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Ejercicio contra el Parkinson: moverse más podría frenar el deterioro

¿Puede el movimiento convertirse en un aliado terapéutico frente al Parkinson? Una investigación publicada en Neurology sugiere que las personas más activas pierden funciones motoras y cognitivas a un ritmo menor. La clave estaría en la constancia y en la intensidad del ejercicio.

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Editorial
Ejercicio contra el Parkinson: moverse más podría frenar el deterioro

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La enfermedad de Parkinson es un trastorno neurodegenerativo que golpea la capacidad de moverse, pero sus efectos no se limitan al cuerpo: con el tiempo, muchos pacientes también ven afectadas sus funciones de pensamiento y memoria. Frente a ese panorama, una investigación reciente pone el foco en un recurso accesible y de bajo costo: la actividad física.

El trabajo, difundido en la revista Neurology, siguió durante un período de hasta siete años a cerca de 300 personas con Parkinson leve o moderado, cuya edad promedio rondaba los 66 años. Los participantes reportaron cuántas horas semanales dedicaban a moverse, ya sea en el trabajo, en tareas domésticas, en aficiones o en actividades recreativas, y se sometieron a evaluaciones anuales de sus síntomas motores y cognitivos.

Los investigadores organizaron a los voluntarios en tres grupos según su volumen de movimiento:

  • Bajo: menos de cuatro horas por semana.
  • Medio: entre cuatro y ocho horas semanales.
  • Alto: más de ocho horas por semana.

Los resultados fueron elocuentes: el grupo de mayor actividad mostró un deterioro más lento tanto en los síntomas de movimiento como en la capacidad de pensar y recordar, incluso después de ajustar el análisis por otros factores que podrían influir.

El doctor Dong-Woo Ryu, de la Universidad de Cincinnati, quien lideró la investigación, explicó que los hallazgos apuntan a un beneficio dual: la actividad física se asoció simultáneamente con una progresión más pausada de los problemas motores y de los cognitivos. Además, el equipo observó que quienes dedicaban más tiempo a ejercicio vigoroso —trotar, pedalear a buen ritmo, practicar deportes de equipo, jugar al tenis individual o realizar tareas que implican cargar peso— obtenían mejores resultados.

¿Por qué ocurriría esto? Los autores barajan varias hipótesis. El ejercicio podría mejorar el flujo sanguíneo hacia el cerebro, reducir la inflamación en las células nerviosas y potenciar la plasticidad cerebral, es decir, la capacidad del sistema nervioso de reorganizarse y generar nuevas conexiones. A esto se suma la liberación de sustancias bioquímicas que protegen las neuronas.

Sin embargo, los propios investigadores piden prudencia. Las diferencias observadas fueron pequeñas y podrían volverse más relevantes si el seguimiento se extendiera más allá de los siete años. Como los participantes tenían buenas habilidades cognitivas al inicio del estudio, Ryu recomendó interpretar los resultados con cautela y remarcó la necesidad de nuevas investigaciones.

El trabajo también deja abierta una pregunta interesante: la existencia de un vínculo aún no del todo comprendido entre el deterioro motor y el cognitivo en el Parkinson. Si el ejercicio actúa sobre ambos frentes, quizás comparten mecanismos subyacentes que la ciencia todavía no logra descifrar del todo.

Más allá de las limitaciones, el mensaje para los pacientes y sus familias es alentador: moverse de forma sostenida en el tiempo parece marcar una diferencia, aunque sea modesta, en la calidad de vida. La constancia, más que la intensidad puntual, emerge como una variable central.

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