El ritmo vertiginoso de la vida moderna, la presión por la productividad y la hiperconexión digital dejaron su marca en la salud emocional de las personas. La ansiedad, el estrés y la depresión ya no son problemas individuales sino una verdadera epidemia silenciosa que afecta el descanso, la digestión y la manera de vincularse con otros.
Frente a este panorama, el psicólogo clínico argentino Juan Lucas Martín propone un cambio de enfoque: pasar de la teoría a la práctica. “Hoy la gente precisa alivio y herramientas concretas, no más explicaciones”, sostiene el especialista, que esta semana llega a Buenos Aires para dictar un encuentro presencial de tres horas orientado a comprender qué nos bloquea y cómo regular el sistema nervioso.
Señales que el cuerpo no puede ocultar
El malestar emocional no siempre se presenta como un llanto o una crisis visible. Muchas veces se manifiesta en el cuerpo: despertarse a las tres de la mañana con la mente acelerada, problemas digestivos, taquicardia, sudoración o esa sensación de falta de aire que aparece sin motivo aparente. Martín advierte que estos síntomas, sostenidos en el tiempo, generan un aumento de cortisol y adrenalina que puede derivar en enfermedades físicas.
La clave, según el experto, no es eliminar la ansiedad por completo sino mantenerla en niveles manejables. “Siempre hay desafíos, pero no deberíamos convivir con esa ansiedad generalizada que se volvió parte de la rutina”, explica. El punto de partida es mucho más simple de lo que parece: cerrar la boca y respirar por la nariz. Inhalar por la boca, asegura, solo incrementa la sensación de angustia.
Más allá de la terapia del habla
Martín, que trabajó durante una década en México antes de establecerse en California, cuestiona los límites de las terapias tradicionales basadas únicamente en la conversación, sobre todo cuando hay traumas profundos de por medio. “Cuando relatamos lo que dolió, estimulamos el hemisferio izquierdo, el lógico, pero la emoción está grabada en el derecho”, grafica.
Por eso, su abordaje integra técnicas de visualización y compasión que buscan activar circuitos cerebrales diferentes. La visualización no solo tranquiliza sino que genera imágenes mentales positivas que el cerebro interpreta como reales, liberando endorfinas, dopamina, serotonina y oxitocina. Es el mismo recurso que utilizan deportistas de alto rendimiento y hasta pilotos de avión para mejorar su desempeño.
Vínculos digitales que enferman
La tecnología transformó la manera de relacionarnos, y no siempre para bien. Martín observa con preocupación cómo la comunicación mediada por pantallas dañó la interacción cara a cara. Niños y adolescentes que crecieron durante la pandemia muestran dificultades para mirar a los ojos, socializar en grupo o sostener una conversación sin la mediación de un dispositivo.
La comparación constante con influencers y figuras digitales agrava el cuadro. “Muchas veces lo que se muestra en redes es mentira, pero los chicos se comparan con ideales inalcanzables y se frustran antes de intentar cualquier cosa”, advierte el psicólogo.
Crianza digital: límites que sanan
Para Martín, la solución no pasa por prohibir el acceso a la tecnología, sino por establecer lo que él llama “límites sanadores”. Su experiencia como padre de un adolescente de catorce años le da autoridad para recomendar:
- Advertir sobre los peligros reales de las redes, incluyendo perfiles falsos y adultos con intenciones dañinas.
- Supervisar el uso: decidir junto a los hijos qué plataformas pueden usar, por cuánto tiempo y en qué horarios.
- Evitar el celular en la cama, ya que desregula los ciclos de sueño y profundiza la ansiedad.
- Reemplazar el castigo por el aprendizaje por consecuencia: mostrarles cómo el uso excesivo los aísla y les genera mal humor.
El especialista compara la irritabilidad que aparece al restringir el uso del dispositivo con un síndrome de abstinencia. “Hay una abstinencia de dopamina similar a la de una droga”, describe, aunque aclara que con el tiempo los jóvenes logran reconocer el malestar que les produce ese consumo excesivo.
La culpa como enemiga silenciosa
Otro de los temas que aborda Martín es la culpa, esa emoción que describe como paralizante y adictiva. “El miedo, al menos, puede salvarte la vida ante una emergencia. La culpa no tiene ninguna cualidad positiva: solo te inmoviliza”, sentencia. Su propuesta es transformarla en responsabilidad, un proceso que implica perdonarse a uno mismo y a los demás para poder seguir adelante.
El especialista también cuestiona la idea del sacrificio como único camino hacia las metas. “Nos enseñaron que todo tiene que ser difícil, que todo cuesta muchísimo. Esos paradigmas generan emociones negativas. Es mucho más sano instalar la creencia de que podemos lograr lo que nos proponemos, incluso con más facilidad de la esperada”, reflexiona.
En un contexto donde las cifras de suicidio en Argentina alcanzaron su nivel más alto desde que existen registros, con 11,8 casos cada 100 mil habitantes según el Observatorio de Política Criminal, las palabras de Martín resuenan con urgencia. “La humanidad necesita frenar, bajar un cambio y trabajar esa angustia existencial que muchas veces se combina con heridas no resueltas”, concluye.