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Un latido acelerado puede encender el bucle de la ansiedad y así se frena

Palpitaciones, mareos y falta de aire suelen ser la consecuencia de un pensamiento catastrófico, no la causa. Entender cómo se arma ese círculo vicioso es el primer paso para salir de él y recuperar la calma sin vivir en alerta permanente.

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Un latido acelerado puede encender el bucle de la ansiedad y así se frena

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Todo empieza con algo mínimo: un pinchazo, una molestia muscular o un latido que se siente más fuerte que de costumbre. El problema no está en esa sensación, sino en la historia que la cabeza le arma alrededor. Cuando la mente la traduce como «esto es grave», se enciende una alarma que la psicología conoce como ciclo de ansiedad.

La licenciada María Paula Castro, psicóloga del Servicio de Salud Mental del Hospital Universitario Austral (MN. 278.426), lo grafica con una escena cotidiana: uno camina tranquilo, siente una molestia en el pecho —una contractura, una mala postura— y de golpe aparece el pensamiento: «¿Y si es el corazón? ¿Y si me está por dar un infarto?». Ahí nomás se dispara todo.

Ese pensamiento activa la ansiedad, y la ansiedad produce efectos reales en el cuerpo. El corazón se acelera, la respiración se acorta, aparecen sudor, mareo, visión borrosa o un nudo en el estómago. La persona lee esos síntomas como la prueba definitiva de que algo malo le pasa: «Ves, tengo taquicardia, me falta el aire, me voy a desmayar». Más miedo, más síntomas. Y así gira la rueda.

La especialista remarca una idea clave: no reaccionamos a lo que nos pasa, sino a lo que interpretamos de lo que nos pasa. La molestia es la misma; lo que cambia todo es si pensamos «es una contractura» o «es un infarto». Con la primera idea seguimos caminando; con la segunda, se prende la alarma y el cuerpo obedece.

El círculo que se muerde la cola

El doctor David H. Rosmarin, profesor asociado de la Facultad de Medicina de Harvard, describió el mecanismo: cuando percibimos las sensaciones iniciales de ansiedad —incómodas pero inofensivas— como motivo de preocupación, la aprensión libera adrenalina, la ansiedad sube, aparece el catastrofismo y el círculo vicioso se sale de control.

Según el experto, lo que perpetúa el problema es ver la ansiedad como algo que no deberíamos tener. Esa necesidad de sacárnosla de encima aumenta los síntomas. Y ahí surge la pregunta: si la experiencia inicial no es peligrosa, solo molesta, ¿por qué nos da tanto miedo?

Rosmarin apunta a la obsesión contemporánea por controlar la incertidumbre y a una falsa sensación de seguridad heredada de una sociedad acostumbrada a la comodidad. Cuando la amenaza asoma, entramos en pánico. Así nace la ansiedad por sentir ansiedad.

Las seis estaciones del circuito

Castro detalla que el bucle pasa por seis instancias encadenadas:

  • Disparador: una sensación corporal común, pero también una situación (hablar en público), un pensamiento («¿y si me echan?»), un recuerdo o algo que leímos.
  • Interpretación catastrófica: la mente elige la peor explicación posible: «es cáncer», «es el corazón», «voy a hacer el ridículo».
  • Activación de la ansiedad: el cuerpo se prepara para defenderse de un peligro que no es real.
  • Síntomas físicos y mentales: taquicardia, falta de aire, sudor, temblor, tensión, dificultad para concentrarse, sensación de que algo malo va a pasar.
  • Atención puesta en la amenaza: cuanto más pendientes del cuerpo o del pensamiento, más señales de peligro encontramos.
  • Confirmación: los síntomas se toman como prueba y el ciclo vuelve a empezar.

Hay dos factores que refuerzan este engranaje. Por un lado, la atención selectiva: la persona queda pendiente de cualquier señal que confirme el peligro. Por el otro, las conductas de seguridad: tomarse el pulso, buscar síntomas en internet, pedir que nos tranquilicen, evitar la situación temida. Alivian en el momento, pero impiden comprobar que no había peligro. La próxima vez, el circuito arranca más rápido y con más fuerza.

Qué pasa en el cerebro

Cuando el cerebro interpreta algo como amenaza, se activa la amígdala, esa suerte de alarma interna. Se pone en marcha el sistema nervioso simpático y se liberan adrenalina y cortisol: es la respuesta de lucha o huida. El corazón bombea más rápido, la respiración se acelera, los músculos se tensan. Un mecanismo diseñado para protegernos que, en este caso, se dispara sin peligro real.

Lo paradójico es que esa respuesta produce justo los síntomas que la persona teme. Si el miedo es a un problema cardíaco, la ansiedad acelera el corazón y eso parece confirmar la sospecha. Además, mientras la alarma está encendida, la corteza prefrontal pierde peso: por eso cuesta tanto convencerse de que «no es nada».

Circuito de ansiedad no es lo mismo que ansiedad por enfermedad

Castro aclara que el circuito aparece en muchos cuadros —ataques de pánico, ansiedad social, TOC, ansiedad generalizada— y también en personas sin trastorno, en momentos de estrés. Y no siempre arranca con una sensación física: puede ser un recuerdo o un pensamiento. Alguien tiene que hablar en una reunión y piensa «me voy a trabar y todos se van a dar cuenta». Ese pensamiento activa la ansiedad, la voz tiembla, la cara se pone colorada, y la persona lo toma como prueba de que su temor se cumple. El mecanismo es idéntico, aunque el miedo no sea a enfermarse sino a quedar en ridículo.

Distinto es la ansiedad por enfermedad, antes llamada hipocondría: un trastorno específico donde la persona vive con un miedo persistente a tener o desarrollar una enfermedad grave, aunque los estudios den bien. Suele acompañarse de revisarse, buscar síntomas en internet o consultar a muchos médicos.

Herramientas para cortar el bucle

Rosmarin sostiene que hay que internalizar que la experiencia inicial de ansiedad no es un problema. «No te pasa nada por estar tenso, ansioso o asustado. La ansiedad no es nada que temer», plantea. De hecho, esa experiencia inicial nos mantiene alerta y seguros. Una vez que se entiende ese concepto básico, dejar de hacer catastrofismo y de juzgarnos por sentirnos ansiosos hace menos probable que la ansiedad se descontrole.

Castro, por su parte, propone una serie de recursos concretos:

  • Reconocer el circuito: decirse «esto es ansiedad, conozco este circuito» ya pone distancia. Nombrar lo que pasa ayuda a no quedar atrapado.
  • Cuestionar la interpretación catastrófica: preguntarse «¿qué otra explicación podría tener esto?». El pinchazo puede ser una contractura; que alguien no conteste puede deberse a que está ocupado.
  • Recordar que los síntomas son molestos pero no peligrosos: en una persona sana, la taquicardia o el temblor que produce la ansiedad no causan daño y bajan solos.
  • Respirar lento: una respiración diafragmática, con la exhalación más larga que la inhalación, ayuda a bajar la activación física.
  • Evitar las conductas de seguridad: tomarse el pulso a cada rato, buscar síntomas en internet o evitar la situación temida calman un rato, pero mantienen el miedo.
  • No buscar tranquilidad todo el tiempo: preguntar una y otra vez «¿vos creés que es grave?» sostiene la ansiedad a largo plazo.
  • Volver a lo que estaba haciendo: sacar la atención de la amenaza y ponerla en la actividad presente, aunque el malestar siga un rato.
  • Consultar al médico de manera razonable: ante algo nuevo o que preocupa hay que consultar, y si hay dolor de pecho intenso o que no cede, ir a la guardia. Pero una vez que el médico descartó un problema, conviene confiar en ese resultado sin repetir estudios.

El trabajo terapéutico

El tratamiento con más evidencia es la terapia cognitivo-conductual. Primero se trabaja en psicoeducación: que la persona entienda cómo funciona la ansiedad y por qué su cuerpo reacciona así. Muchas veces comprender el circuito ya trae alivio. Después se aborda sobre los pensamientos, las emociones, las sensaciones físicas y las conductas que sostienen la ansiedad, como la evitación o la búsqueda constante de seguridad.

Una parte central del proceso es ayudar a la persona a enfrentarse de manera gradual a lo que le genera temor, en lugar de evitarlo. Así puede comprobar que es capaz de atravesar el malestar y que la ansiedad, aunque incómoda, no implica necesariamente un peligro. El objetivo no es dejar de sentir ansiedad, sino comprenderla, tolerarla y aprender nuevas formas de responder frente a ella.

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Editorial