Durante años, la cifra de 10.000 pasos diarios funcionó casi como un mandamiento indiscutido. Sin embargo, una investigación reciente pone el foco en otro factor que suele pasar desapercibido: la velocidad con la que caminamos. El trabajo, difundido en el British Journal of Sports Medicine, analizó datos del UK Biobank y sugiere que el ritmo de la caminata puede marcar una diferencia concreta en el riesgo de mortalidad.
El estudio siguió durante aproximadamente ocho años a personas de mediana y mayor edad que utilizaron acelerómetros de muñeca. Se evaluaron 64.743 participantes para mortalidad por cualquier causa y 70.075 para mortalidad cardiovascular, cruzando dos variables que habitualmente se miden por separado: cantidad de pasos e intensidad.
Cuatro grupos, un patrón común
Los autores dividieron a los participantes según los pasos diarios acumulados:
- Menos de 5.000
- Entre 5.000 y 7.500
- Entre 7.500 y 10.000
- Más de 10.000
Luego sumaron una medida llamada cadencia pico de 30 minutos, que refleja el promedio de pasos por minuto durante la media hora más activa del día, sin necesidad de que sea continua. El resultado más favorable apareció en el rango de 7.500 a 10.000 pasos, con un punto óptimo cerca de los 100 pasos por minuto, velocidad asociada a la intensidad moderada.
La buena noticia para los que caminan poco
Uno de los hallazgos más interesantes es que incluso quienes no llegan a los 5.000 pasos diarios mostraron señales positivas: caminar a mayor ritmo se vinculó con una reducción sostenida del riesgo de mortalidad general dentro del rango observado. Esto abre una puerta para personas con poco tiempo, limitaciones físicas o entornos poco amigables para la actividad.
En paralelo, quienes mantienen un paso más lento pero acumulan entre 5.000 y 7.500 pasos también obtuvieron beneficios comparables a los de personas menos activas pero con mayor intensidad. La conclusión práctica es clara: no existe una única fórmula válida para mejorar el perfil de riesgo.
Un cambio de mirada
Más que instalar un nuevo umbral rígido, la investigación propone observar en conjunto volumen e intensidad. Según los datos, una cadencia de 90 a 100 pasos por minuto durante los 30 minutos más intensos del día podría servir como referencia útil en distintos niveles de actividad. No hace falta caminar media hora seguida: alcanza con sumar ese esfuerzo en los tramos más movidos de la jornada.
Los investigadores aclaran que se trata de un estudio observacional, por lo que no permite afirmar una relación causal definitiva. También advierten que los acelerómetros de muñeca pueden cometer errores al contar pasos y que podrían existir factores no medidos que influyan en los resultados. Aun así, los hallazgos se mantuvieron en distintos análisis complementarios.
El mensaje que queda flotando es simple y alentador: la cantidad de pasos importa, pero el ritmo también puede hacer la diferencia. Para quienes no llegan a los famosos 10.000, apurar un poco el paso puede ser un primer gran paso.