Hay escenas de la infancia que se graban a fuego. Un chico que se traga el llanto porque su padre le dijo que no quería un hijo blanducho. Una nena que aprende a esconder el pánico para que no la llamen exagerada. Esos momentos, lejos de quedar en el olvido, siguen operando en la vida adulta y condicionan la manera en que cada persona se vincula con sus propias emociones.
La literatura infantil ofrece un ejemplo elocuente. En Seis veces Lucas, de la brasileña Lygia Bojunga, un nene queda solo en su casa mientras sus padres van al teatro. Muerto de miedo, modela una cara de plastilina y la usa como escudo. Cuando el padre regresa, le arranca esa creación protectora y lo humilla. El mensaje que le queda al chico es contundente: mostrar temor equivale a perder el amor de quien debería cuidarlo.
El miedo como emoción de segunda
En el consultorio, la vergüenza de sentir miedo aparece tanto en chicos como en grandes. Socialmente, el temor carga con mala fama: se lo asocia a la debilidad, aunque en realidad ocurre lo contrario. Quienes pueden nombrar sus miedos y hablar de su vulnerabilidad suelen mostrarse más firmes y seguros que aquellos que esconden el malestar, a veces sin siquiera darse cuenta.
Muchos pacientes recuerdan que no tuvieron permiso para expresar lo que sentían. La frase se repite en distintas versiones: “No tengas miedo”, “No seas cagón”, “Bancátela”, “Hacete hombre”. Ninguna orden ni humillación hace desaparecer una emoción universal. El miedo se tiene, se quiera o no.
Mandatos que reparten el temor según el género
La crianza de los varones endurece todavía más la relación con el miedo. Los estereotipos de masculinidad no admiten sentimientos asociados a la fragilidad. Un hincha puede llorar de emoción o golpear cosas cuando su equipo pierde, pero no puede mostrarse temeroso ante un trabajo nuevo o una cita sin quedar expuesto al escarnio.
En las nenas el mecanismo es distinto pero igual de restrictivo. Se las cría entre advertencias: “Cuidado”, “No vuelvas tarde”, “No vayas sola”. Aprenden a anticipar peligros, sí, pero también a disimular el miedo para no incomodar. Se les exige vivir en alerta permanente y, al mismo tiempo, callar lo que sienten.
El pasado que se enciende en el presente
Las experiencias de temor sofocado pueden reactualizarse años después. Una paciente contaba que armaba escándalos cada vez que una pareja debía irse de su casa. Inventaba planes para retrasar la despedida, armaba peleas, suplicaba de rodillas. Todo se conectaba con los domingos de su infancia, cuando el padre se retiraba de las visitas y le pedía que no llorara porque, si no, no volvería.
Algo similar ocurre en la serie War, cuando un abogado queda paralizado durante una negociación porque su antiguo jefe lo llama por un sobrenombre que alude a la tartamudez que había logrado superar. Un adulto puede sostener una conversación difícil y quedarse sin palabras ante un tono autoritario o una burla. Un chico puede necesitar ayuda y postergar el pedido porque anticipa que va a molestar.
Revisar la promesa
Lucas, el personaje, prometió de niño no volver a llorar frente a un padre que no toleraba su llanto. En ese momento no le quedaba otra opción. Quizá en su vida adulta pueda revisar aquella promesa. Cumplirla durante toda una vida tiene un costo demasiado alto para la salud mental.
El desafío no es eliminar el miedo, sino recuperar el derecho a nombrarlo. Porque una infancia que aprende a esconder lo que siente es una infancia que pierde algo esencial: la confianza de que pedir ayuda no es un pecado.