación regional generan acumulación puntual de arena pero provocan efectos en cadena.
La Corriente de Deriva Litoral transporta sedimentos de sur a norte de manera natural, alimentando las playas de forma continua. Cuando este flujo se interrumpe o altera, el balance se vuelve negativo y la arena deja de reponerse al ritmo que el mar la retira.
El caso de Mar del Plata y la barrera oriental
Estudios realizados en la región indican que toda la franja costera entre Mar del Plata y Pehuencó retrocede en promedio medio metro por año. En localidades como Villa Gesell, Pinamar y el Partido de la Costa, el problema es aún más severo: no solo retrocede la línea de costa, sino que directamente desaparece la playa.
En sectores céntricos de la barrera oriental se registraron pérdidas de uno a dos metros anuales, y en décadas anteriores hubo zonas donde el retroceso alcanzó cinco metros por año, con viviendas que colapsaron al quedar sin sustento.
Un ejemplo paradigmático ocurre en el sur de Mar del Plata, donde rompeolas desvinculados de la costa funcionan como trampas de arena. Acumularon tanto sedimento que formaron tómbolos, estructuras que alteraron completamente la deriva natural. El beneficio fue puntual mientras que el costo se trasladó a sectores vecinos, que perdieron arena de forma acelerada.
Intervenciones humanas que profundizan el desequilibrio
Las represas río arriba reducen el aporte de sedimentos hacia el mar, limitando la renovación natural de las playas. Además, prácticas históricas vinculadas a la infraestructura balnearia agravaron la situación: durante años se retiró arena de zonas altas para depositarla en sectores intermareales, facilitando que el mar se la llevara en cada sudestada. Aunque muchos concesionarios aseguran haber abandonado esta práctica, en algunos puntos aún persiste.
Especialistas advierten sobre la falta de una política pública organizada para gestionar la retención de arena. Escolleras no autorizadas o construidas sin aprobación ambiental en balnearios de Necochea, Miramar y Mar del Plata generan un escenario caótico donde cada municipio actúa según su voluntarismo, ignorando que la dinámica de las playas es un sistema integrado que requiere coordinación regional.
Por más que se introduzcan toneladas de arena artificial, el mar la llevará si hay estructuras que impidan su distribución normal. Se necesita una estrategia ambiental integral que considere la circulación natural de sedimentos en lugar de soluciones puntuales que transfieren el problema a sectores vecinos.
El cambio climático como factor acelerador
El nivel del mar aumenta y tiende a acelerarse. Estimaciones científicas proyectan que hacia fines de siglo podría subir alrededor de 40 centímetros, e incluso alcanzar los 80 si no se reducen las emisiones globales. Este incremento ocurre de manera generalizada en todas las costas, no solo en puntos específicos como sucedía anteriormente.
Frente a este escenario, frenar la erosión resulta imposible, pero mitigar sus efectos sí es viable. Los expertos insisten en la necesidad de replantear el uso de las playas, señalando una ocupación excesiva de carpas y una disponibilidad de sombra que no se corresponde con la demanda real durante la semana.
Erosión y contaminación: un problema doble
La erosión también se vincula directamente con la calidad ambiental. Algunas playas ya desaparecieron mientras otras quedaron inutilizables por contaminación del agua y acumulación de residuos. Cuidar la arena sin garantizar la calidad del agua resulta insuficiente para preservar el litoral.
El proceso de recuperación debe ser doble y sostenido en el tiempo: requiere tanto la retención de sedimentos como la garantía de condiciones ambientales adecuadas para el uso público. Sin ambos componentes, cualquier esfuerzo de restauración será parcial y temporario.